
Crítica social en una pieza con mucho humor negro
"Cuarteto", de Eduardo Rovner. Dirección: Mariví Yanno. Con: Carlos Martín, Alberto Santa María, Javier Araya, Daniel Tazzoli, Sergio Bermejo y Alejandra Zoppi. En El Club del Bufón, Lavalle 3177. Los sábados, a las 21. Entrada: 5 pesos. Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: bueno
Una de las virtudes de algunos "nuevos clásicos" es poder presenciar las diferentes versiones para distinguir estéticas y concepciones. Es el caso de la premiada y tantas veces elogiada obra de Eduardo Rovner. Pero "Cuarteto" es un texto perfecto y compacto, con una lectura tan sabrosa que asusta pensarla en una puesta que pueda alterar su concepción original.
La versión de Mariví Yanno es absolutamente fiel a ese texto y trazó una pintura realista. Es una obra de claro subtexto, de humor negro y crítica político-social, sobre el cual condujo las interpretaciones.
Es una metáfora que habla de la opresión, la indiferencia, el individualismo y, sobre todo, la insensibilidad.
Cuatro hombres se reúnen en la casa de uno de ellos -inmóvil por voluntad propia en una silla de ruedas- para ensayar un concierto de cuerdas con la finalidad de presentarse en televisión. Compenetrados en un rol falso, ya que simulan interpretar los instrumentos haciendo "playback" con un viejo tocadiscos, se desentienden y se molestan porque el hijo del dueño de casa reclama atención, ya que su madre agoniza en la habitación contigua. Todos hacen oídos sordos, se molestan, se violentan y hacen de la agresión un hecho natural y justo.
El grupo actoral demuestra una conexión fluida, aunque tiene un comienzo débil. Carlos Martín, como el dueño de casa, y Alberto Santa María, como su hijo, trabajan en forma esquemática y demasiado exigidos por el texto. En cambio, Javier Araya y Sergio Bermejo dotan de personalidad a sus roles y equilibran la escena.
Alejandra Zoppi se destaca en un breve rol, como la moribunda mujer, imponiendo fuerza dramática, en una escena visualmente violenta y clave que, en forma irremediable, enerva al público. Por su parte, Daniel Tazzoli, como el tosco y bruto Kurt, realiza una composición profunda que parte de un trabajo interno que se palpa y agradece.
La ambientación y el vestuario son correctos. Sólo juega en contra del espectáculo el murmullo que se filtra desde la entrada del Club del Bufón.





