
Catorce personajes para un solo actor

El emperador Gynt / Autoría: Franklin Caicedo y Lito Cruz, basada en Peer Gynt, de Henrik Ibsen / Dirección: Julio Panno / Intérprete: Peter Lanzani / Piano: Mónica Cosachov / Escenografía: Santiago Tato Fernández / Música: E. Grieg, M. Cosachov / Vestuario: Alejandra Robotti y Romina Lanzilotta / Iluminación: Santiago Tato Fernández, Julio Panno / Coach vocal: Sandra Guida / Asistente de dirección: Miriam Costamagna / Producción artística: Marifé Caicedo / Producción ejecutiva: Florencia de la Vega / Duración: 100 minutos / Sala: El Cultural San Martín, Sarmiento 1551 / Funciones: martes, a las 21 / Nuestra opinión: buena
El ascenso y la caída de un ególatra, así se podría sintetizar el argumento de El emperador Gynt, la versión de Franklin Caicedo y Lito Cruz sobre Peer Gynt, una compleja obra de Henrik Ibsen que el autor escribió originalmente en verso y en la cual abandona su contundente estilo realista para acercarse al relato fantástico. Esta vez, Ibsen necesitó de brujos, duendes, un fundidor de almas y hasta el propio diablo para hablarle a la sociedad de 1867, época en la que escribió esta pieza. Se valió de todos estos recursos, pero no dejó nunca de interpelar a la sociedad burguesa de fines del siglo XIX. La ambición, el espíritu exitista, la falta de registro del otro eran problemas de aquella época y lo siguen siendo ahora. Por eso, claro, su fuerza.
Lejos de morir, las obras de Ibsen se reversionan, adaptan y actualizan. Los directores toman sus dramas realistas y los impregnan del universo contemporáneo. En Buenos Aires, la propuesta dirigida por Julio Panno toma un riesgo desde la forma: adapta una obra de 14 personajes en un solo actor. Peter Lanzani, más conocido popularmente por sus trabajos en televisión, aprovecha esta oportunidad para demostrar que es un actor entrenado, capaz de interpretar un texto clásico, con un lenguaje distante, además de la complejidad que implica desdoblarse en tantos personajes, que aparecen y desaparecen gracias a su trabajo de actuación y sus cambios de registros actorales, sin ninguna otra señal desde la puesta. La apuesta por lo simbólico tanto desde la actuación como desde la escenografía es un punto fuerte de esta propuesta. Además de la música en vivo de Mónica Cosachov, involucrada en el espacio escénico.
Pero El emperador Gynt tiene un problema: es larga. Con esto no se plantea que los espectáculos deberían tener formalmente un tiempo máximo de duración. Actualmente, La terquedad conquista al público del Teatro Cervantes durante tres horas de función e intervalo en el medio, sin que se pierda la atención ni las ganas de ver más. La obra que se presenta en el Cultural San Martín dura casi dos horas en las que el público ve a un solo actor contar la historia de una vida, desde la adolescencia hasta la muerte. Si el tema central del espectáculo es el "imperio del yo", también lo es desde esta adaptación. Todo recae en un solo actor y en un solo personaje, no hay historias paralelas, ningún otro lugar donde dirigir la mirada, ninguna punta que se tire para tratar de encontrarla más tarde. Entonces, el espectador sólo debe seguir un cuento, que así planteado se vuelve redundante y solemne. Al principio puede sentirse atraído por los recursos del actor y la puesta, pero con el paso del tiempo es pura reiteración de un estilo y una sucesión de hechos. Algo que se resolvería con la condensación.
El espectáculo gana en capacidad poética con la puesta en escena diseñada por Santiago Tato Fernández y Julio Panno. Tarimas desparramadas, en alusión a un espacio en ruinas, una luz que aparece como rayos y genera efectos de sombras majestuosas, faroles que caen y refieren a un barco que se hunde, entre otros detalles, trabajan con la capacidad metafórica del teatro y funcionan como un marco sutil para contar la vida de un hombre contradictorio que quiso negar el vacío, la pobreza y la soledad en una guerra sin aliados.




