Tomás Rottemberg: qué heredó de sus padres ilustres, los “tanques” que producirá y la convivencia con Natalie Pérez
El empresario, responsable de una decena de obras en cartel, mantuvo una extensa charla con LA NACION donde analizó la actividad teatral y, a pesar de su estricto bajo perfil, se refirió a su presente sentimental
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“No le tengo miedo ni aprensión al apellido, a lo que viene por herencia. Aprendí a tomarlo como propio de la mejor manera, sobre todo, con mucho trabajo. Le saqué presión al tema. Después de tantos años, mi recorrido me da la seguridad necesaria para poder afrontar la actividad”.
Hace dos décadas -nada menos- que Tomás Rottemberg habita su oficina del tercer piso del Multiteatro. Justo debajo de donde Carlos Rottemberg, su padre, ocupa la suya. Ese ecosistema de reglas propias con cuatro salas de teatro y donde, allá lejos y hace tiempo, llegó a fundar sus aposentos doña Blanca Podestá, en plena Calle Corrientes.
La “factoría Rottemberg” también cuenta con las salas del Multitabarís, el Metropolitan y el histórico Liceo, todas en el corazón de Buenos Aires, y, en la ciudad de Mar del Plata, es la responsable de sostener la actividad de los espacios Neptuno, Lido, Bristol, Mar del Plata, Atlas y América.
—En los comienzos de tu trayectoria profesional, ¿percibiste algún tipo de prejuicio en torno a tu llegada al medio?
—Siempre fui muy cuidadoso y respetuoso de la profesión, de las personas, ubicado en el lugar que me correspondía naturalmente para cada momento y edad de mi vida laboral y personal.
—Entrar pateando puertas no se lleva con el apellido Rottemberg.
—Nunca lo hice, no va conmigo, es una forma de ser. Ni siquiera podría ser así en lo personal.
Tomás Rottemberg tiene nombre y trayectoria propia, aunque no se pueda dejar de asociarlo a su eximio padre, el hombre de Lomas del Mirador y Mataderos que de niño miraba con extrañeza y atracción las plateas de los cines de barrio y las de las catedrales de la calle Lavalle, y que, a puro trabajo, esfuerzo, convicción y pasión, terminó conformando un imperio cuyas riendas, en gran medida, hoy sostiene su hijo.
A la oficina de Tomás se llega por un ascensor que deposita a los visitantes en un hall de distribución que da a un sector “administrativo” y a una puerta que, al abrirse, produce la epifanía de observar una sala en penumbras. “Suelo estar más tiempo en las salas cuando están vacías que cuando se llenan de gente”, reconoce el productor, cuya vida personal, en los últimos tiempos, algo se apartó de su estricto bajo perfil a partir de su noviazgo con la actriz y cantante Natalie Pérez.
Presente continuo
Tomás tiene cuarenta años, esa edad en la que juventud y madurez se amasan juntas. Ya con un largo recorrido sobre sus espaldas y con un presente que lo sitúa tejiendo unos cuantos proyectos en simultáneo.
“Me encuentro un poquito más selectivo, sobre todo, porque estamos en dos proyectos grandes; el estreno de Charlie y la fábrica de chocolate y, algo personal por fuera de lo teatral, que es la Fábrica de Arte Contemporáneo (FAC). Le estoy poniendo mucho ojo, ficha, corazón y cabeza”.
—Hablemos sobre la FAC.
—La apertura será el 11 de noviembre. Se escapa de lo teatral, pero está atravesada por lo artístico. Será un lugar interdisciplinario donde podrán convivir las instalaciones, el videoarte, la fotografía. Por otra parte, creemos que se convertirá en un espacio de encuentro, en el corazón de San Telmo, con una gran intervención artística.
La apuesta se está montando en la esquina de Perú y San Juan y, en sintonía con lo que sucede con la actividad teatral, aquí también se rodeó de integrantes de su familia: “Hace muchos años arrancamos esta idea con mi abuelo Miguel, quien ya falleció, y lo continuamos haciendo con mi tío abuelo Enrique Rottemberg, un artista y empresario que vive entre Tel Aviv y La Habana, y con mi primo Pablo Dorfman”.
Tanques
LA NACION ha ido dando cuenta, en forma de primicia, de los títulos de gran envergadura que, en los últimos años, poblaron la sala del Gran Rex en la temporada alta de invierno. Propuestas orientadas al público familiar, de gran producción y que, en la mayoría de los casos, también esconden una historia asociada a la vida familiar de los Rottemberg.
Primero se estrenó Matilda, luego siguió School of Rock y, el año pasado, fue el turno de La Sirenita. Esta vez, desde el 4 de junio, subirá a escena Charlie y la fábrica de chocolate. “Encaramos estas obras enormes con mucha responsabilidad, se trata de seguir en la línea de este tipo de proyectos que consideramos valiosos, donde lo artístico no está librado al azar”.
Junto con Ozono y MP Producciones, los Rottemberg volverán a apostar por un show de grandes dimensiones. Esta vez, la historia, al igual que en los casos anteriores, recuperará un título conocido por sus versiones cinematográficas. “Hay algo de fidelidad en el público que se logró gracias al trabajo final que la gente ve sobre el escenario. Me gusta trabajar para un público infantil y hasta adolescente”.

—¿Asistís a los ensayos?
—La semana pasada vi los primeros cuarenta y cinco minutos y lo que se ve es impresionante. Además, la propuesta vuelve a cumplir con la premisa de que tengan fantasía, humor, colorido y, desde ya, un contenido pedagógico.
Un deseo
Hoy, trabajan más actores en los teatros de los Rottemberg que en cualquier canal de televisión. Es más, hace rato que los artistas dejaron de pisar los sets de las señales abiertas más que para alguna entrevista o porque se convirtieron en conductores o participantes de algún certamen.
La aridez de la actividad ficcional en la televisión abierta también genera incertidumbre en el futuro del teatro comercial, cuyas carteleras suelen estar alimentadas y estelarizadas por celebridades que lograron su masividad frente a las cámaras: “Esperemos que la ficción vuelva a resurgir, habrá que ver hacia dónde irá la actividad y cómo se va a acomodar el teatro, es una preocupación real que tenemos todos; aún no sabemos cómo las figuras populares volverán a entrar en las casas de la gente”.
Le llega la planilla de asistencia de público y recaudaciones de AADET (Asociación Argentina de Empresarios/as Teatrales y Musicales), donde forma parte de la comisión directiva, y, rápidamente, esboza algunas conclusiones estadísticas. Varios de sus espectáculos figuran allí.
Actualmente, es el productor de las obras Las cosas maravillosas, La función que sale mal y Casual, que se ofrecen en el Multiteatro; de El secreto, que ocupa una de las salas del Multitabaris; de Prima facie y El Trinche, que habitan el Picadero; Cuestión de género, que se puede ver en el Metropolitan; y de las comedias Viuda e hijas y El divorcio del año que se encuentran de gira.
Prolífico y concentrado en su labor, también produce Monty Python Spamalot, que se ofrece en gira por los Estados Unidos, y Hadestown, que se puede ver en el West End londinense.
Reconoce que “la realidad del mercado marca cierta preferencia por las comedias”: “Aunque no hago sobre esto un juicio de valor, sino la descripción de lo que sucede; cada momento nos va llevando al lugar que queremos y al que podemos”. El género amable que, históricamente, contó con la venia del público, puebla mayoritariamente las carteleras de Rottemberg, aunque eso no excluye, regularmente, la presencia de algún material de tinte dramático.
“Uno plantea un pensamiento estratégico de hacia dónde se quiere ir, pero vivimos en la Argentina y los vaivenes del país, como le sucede a todas las profesiones y oficios, hacen que, más de una vez, se tengan que hacer bollitos con los planes, tirarlos a la basura y plantear nuevas cosas, ya estamos acostumbrados”.
—De éxitos y fracasos está hecha la vida. En cuanto a lo teatral, y ante el estreno de una obra, ¿podés percibir inmediatamente si el material tendrá buena acogida de público o sucederá todo lo contrario?
—A veces, desde antes de la primera función, se puede percibir eso. A priori puede haber una aceptación o no del público sin saber lo que va a ir a ver, una suerte de preventa que se da por un título, un director, un elenco o una gráfica atractiva. Luego del estreno, ya tiene que ver con lo que pasa, o no, arriba del escenario. Cuando lo que sucede en el escenario es explosivo, el boca a boca se da naturalmente.
—Si un material no pone primera de la mejor forma, ¿se puede revertir?
—Sí, se habla mucho con el director, con el elenco, siempre se trata de mejorar lo que se pueda para poder darle la mayor vida útil posible. Si el espectáculo no genera interés y es incorregible, estamos en un problema.
Sin reproches
—¿Qué considerás que legaste de tu padre y en qué te diferencias más notoriamente?
—Compartimos la gran base de los valores del laburo, es algo que mamé y que adopté, tomé como propio. Hay pilares que son similares, a mí siempre me vas a encontrar trabajando.
—Cuando se menciona el apellido Rottemberg, se lo asocia a una ética de trabajo.
—No lo debería decir yo, pero es así, es algo que me inculcaron mis viejos, porque mi madre también tiene esa cualidad.
—¿Qué te separa de Carlos?
—Quizás soy un poquito menos patológico.
—¿“Patológico”?
—Es muy obsesivo, yo todavía duermo algunas horas.
Se ríe con el comentario, aunque reconoce que los domingos son días en los que ambos tratan de dedicarle horas a la familia.
—¿Discuten mucho?
—A veces, nos tomamos un cuarto intermedio porque somos dos personas con carácter y el intercambio de ideas se puede tornar interminable. Son discusiones que nos gusta tener.
—¿Quién cede?
-Encontramos una manera de trabajo muy sana y genuina, podemos no estar de acuerdo en algo, pero siempre tiramos para el mismo lado, queremos lo mejor para lo que hacemos, tenemos los mismos intereses finales.
—La diferencia generacional debe influir.
—Podemos tener miradas diferentes sobre cómo afrontar el camino y eso tiene que ver con edades, experiencias, miedos, mirada hacia el futuro y estrategias distintas en el cómo hacerlo, pero ambos contamos con herramientas diferentes y válidas para poder sentarnos a charlar. Luego, puede aparecer una equivocación, pero eso es parte de las reglas del juego.
—En ese caso, ¿no hay reproches?
-Para nada, una vez tomada la decisión, el apoyo es mutuo.

—Es sencillo hablar de los incontables éxitos que generaste, ¿cómo vivís los fracasos?
—Hubo unos cuantos, no me asustan y no me interesa esconderlos. Se trabaja mucho para un espectáculo, como también sucede en la vida con la familia, los vínculos de afecto y con los amigos. Tomo el fracaso como un proceso natural. En cualquier emprendimiento, más allá del teatro, hay éxitos y fracasos, lo interesante es poder aprender de ese traspié. Lo que tiene el teatro de mágico, también lo tiene de misterioso. Se puede hacer la mejor ensalada y que luego no sea rica.
—O no era la receta esperada por los espectadores...
—Nunca se sabe.
“Mi vida personal es personal”

-Repasando tu cuenta de Instagram, no encontré ninguna publicación que diera cuenta de tu vida personal. Tu bajo perfil es extremo.
—Siempre mantuve esa idea, me siento cómodo de esta forma, mi vida personal es personal. Soy empresario, no soy artista. Me pregunto hasta qué punto debo, quiero, me conviene o me gusta mostrar mi vida. Pongo todo eso dentro de la balanza y el resultado es que no tengo por qué exponer lo que va más allá de mi trabajo. Soy una persona pública en lo laboral, pero el resto de los ámbitos prefiero mantenerlos alejados de la mirada. No me da miedo no ser anónimo, no lo hago por eso, pero creo que es interesante solo mostrar el trabajo. Los espectadores pagan su entrada para ver a los artistas, no para ver a un productor. Además, ser famoso no es bueno por sí solo, no es un mérito.
—Estás de novio con Natalie Pérez, con lo cual, ese estricto bajo perfil, quizás, se ve un poco afectado.
—No tengo ningún problema, no nos escondemos, nos mostramos naturalmente. “Naty” es muy conocida y es normal que eso suceda. Estamos en pareja y, de ninguna manera, vamos a renegar si nos sacan una foto.
—Se conocieron trabajando, siendo vos productor y ella actriz de Las cosas maravillosas.
—Por nuestra profesión, nos conocíamos desde antes, pero el año pasado, compartimos el trabajo en esa obra, fue el vehículo que nos acercó.
Cuando se iniciaron los ensayos de Las cosas maravillosas, con dirección de la reconocida Mey Scápola, el vínculo fue el natural entre una actriz y su productor, pero hubo un hecho que logró acercarlos. Cuando la sala del Multiteatro se encontraba ocupada, Tomás le permitió a Natalie ensayar en su oficina. Allí descansan, sobre una mesa ratona, los barquitos de papel que ella le dedicó. “Vi la obra un poco más de lo que la podría haber visto en otras circunstancias”, sostiene el productor con cierto pudor y cautela.
—¿Ella se daba cuenta de esa insistencia por ver los ensayos con tanta regularidad?
—Me dijo que sí. Terminamos charlando mucho, encontrando cosas en común. Somos muy buenos compañeros. Vivimos un buen momento.
—¿Viven juntos?
—Sí.
—¿Ronda en tu cabeza la posibilidad de ser padre?
—Es algo mucho más profundo que un pensamiento, seguramente, a futuro, me gustaría, pero el tiempo dirá. Hay que charlarlo mucho, veremos.
“Mi hermano tiene barba”
—En alguna situación, ¿cumplís el rol de padre con tus hermanos menores, Nicolás y Matilda?
—No, porque tienen a sus padres que se ocupan mucho, están muy pendientes, pero está claro que fui hijo único hasta los treinta años, así que cumplo un rol bastante particular. Me encanta estar con ellos, los disfruto. Los Rottemberg somos muy familieros. Los amiguitos de los chicos no entienden que yo sea el hermano, Nico me dijo: “No me creen que mi hermano tiene barba”. A veces, los voy a buscar al colegio y los padres de los chicos tienen mi edad.
—Otro personaje clave de tu familia es tu madre, Linda Peretz, con una personalidad muy particular.
—Tiene una fuerza de laburo muy impresionante, lleva muchos años de profesión, una carrera larga, gran experiencia. Su fuerza es admirable. Es una gran profesional, tanto como actriz como en su trabajo de gestora.
Desde hace varios años, Linda Peretz es la presidenta de la Casa del Teatro, siendo una esmerada y esforzada dirigente que lleva una gran gestión en esa iniciativa que alberga a artistas mayores sin techo propio.
—¿Cómo ha sido como madre?
—Es inexplicable el apoyo que he recibido de ella, no tengo palabras, me ha tenido una confianza plena. Es una mujer intachable, amorosa, cuidadosa, solidaria, siempre buscando hacerle bien al otro sin buscar nada a cambio. Mi personalidad es una mezcla de la de mis padres.
Tomás se crio frente a la plaza Vicente López, en pleno barrio de Recoleta, aunque sus verdaderos patios de juegos fueron los teatros. “Corría entre las escenografías y los camarines. Una vez, pasé por atrás de un decorado que justo se levantó en plena función y quedé a la vista de los espectadores”.
Durante los veranos, debido al trabajo de sus padres, las playas marplatenses eran el refugio de días interminables de arena y mar. Sin embargo, genio y figura, a los quince años se “aburrió” de ese ocio extendido de diciembre a marzo y le pidió a su padre trabajar en la boletería del Teatro Corrientes. “Le pregunté si me podía pagar por horas, me preguntó si sabía dar el vuelto, le demostré que sí y comencé”.
Estudió Administración de empresas con la mira puesta en ese camino heredado y elegido: “El teatro me atravesó”. No hay dudas.
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