
Circo y juego en un país de fantasía

Un viaje al país de nomeacuerdo / Autor y director: Juan Bautista Carreras / Intérpretes: Diego Ramos, Sabrina Artaza, Maqui Figueroa, Fred Raposo, Jonathan Bravo, Diego Cueva, Adrián Kiss, Lena Ninenson, Sofía Popi Speratti / Coreografía: Carolina Pujal / Arreglos musicales: Facundo Mazzota / Asistente de dirección y escenografía: Julia Di Blasi / Coach vocal: Maia Barrio / Luces: Juan García / Productora ejecutiva: Pilar Carreras / Sala: Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131 / Funciones: miércoles a domingos, a las 16 (vacaciones de invierno) / Nuestra opinión: muy buena
¿Cómo será un viaje al país de Nomeacuerdo? ¿Cómo será, en particular, para alguien como Salvador que, sin duda, no está dispuesto a olvidarse de nada? Porque Salvador hace cuentas todo el tiempo y lleva su agenda de acá para allá. No bien llega el tren para emprender el viaje, y después de afirmar que no existe la mínima posibilidad de que su humanidad entre en ese pequeño vehículo, empieza a sacar cuentas. Para concluir, por supuesto, que tiene razón. Claro que la razón no juega siempre en primer plano. Menos en un caso como éste. Así que a regañadientes aceptará hacer lo que le proponen: amucharse para entrar. En sentido estricto será difícil porque el tren es ínfimo y de juguete (manipulado con maestría por un delicioso clown).
El espacio escenográfico tiene doble propuesta: una que es simple y funcional con unos practibles de diferentes tamaños y otra tecnológica que se inscribe en una pantalla.
Como podríamos imaginarnos, el País de Nomeacuerdo no tiene una construcción referencial sino que se va armando, podríamos decir, canción a canción. El hilo argumental es sencillo porque sirve para unir las escenas que tienen a los temas de María Elena Walsh como uno de los protagonistas pero no es el único atractivo de la propuesta.
Es muy interesante el contraste que establecen el personaje de Diego Ramos, rígido y estructurado, con la libre, sutil y alegre Oui Oui en manos de Sabrina Ar-taza, sumado a la inclusión de los clowns que son quienes engarzan la trama entre escenas, actoralmente. Otra mención especial merecen todos los cirqueros no sólo por sus habilidades, que las tienen, sino también porque manejan el ritmo de la escena en varias ocasiones.
Los números circenses están en sintonía con lo que se tematiza en las canciones (para decirlo pronto, no están de adorno) entonces si una canción es alegre los cuerpos se desplazan con energía y las acrobacias son orgánicas con el resto, si por el contrario el tema musical lo requiere jugarán corporalmente con otras estrategias y con otros objetos.
Como el personaje de Salvador afirma que no tiene tiempo para perder, intentan enseñarle a disfrutar del tiempo con ciertas cosas vistas como "poco productivas". Por ejemplo, disfrazarse y representar cuentos. Como están en el País de Nomeacuerdo todos los relatos están destinados a fracasar porque se hunden ni bien empiezan. El trabajo de narración es, sin embargo, el tipo acumulativo con el que los propios chicos cuentan sus historias y eso lo hace cercano y divertido.
Los arreglos musicales de Facundo Mazzotta son fantásticos y articulan un punto clave de la puesta porque permitirán, por ejemplo, que "El reino del revés" acepte ser disfrutada como un ritmo urbano, con su baile acorde. Logran que las canciones de María Elena Walsh sean resignificadas de un modo profundamente lúdico. Y las habilidades circenses les permiten armar un ciempiés inolvidable. El tema señalado y la "Canción para tomar el té", se convierten casi en un espectáculo aparte, con un trabajo de precisión poco visto en los espectáculos para niños.
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