Despliegue visual en un perturbador y singular relato gótico

Moira Soto
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28 de abril de 2017  

El empapelado amarillo / Libro: Charlotte Perkins Gilman / Versión y dirección: Sebastián Kalt / Intérprete: Alexia Moyano / Música: Cecilia Castro y Sam Nacht / Diseño y proyecciones: Juan Pedro Yelpo / Vestuario: Paola Delgado / Escenografía: Ariel Vaccaro / Iluminación: Alejandro Roux / Funciones: viernes, a las 21; sábados, a las 22 / Sala: Alberdi, Cultural San Martín, Sarmiento 1551 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: buena

En julio de 1890, una joven norteamericana escribe, a partir de una experiencia personal, un magistral cuento con acentos góticos que refiere a la depresión posparto. Al mes siguiente de ese mismo año, nace el supremo escritor del género, H. P. Lovecraft, que exaltaría aquel relato en su ensayo "El horror en la literatura", poniendo a su autora al lado de Dickens y Henry James. Cuentista, novelista, luchadora por los derechos de la mujer, la talentosa Charlotte Perkins Gilman, con este cuento de sutil horror se inscribe en la senda de otras congéneres descollantes: Ann Radcliffe, Emily Brontë, Mary Shelley...

En El empapelado..., Perkins encara con suma destreza alusiva un tema tabú para su época: una mujer que acaba de tener un bebe queda postrada por el desánimo, el agotamiento; se siente incomprendida y también avergonzada por no responder al rol de madre, esposa, organizadora doméstica. Su marido médico la ha confinado en el ático de una casa de campo donde, "por su bien", no le permite ninguna actividad creativa, ninguna salida al mundo exterior. Le impone esa habitación que ella detesta, con un empapelado amarillo que la obsesiona, la extravía al seguir el curso de sus dibujos absurdos. Se defiende escribiendo a escondidas entradas breves de un diario íntimo que dan forma a un texto literario con elementos del género fantástico (la mansión embrujada donde acaso sucedió algo horrible en el pasado, una pared que parece cobrar vida, ocultar a otra mujer...) y de reivindicaciones feministas (al evidenciar el paternalismo del marido, además médico que la trata como a una niña, empleando una "dulce violencia", al decir del pensador francés Pierre Bourdieu).

Este texto en primera persona que ofrece un único punto de vista, el de una mujer desdichada que roza la locura y cuya ambigüedad puede asociarse con el célebre film El bebé de Rosemary, es el que tomó para llevar a escena Sebastián Kalt. No es la primera vez que El empapelado... se versiona: en particular, vale citar la lectura de Katie Mitchell para el Schaübuhne berlinés, en 2013, que trajo el relato a la actualidad.

En la adaptación local, vale separar la puesta en escena -plena de hallazgos que por momentos evocan a instalaciones de artistas contemporáneos; una marcación inventiva, de mucha plasticidad, de los movimientos de la protagonista-, y la dirección de actores. Quizás Alexia Moyano no era la actriz apropiada para asumir y transmitir el estado emocional del personaje, su compleja experiencia interior. Faltó trabajar en la interpretación el rico subtexto y hacer vibrar una voz a la que parece faltarle calentamiento y una emisión más entrenada. Empero, justo es reconocer en Moyano el gran esfuerzo de sus múltiples acciones en escena, teniendo que sostener con su presencia más de una hora de espectáculo.

Kalt convocó a excelentes colaboradores en los aspectos visuales y lumínicos; por su parte, la música oscila entre sugerentes sonidos atmosféricos y ciertos subrayados altisonantes. Inexplicable el chirriante estrépito de la roldana que hace girar la actriz para inclinar la ominosa pared hacia adelante o hacia atrás (cuando se supone que se mueve por sí sola en la cabeza de la enferma), pero resultan de fuerte impacto los desafíos a la ley de gravedad, la inversión de perspectiva, las cambiantes proyecciones.

Por: Moira Soto

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