
Carlos Rottemberg: el asombro por su vínculo con los actores, su inusual método para medir la venta de entradas y su nuevo libro
Luego de haber recibido un Premio Pinti por su trayectoria de más de 50 años, presenta el martes “Pasen y lean”, una manual fundamental para entender la actividad teatral
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Durante 51 años, fue construyendo su propio imperio. Posee 10 salas teatrales. Dependen de él 8991 butacas, ya lleva realizadas más de 140.000 funciones y más de 22 millones de espectadores aplaudieron, con mayor o menor énfasis, espectáculos de todo tipo que programó tanto en sus salas como en las de otros empresarios. Acostumbrado a habitar los pasillos de los teatros y no sus escenarios, ahora es él, el empresario teatral Carlos Rottemberg, el que recibe los aplausos en el centro mismo de la escena.
El 27 pasado Aadet, la cámara que congrega a los empresarios y productores del circuito comercial, entregó los Premios Pinti. La ceremonia tuvo lugar en el Teatro Colón y asistieron representantes de los distintos “barrios” de la producción escénica (desde actores y directores de los tres circuitos a gestores de sala pasando por periodistas especializados, dramaturgos, coreógrafos, y escenógrafos). En ese marco tan teatral se entregaron tres distinciones que reconocieron la trayectoria de tres creadores. La primera de esas distinciones fue para él. Lo presentó Sebastián Blutrach, presidente de la entidad organizadora y dueño del Teatro El Picadero.
Apenas apareció en el escenario, los que ocupaban la platea y las bandejas de los palcos se pusieron de pie para aplaudirlo. Desde la platea, Moria Casán le gritaba: “Carlos Rottemberg te quiero ¡Soy tu esclava!”. Emocionado, agradeció a la entidad de la que forma parte, a sus equipos de trabajo y apuntó directamente a su familia. Dijo: “Mi viejo [Miguel Rotenberg] se murió hace dos años, pero mi mamá [Juana] está acá en el palco bajo 12 y le voy a pedir al director, si es posible, que la ponchee para decirles que yo soy un agradecido a ellos. El mérito mío es haberlos tenido de padres. Ese es el mérito que agradezco esta noche”. Finalizó su discurso sumamente emocionado en una noche en la que solamente Casán, quien también recibió un premio por su trayectoria, logró una reacción tan contundente por parte de la selecta platea entre los que se encontraba su hijo Tomás Rottemberg, su socio, el heredero de la dinastía.

Si el 27 pasado fue ovacionado en el Teatro Colón, el próximo martes, en el Liceo, una de sus tantas salas, presentará su segundo libro: Pasen y lean. 50 años de teatrista y algo más, que edita Losada. En el primero, No hay más localidades, de Ediciones de la Flor, en uno de sus capítulos había escrito: “Si pude tener un hijo y logro terminar este libro, solo me faltará plantar un árbol. Cosa que seguramente no haré para no tener la incomodidad de agacharme”. Luego de esa publicación que es clave para todo aquel que quiera indagar en la historia del teatro argentino en su totalidad, no solamente el comercial, los periodistas Carlos Ulanovsky y Hugo Paredero publicaron Vivir entre butacas, dedicado a su trayectoria.
En este segundo libro de su autoría, el empresario teatral, cuyo mejor agente de prensa es él mismo, retoma lo escrito hace 28 años: “Ahora tengo tres hijos, tres libros y sigo sin agacharme para plantar el árbol”. Sin agacharse, a lo largo de estas cinco décadas Rottemberg plantó un bosque que, como todo bosque, hay que cuidar porque el futuro lo merece.

“Son días intensos, muy intensos... No puedo hacer otra cosa más que atender llamados. Estoy gratamente sorprendido. Me llama mucho la atención el vínculo entre una comunidad artística y un empresario teatral, que es lo que soy. En mi propio manual diría que una cosa es incompatible con la otra, aunque ya hace algunos años me di cuenta de que pueden ser compatibles. La repercusión por el Premio Pinti y la cantidad de gente que me llama porque quiere estar en la presentación del libro en el Teatro Liceo no deja de sorprenderme. Soy un agradecido. He sido bien tratado por la misma profesión. Creo que hice los deberes, me gusta esa expresión.... No necesito actuar el hacer los deberes, me da placer hacerlos. No es una carga”, cuenta a LA NACION.
Seguramente, algún domingo a la noche se debe haber dado cuenta de que no tenía el mapa de la división política que le había pedido su maestra de la escuela primaria pública de Mataderos. Pero, más allá de sustos, Rottemberg (a quien todos le dicen Carlitos) ha hecho tan bien los deberes que se convirtió en un claro referente de la actividad teatral. Se lo suele referenciar con el circuito comercial con títulos históricos como Salsa criolla, Toc toc, Brujas, las comedias de Alberto Olmedo en Mar del Plata o Charlie y la fábrica de chocolate; pero es justo recordar que sus dos primeras producciones en el Ateneo, a donde entró como inquilino en 1975, unos meses después de haber cumplido los 18 años, fueron títulos alejados del perfil del teatro comercial: Parra, con Pepe Soriano; y Equus, con Duilio Marzio y Miguel Ángel Solá.

Cuando cursaba la secundaria en el Vieytes de la avenida Gaona se creía dueño de las salas de cine de Lavalle y sus alrededores. Pensaba que su futuro perfecto y deseado era convertirse en exhibidor cinematográfico. Pero no. Su mundo fue y es la actividad teatral.
Durante la conversación con LA NACION retoma los ecos de los aplausos de la otra noche en el Colón. Toda esa demostración de afecto lo emocionó. Es consciente de que decir algo de este tipo es uno de los tantos clichés usados para este tipo de cuestiones, pero poco le importa a este Carlitos nacido el 11 de abril de 1957, el mismo que en 1965 definió su vocación, el que entre 1972 y 1974 se la pasó proyectando cine a domicilio y el que, en 1975, ingresó a la profesión. “Cuando subí al escenario me costó arrancar, cosa que no suele sucederme -reconoce-. Se sentía ese reconocimiento y en mi rol de empresario, como siempre me considero, obviamente me honra que me tengan tan en cuenta. En estos días de emociones fuertes, cuando apoyo la cabeza en la almohada, no puedo evitar repasar mi recorrido. La escritura de este último libro también me ayudó para repasar lo vivido. Me están haciendo pasar un hermoso cumpleaños por mis 50 años en actividad”.

Aquella noche, luego de la entrega de los Premios Pinti fue a abrazarse con su madre que andaba con una cara de chochera indisimulable. Siente que ese empujón le alargó la vida. Entre abrazos le propuso alargar la noche con una cena familiar, pero desde las 18 Juana ya estaba lista para irse al Colón y luego de otras 6 horas lo único que quería era descansar (y comer algo, seguramente).
El bordereaux que habla y todo lo puede
En esto de hacer los deberes, en el libro No hay más localidades cuenta cuando su hijo Tomás, producto de su relación con Linda Peretz, le mostró el boletín de calificaciones para que lo firmara. “Buen bordereaux, Tomi”, le dijo. A Tomás no le quedó otra que corregir a su padre. En el libro Pasen y lean da un salto a 2016, cuando nació Nicolás, su segundo hijo fruto de su relación con Karina Pérez Moretto. Meses antes del nacimiento le soltó sin bozal alguno una propuesta de nombre: Bordereaux Rottemberg. Ante el desconcierto hasta intentó lo imposible: justificarse. Por las dudas, su mujer no le permitió que fuera a anotarlo solo al Registro Civil para evitar un disgusto.
Bendito embotellamiento
Para Rottemberg, los números de las boleterías hablan, aportan datos, dan señales precisas sobre consumo cultural que excede a la lógica del listado semanal con las 10 obras más taquilleras. En el libro aporta un dato casero para saber cómo andaba el bordereax cuando la venta digital de entradas no existía. “Un sábado, día pico de teatro, a las 8 de la noche el acceso mayoritario al área teatral de Buenos Aires era, y sigue siendo, la avenida Corrientes. Bastaba con cruzar sus transversales a esa hora para leer, según el embotellamiento, cómo vendría el bordereax”, cuenta. Si los autos se detenían en Ayacucho, todo pintaba para una noche un tanto regular. Mejoraba si el embotellamiento era a la altura de Junín. Y si se producía en Ayacucho, era fiebre de sábado por la noche. A lo largo de los años aprendió a estar pendiente de otro número: el de la presión arterial. En ese otro orden es un militante en eso de sostener sus 13/8 de presión.
Muy a contramano del imaginario de los productores teatrales fumando un habano, Rottemberg ni fuma ni toma alcohol, pero sí es un gran anfitrión de cenas de amigos y conocidos variopintos. “Ni presentando espectáculos o produciéndolos he puesto mi nombre en las marquesinas. Recién apareció mi nombre en una placa a partir de la insistencia de Daniel Tinayre cuando empecé a producir Almorzando con Mirtha Legrand. Viene sucediendo lo mismo desde hace 4 temporadas con los grandes musicales que Tomás y yo coproducimos en el Gran Rex. Tengo en claro que soy vehículo entre el talento de un artista y el público. Nadie compra una entrada porque aparezca mi nombre”, reflexiona con la claridad que lo caracteriza.
Entre carapintadas y carcamanes y el fantasma de la calle Lavalle
Debido a su trabajo como productor de Mirtha Legrand fue presidente de Capit, la Cámara Argentina de Productoras Independientes de Televisión. De ella formaban parte Mario Pergolini, Adrián Suar, Marcelo Tinelli, Jorge Guinzburg y Nicolás Repetto, entre otros. “Yo solía llamarlos ‘los carapintadas’, porque cumplían doble rol: por un lado, eran productores, y por otro, eran también figuras maquilladas frente a cámara”, explica en su nuevo libro. Al año de comenzar su segundo mandato, renunció. Al momento de anunciar su paso al costado le dijo a “los carapintadas”: “Así como sostengo que, para dedicarse al teatro antes de ser teatrista hay que ser psicólogo; para presidir esta cámara hace falta ser psiquiatra”, apuntó fiel a su estilo.
Entre 2005 y 2023 presidió Aadet, la Asociación Argentina de Empresarios/as Teatrales y Musicales. Cuando entró a la entidad a sus 18 años, el joven Rottemberg se refería a ellos entre “risueño y despectivo” como “los carcamanes”. Dio un paso al costado para no pasar a ser él parte de ese grupo.
Su preocupación por el presente y el futuro de la actividad escénica para este empresario (pero también creador desde su propio rol) es permanente. También lo expresa en este nuevo libro. La falta de ficción en la televisión abierta lo preocupa, lo ocupa. Sabe a la perfección que el circuito comercial con esas grandes salas de la avenida Corrientes se nutrió durante décadas de aquellas figuras que se hicieron populares gracias a la pantalla chica. “¿Estamos seguros de que no puede pasarle lo mismo que a la calle Lavalle con el cine?”, se pregunta.
A lo largo de los años, este señor se las pasa tendiendo puentes con la escena independiente, con salas del interior del país que suelen convocarlo para que él las apadrine y que Rottemberg no ha tenido problema alguno de manejar junto a su amigo Guillermo Bredeston para estar presente en la apertura de una sala en Tres Arroyos. Es el mismo que se la pasó de reunión en reunión con los ministros de Salud en tiempos del coronavirus con todas las salas cerradas y el mismo que, años antes, abrió las puertas del Tabarís (actual, Multitabris) a aquella mítica edición de Teatro Abierto cuando, hace exactos 42 años, una bomba destruyó el Teatro El Picadero.
Las obsesiones que gentilmente comparte en el libro apelando a anécdotas, saberes adquiridos y reflexiones que exceden a la actividad teatral serán los vectores que estarán desarrollados en la presentación de Pasen y lean. Entre otros, tomarán la palabra Saula Benavente, viuda de su amigo Luis Brandoni; el productor Sebastián Blutrach; sus padres, Jorge y Ana, fueron los productores de aquel primer título en una sala cuyo estreno estaba previsto para el 24 de marzo de 1976; y Adrián Suar y Graciela Borges, para aportar sus miradas sobre la ficción en la televisión abierta y en el cine en su vínculo con la actividad teatral. Tal vez, en el Liceo esté presente Mirtha Legrand que, claro está, tendrá libertad de acción para hablar de lo que quiera. Cerrará Tomás Rottemberg (“es el futuro”, apunta su padre). En la platea seguramente estén Nicolás y Matilda, Karina Pérez Moretto, mamá de Juana, y las hermanas de Rottemberg.
“Reconozco que la presentación del libro no me pone nervioso, en nada. Estamos saldados entre las partes. Cuando digo que la gente me trata bien, digo también que eso me da seguridad, que me hace sentir acompañado aun por el periodismo. Estaré en el hall recibiendo a cada uno como siempre hago. Siempre busco la comodidad. Si en casa recibo a amigos en pijamas es para que el otro se sienta cómodo, no es de excéntrico. No soy de esconderme detrás de las bambalinas; no lo sé hacer”.

“Hacer los deberes no es una frase escolar. Es compromiso. Es estar donde hay que estar. Es cumplir la palabra”, afirma en el libro. En esas páginas recuerda sus primeras vacaciones en Mar del Plata en una pensión de la calle Sarmiento. Luego de la cena, helado en mano la familia se paseaba por las puertas de los teatros. No había presupuesto para sacar una entrada pero la ilusión de un autógrafo o una foto era el moño perfecto de la noche.
En la actualidad, sus 6 salas de Mar del Plata mantienen las marquesinas encendidas hasta después de la salida de los actores para que esa gente que no pudo comprar las entradas se saquen las fotos con los actores.
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