De Chejov a Lou Reed
Ensayo sobre la gaviota
Dirección, coreografía y dramaturgia: Marcelo Savignone. Intérpretes: María Florencia Álvarez, Mercedes Carbonella, Luciano Cohen, Merceditas Elordi, Pedro Risi, Belén Santos y Marcelo Savignone. Colaboración artística: Alberto Castillo-Ferrer. Asistencia y colaboración artística: Andrea Guerrieri y Juan Pablo Méndez. Escenografía: Lina Boselli. Realización gaviota: Flavio Pagola. Vestuario: Mercedes Colombo. Iluminación: Ignacio Riveros. Asistencia iluminación: Luciano Cohen. Producción ejecutiva: Silvia Barona. Sala: La Carpintería (Jean Jaures 858). Funciones: domingos, 20.30. Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: Muy buena
Marcelo Savignone nos invita a adentrarnos en el universo Chejov, casi como en una clase magistral de las múltiples interpretaciones que se puede hacer de su teatro, de su concepción de arte, Savignone indaga y cruza a Chejov con Tennessee Williams en un desafío que implica mucha atención, compromiso y conocimiento. Ahora bien, aquellos que sólo asistan a la función con ganas de ver actuar de maravillas a unos grandes actores, adelante también, se puede y vale la pena. Claro que suma más si conocemos algo de una pieza tan archiconocida y recorrida como La gaviota.
Como nos adelanta el nombre de la pieza, veremos un ensayo; al menos al principio, mientras la platea toma sus lugares, los actores en escena ya practican una parte de algo que aún no sabemos qué será. Pero, con este recurso inicial -sumado a su título-, se arroja la sensación de que estamos frente al teatro mismo, el que se repiensa, cuestiona sus límites, el rol del espectador, la importancia (o no) de la historia del teatro. Un teatro puro. Es que en esta obra se expanden las fronteras de lo posible y aunque parezca difícil, en estos 70 minutos Chejov se cruza con un Lou Reed de los mejores, sensible hasta el infinito; la danza, lo pop y la música se hacen presentes en una coreografía impecable.
Aunque los universos se mezclen, algo está inalterable: la atmósfera melancólica que envuelve y prácticamente ahoga a los personajes que luchan por que su intento por encontrar la felicidad no termine en la mismísima infelicidad. Y se logra: todos los personajes perturbados buscan incansablemente huir de sí mismos. La joven e ingenua Nina, que por amor se destruye; la egocéntrica Irina, que le teme al paso del tiempo; Masha, que se ahoga en su melancolía y en la depresión de su fallido matrimonio; Petra, la hermana de Irina, en las sombras siempre sin saber para qué está en este mundo; Konstantín, el hijo de Irina, tratando de encontrar a su antigua madre, que ya no piensa en él. Por último, Boris, interpretado de manera brillante por el propio Marcelo Savignone, casi como en una declaración de lo que es su concepción del teatro, se permite hablar de la función del arte, del artista, tal vez buscando alcanzar esa felicidad aunque "la libertad es peligrosa, exaltante como la vida misma", se deja leer en el programa de mano, unas palabras de Camus que marcan la ardua tarea de estar vivos y el rol del artista en esa perpetua reflexión.
Una casa de madera al costado de la escena ocupa el lugar de lo privado, lo indecible y lo decible, aquello que se oculta en nosotros, en nuestras familias, para ser revelado cuando todo explota. El diseño de luces hace lo suyo para crear climas diferentes y extrañar aún más la escena. Las actuaciones impecables. Una obra en estado puro, climática, musical, existencial, para ver, pensar y pensarse.






