Desde el País Vasco, monólogos cruzados por la fatalidad
Un beso /Autor: Iván Cotroneo / Adaptación: Quin Zeberio / Dirección escénica: Fernando Bernués / Elenco: Mireia Gabilondo, Ander Iruretagoiena y Haritz Morras / Escenografía: Fernando Bernués y Edi Naudo / Iluminación: Xabier Lozano / Vestuario: Ana Turrillas / Producción: Tanttaka Teatroa / Sala: Maipo Kabaret, Esmeralda 443 / Funciones: mañana, a las 20; y pasado mañana, a las 19 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena
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No es la primera vez que la compañía vasca Tanttaka Teatroa viene a Buenos Aires. Fundada en 1983 por, entre otros miembros, el director Fernando Bernués Gambarte, en 2000 debutó en el Complejo La Plaza, con la obra El florido Pensil sobre la educación escolar en el largo invierno franquista. Esta vez el grupo llegó por sólo cuatro funciones al Maipo Kabaret -antes de presentarse lunes y martes en la sala Verdi, de Montevideo, por la III Muestra Iberoamericana de Teatro- con Un beso (Muxua, en euskera).
Un pizarrón y tres sillas, una al lado de la otra, es la escenografía minimalista que recibe a los tres actores, de a uno, desde la oscuridad de las butacas. En primer lugar, cantando a capella "Please, Please, Please, Let Me Get What I Want", de The Smiths, sube Lorenzo (Ander Iruretagoiena) al que le siguen la profesora Elena (Mireia Gabilondo, integrante de Tanttaka) y, por último, otro joven alumno, el único que da vuelta su asiento, Antonio (Haritz Morras). Los tres comenzarán a contar su versión de la historia, una tragedia real sucedida en 2008, en California, en la que se basó el italiano Iván Cotroneo para escribir la novela Un bacio, publicada en 2010 y llevada al cine este año por el mismo autor.
Lorenzo ama a Antonio sin importarle las burlas; Antonio no tolera esa presión que lo descoloca frente a los pares; Elena intenta ayudar a los discípulos diferentes, que sufren en silencio igual que ella. El relato se va hilvanando a retazos y poco a poco, los espectadores sabemos que se acerca, sin forma de evitarlo, un desenlace funesto. Será un beso, ese primer beso de la adolescencia cuando todavía no se aprendió, como Elena, a ocultar sentimientos, lo que empujará el final.
Los tres actores, tanto la experimentada Gabilondo como los dos egresados del taller de artes escénicas de Donostia, San Sebastián, expresan con los matices de voces y gestos, apenas moviéndose de sus lugares, la ingenuidad del amor, la ira contenida ante lo desconocido, la resignación de lo que se pierde. Y un drama que golpea a las sociedades más civilizadas en todos las clases sociales. Como en la historia construida por el francés Luc Tartar en Los ojos de Ana, Cotroneo también apunta a la vulnerabilidad de los más chicos que no encuentra contención en la mirada ni de los padres ni de las instituciones: el bullying, la discriminación, la homofobia, la ceguera de los adultos ante la crueldad, su impotencia y su culpa para nada.
La puesta de Bernués es contundente como la realidad. No hacía falta más que ponerle el cuerpo y un tono para contarlo. Ellos están ahí, personajes y personas, demasiado cerca para no escucharlos, en la sala de un teatro o en las notas de un noticiero. Es puro testimonio y diario íntimo de tres seres que no soñaban con ese remate, pero la ficción, esa vida, los enlazó fatalmente. El arte no los salvó pero nos vuelve a todos un poco menos indiferentes.
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