Dalma Maradona: "No hay nada que yo pueda hacer que supere a mi apellido"
La intérprete de Bisnietas habla de su abuela Poli, de los prejuicios, de su formación en un lugar público, de la fama y de sus padres
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Dalma Maradona llega a un bar de Palermo a la hora indicada. Viene de la casa de una amiga que la ayudó a lookearse para la foto. Apellido con portación de fama le sobra. También, calidez, capacidad de entregarse a la charla.
En teatro, está haciendo junto a Alexia Moyano y Sofía Bertolotto, Bisnietas, herederas del viento, obra escrita y dirigida por Erika Halvorsen que se presenta en El Portón de Sánchez, sala por fuera de los parámetros comerciales. Había una razón clara para sumarse a esa propuesta: "Tenía ganas de hacer algo lindo posta, de verdad".
-En trabajos anteriores, ¿cuándo habías sentido eso?
-Muchas veces. Trabajar en La casa de Bernarda Alba, con dirección de José María Muscari, me encantó porque esa obra la había hecho a los 12 años cuando estudiaba con Hugo Midón. Muchas veces estuve contenta con lo que hacía y esta vez aposté fuerte porque es teatro off, porque hay que remarla y porque nos jugamos. Es que cuando Erika me pasó la historia de estas chicas con sus abuelas y bisabuelas no tuve dudas.
-¿A qué te remitió?
-A la historia con mi abuela Pochi. La obra tiene que ver con una chica que encuentra, debajo de la cama de su bisabuela, una caja con cartas, relatos de su vida, y se entera de que fue una de las primeras prostitutas que llegó a la Patagonia. Gracias a ese dato empieza a entenderla y, en lo personal, me llevó a pensar mucho en la mamá de mi mamá, con quien tengo una relación muy estrecha. Vino la noche del estreno de Bisnietas toda muy producida y hermosa. Estaba muy emocionada.
-¿Es la misma abuela con la que, estando en Sevilla, te volviste a Buenos Aires?
-Sí, y esos dos meses que pasé con ella y con mi abuelo hasta la llegada de mis padres fue fiesta, fiesta total.
"Mi abuela Pochi es de avanzada. Una vez se compró unas zapatillas con rueditas y no nos dijo nada [...] Cuando llegamos al aeropuerto sacó las rueditas y se puso a patinar para sorprendernos. Mi abuela patinando por todo Ezeiza. ¡Genia absoluta!" (*)
-¿Cómo es que tus padres, a los seis años, te dejaron venir?
-A la distancia es cualquiera. Creo que no les dejé alternativa, se dieron cuenta de que la estaba pasando muy mal en España. Pero es tan cualquiera como que me hayan dejado trabajar a los ocho.
-En aquel momento, ¿cuál era tu imaginario de ser actriz? Famosa ya eras por portación de apellido...
-A esa edad no tenía mucha conciencia. Hacía la mía. Tenía ganas de estar ahí: adentro de la tele. Fui a un casting, quedé y entré. Iba a un colegio de doble turno en donde era la mudita, no hablaba con nadie. Salía de ahí y me iba a grabar sabiendo que no me podía quejar de nada frente a mis padres.
Tenía en claro que si me quejaba antes ellos iba a tener que dejar la tele y nunca el colegio.
-¿De de ser la mudita del colegio pasaste a la cámara?
-Sí. Mis padres no sabían qué hacer con mi timidez y probaron con mandarme a estudiar teatro para relacionarme con los demás desde el juego.

-Típico...
-De manual. Arranqué pensando que esa idea era cualquiera y terminó siendo mi profesión. Recién al tiempo me fui dando cuenta de todo.
Sus padres se casaron en 1989. Con apenas tres años, ella debía caminar hacia el altar junto a su madre y su abuelo Coco. Cuando se abrió la puerta de la iglesia, se asustó, se angustió, lloró. "Quizá por eso quise ser actriz: para superar el trauma del casamiento. Ése fue mi primer pánico escénico, claramente no me banqué todas las miradas sobre mí." ¿Me pasará lo mismo cuando me case?" *
"Cuando empecé a estudiar en el IUNA [actual Universidad Nacional de las Artes] volví a decidir ser actriz. Ahí me encontré con profesores como Analía Couceyro, Silvina Sabater y Guillermo Cacace, que me volaron la cabeza. Mi formación en el IUNA fue de lo mejor", continúa la hija del ídolo, que hace unos días anunció en las redes que ella se iba a casar, aunque había prometido guardar el secreto.
-Seguramente, perdón por el prejuicio, vos seguramente venías de un colegio privado ...
-Primaria y secundaria. Tranquilo: el prejuicio aplica. Y en el IUNA me encontré con chicos que tenían que trabajar para mantener a su familia mientras estudiaban. Tan simple como eso. Aprendí a no quejarme del tránsito.
-¿Cómo fue ese proceso?
-Me lo tomé de la manera más normal del mundo porque creo que soy la mina más normal del mundo. El prejuicio lo tienen los demás. De hecho, cuando me fui a anotar un profesor me dijo: "Ah, ¿y qué hacés acá?". Sabía que no me podía quejar de nada y sabía que estar ahí era una suerte. Conocí gente con mucho talento. No podía creer que no estuvieran trabajando en televisión, en teatro, en todos lados. Yo tuve la suerte enorme de haber estudiado ahí.
-Fuiste la primera en tu familia que tuvo un título secundario y universitario, ¿cómo se vivió eso?
-Fuerte, mucho más con mi papá. ¿Viste que cuando te dan el título en quinto año elegís a alguien de tu familia? Bueno, él estaba ahí, superemocionado, no paraba de llorar. Yo le decía: "Papá, no es para tanto. Sólo terminé el colegio". No había forma. Después entendí que él no había podido finalizar el secundario. Con la facultad pasó lo mismo. Estuvieron todos muy pendientes, pero también comprendí que para ellos todo eso era muy importante y que necesitaban estar.
-Sumado a que todos, en algún momento de la vida, queremos esconder a nuestros padres, invisibilizarlos frente a los pares. Vos no podías...
-Sé que no podía. También quería que se fueran, que desaparezcan. Al principio la pasaba mal, después lo entendí y dejé de pelear contra eso. De adolescente fue de terror.
[Para el festejo de 11 años] habíamos hecho un camping party re divertido en la quinta que teníamos [...] ¿Y qué hizo el señor? Se garantizó una entrada triunfal para que todos lo mirásemos: apareció rapado, con ojos celestes y «diseños» en las cejas.
-Me costó, me costó pero vine, hijita.
-¡Quién te pidió que vinieras! ¡Y menos así ¡Echalo, mamá, es un payaso! Echalo de mi fiesta ahora. *
-¿Cuál es el precio de la alta exposición en los medios?
-Para mí, altísimo; porque muchas veces esa alta exposición no tiene que ver con algo mío sino con mi familia. Voy aprendiendo de a poco ya que, como elegí ser actriz, debo ser "amable" con la prensa... Claro que cuando escucho a algunos decir que quieren ser famosos yo les preguntaría para qué. No hay nada que esté bueno de eso si es que no lo podés sostener con laburo. Mi mamá, dentro de lo que puede, tiene un perfil más bajo. Es la que siempre me dice que me mande a guardar, que me cuide de las redes sociales.
-¿Qué repercusión por tu trabajo actoral te sorprendió?
-Mirá: hasta una noche antes de estrenar La hija de Dios, que también lo dirigió Erika Halvorsen, me preguntaba qué estaba haciendo ahí. Después llegaron las repercusiones que estuvieron buenísimas porque superaron el prejuicio ese de ver "qué iba a ser esta piba hablando otra vez de su papá".
-¿Esa obra tuvo algo de catártica?
-Puede ser... muchos me dijeron que era una especie de terapia compartida con el público. No sé si fue así..., pero yo tuve ganas de hacerlo, tuve ganas de contar esas historias que todos conocen; pero desde mi punto de vista. Y, claro, hacerme cargo de lo que soy: la hija de... En fin, no hay nada que yo pueda hacer que supere mi apellido.
Y pone cara de hija de...
*Extractos del libro La hija de Dios. No es el Diego, es mi papá, escrito por Dalma Maradona.
Bisnietas, de Erika Halvorsen
El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034.
Miércoles, a las 21.30
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