
De Filippo, pintor de sentimientos
Isabella Quarantotti, su viuda, evoca instántaneas de la vida y la obra del autor
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ROMA (Corriere della Sera).- La casa romana en la que Eduardo De Filippo pasó los últimos años de su vida estaba destinada a Luigi Pirandello, que, sin embargo, jamás la ocupó. Curiosa coincidencia entre dos grandes del teatro. Hoy, en esa casa rica en testimonios, recuerdos, fotografías y objetos antiguos vive aún Isabella Quarantotti, viuda del autor de "Napoli miglionaria!" y "Filomena Marturano", de cuyo fallecimiento hoy se cumplen veinte años.
En el amplio salón que se encuentra junto a un pequeño jardín se mezclan desordenadamente máscaras de Polichinela, viejos programas, pequeñas imágenes del teatro de sombras. En el final de una escalera se llega a una puerta a través de la cual se accede a la habitación de Eduardo. "Nuestra historia de amor -dice la vivaz Isabella, de 83 años- se inició exactamente hace 50 años, durante el maravilloso verano de 1954 en Ischia, la isla que Eduardo tenía entre Capri y Positano. Nos casamos en 1977 y estuvimos juntos 34 años, pero jamás convivimos bajo el mismo techo. Fue una elección basada en la libertad y el respeto recíproco. Yo vine a vivir aquí, en su casa, sólo después de que Eduardo murió".
-Comencemos entonces por aquel 31 de octubre de 1984.
-Sus tres últimos días de vida, antes de apagarse definitivamente, no fueron tristes. Todo lo contrario. Habíamos estado en Salsomaggiore, donde Eduardo se había recuperado bastante de sus problemas bronquiales. Sin embargo, en el hotel donde se alojaba se desató una epidemia de gripe que lo afectó de repente, y cuando regresamos a Roma ya estaba otra vez mal de salud. Después de haber sido internado pudo recuperarse: le había empezado a volver el apetito y un día se puso a cantar canciones napolitanas con las enfermeras. La muerte, de todas maneras, no lo tomó de sorpresa. Eran las once de la noche; le tenía la mano y susurró: «Ahora entiendo. Ahora todo termina». Y en ese momento su mano se enfrió.
-¿Qué pensaba Eduardo acerca de la muerte?
-Siempre me decía que había comprendido el sentido de la muerte por primera vez a los 11 años, cuando vio a su abuela "ajusticiando" a una gallina antes de cocinarla. A lo largo de toda su vida Eduardo pensó en la muerte, primero exorcizándola y luego tratando de establecer algún tipo de pacto con ella. En 1975 le dedicó una poesía. Eduardo decía con frecuencia que morir era el último acto de la vida y que para cumplirlo había que estar consciente.
-Su vida se identificaba con el teatro.
-Era así. Y trabajó hasta el final. Como autor, su último trabajo fue la traducción al dialecto napolitano del 1600 de "La tempestad", de Shakespeare. Como actor seguía ofreciendo recitales, si bien había dejado de hacer giras muy largas porque sus condiciones físicas no se lo permitían.
-A lo largo de estos veinte años, ¿pudo acostumbrarse a la ausencia de Eduardo?
-Jamás. Era una persona que llenaba su vida y la de los demás de una forma total e intensa. Jamás me aburrí estando junto a él. Era capaz de hacerme desesperar hasta el extremo del llanto y de inmediato hacerme sentir la mujer más feliz del mundo.
-¿Era un esposo complicado?
-No era una persona fácil, pero tenía un espíritu extraordinario y nunca se aburría. En casa se las ingeniaba para hacer de todo al igual que en el teatro, donde pintaba los decorados y se ocupaba de los accesorios de la escena y de las luces. Además era un cocinero excepcional y todo el tiempo inventaba recetas, pero jamás renunciaba al ragú clásico, ese que debe mantenerse seis horas sobre el fuego. Odiaba cualquier tipo de actitud mundana porque tenía un temperamento muy esquivo. Amaba a los gatos porque decía que se parecía a ellos.
-¿Era celoso?
-Muchísimo. Recuerdo que en los primeros tiempos de nuestra relación él imaginaba que me gustaban los hombres más improbables, justamente aquellos que no me interesaban en absoluto. Yo, en cambio, al principio estaba también muy celoso, pero del teatro. Lo consideraba mi principal rival.
-¿Se sentía excluida?
-Eduardo decía muy convencido que un actor debe estar siempre libre de cualquier compromiso, ni siquiera familiar. Sin embargo, muy rápidamente me contagió su entusiasmo y me hizo participar en la gestación de todas sus comedias.
-¿De qué modo nacía una obra de Eduardo?
-Primero lo veía algo absorto. Luego comenzaba a contar la trama que imaginaba y a describirme cada uno de los personajes. A partir de ese momento se encerraba en su estudio y empezaba a escribir. Pero jamás lo hacía a máquina, sino siempre a mano. Decía: «Tengo que ver la tinta sobre el papel en blanco».
-¿Cuál de sus obras le causó mayor sufrimiento?
-Seguramente fue "Los exámenes no terminan jamás". Era un texto muy exigente en contra de la superficialidad de las relaciones humanas, a la futilidad y a los mezquinos intereses que se imponen en ellas, sin amor ni consideración alguna por los demás. Y jamás tomó conciencia del éxito que alcanzó esa obra. La noche del estreno exclamó: "¡Jesús! Le tiro al público en la cara toda esta mierda y me aplauden".
-Se dice que fue un compañero de trabajo muy duro.
-También se llegó a decir que llegó a ser malvado. No es verdad. Sólo era muy exigente consigo mismo y, en consecuencia, también con quienes trabajaban junto a él. Tenía mucha consideración por los espectadores que pagaban la entrada a sus obras.
-¿Cuándo llegó a verlo realmente conmovido?
-En el Filangieri de Nápoles, el reformatorio al que le dedicó gran parte de sus últimas energías y le dedicó su primer discurso como senador el 3 de diciembre de 1982. Me confió en ese momento esas palabras: "Yo conozco muy Bien a esos chiquilines de la calle, porque pude haberme convertido en uno de ellos".
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