
Con la anécdota muy confusa
"El hijo de El Hombre". Escrita y dirigida por Alejandro Ocón. Elenco: Viviana Longueira, Alejandro Ocón, Judith Schmorak y Daniel García. Escenografía y vestuario: Gladys Pereyra Alonso. Voces y canciones en off: Gonzalo Alvarez. Luces: Manuel Dopazo. Asistente de dirección: Diego Gómez Maidana. En Foro Gandhi, Corrientes 1743. Duración: 100 minutos.
Nuestra opinión: regular
Alejandro Ocón, autor de la divertida "Dibujitos desanimados", optó por un humor negro, sarcástico y corrosivo para crear esta historia alocada que circula por los ribetes del absurdo. "El hijo de El Hombre" se llama así porque el personaje protagónico, Jesús, es el nieto de uno de los capos del hampa alojada en la zona norte de la provincia de Buenos Aires. También se convierte en un asesino a sueldo y es hijo de María, quien fue violada antes de rozar la adolescencia. Ambos están atados de presiones familiares y tormentos de esos que dejan marcas y confusiones. Todo cambia cuando llega a sus vidas una monja psicóloga muy particular.
No es muy claro lo que Ocón quiso contar con su anécdota. Están en juego los vínculos, la necesidad de continuidad y la familia como deseo. Asimismo, roza el tema de la impunidad y la falta de escrúpulos. Todo esto está contado a través de un paralelo con la religión, en un marco que profana creencias, hábitos y tiene algunos componentes escatológicos.
En pocos momentos la trama deja alguna hendija de claridad y todo se vuelve un absurdo desordenado. Ocón tiene chispazos de humor inteligentes, pero su estructura dramática es caprichosa y opaca aquellos momentos luminosos.
Precisamente, éstos están dados en la actuación. Los cuatro actores son muy buenos comediantes y realizan composiciones minuciosas y creíbles. Sobre todo las dos actrices: Viviana Longueira y Judith Schmorak.
La sala se vuelve el principal enemigo de esta puesta. Transcurridos los primeros 80 minutos, una suerte de encargado del Foro Gandhi se ubicó casi en el proscenio, como si pudiera advertirles algo a los actores, en una situación que podía incomodarlos tanto a ellos como a la platea. A los pocos minutos, se pudo adivinar por qué era: una banda de música comenzó a tocar en el entrepiso y dejaba escuchar sus canciones mucho más claramente que lo que transcurría sobre el escenario. Una falta de respeto para los artistas y para el público. No cuesta nada coordinar mejor los horarios.




