El nombre: el derecho a la identidad en la mirada de Griselda Gambaro

Jazmín Carbonell
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28 de junio de 2018  

El nombre / Autoría: Griselda Gambaro / Dirección: Laura Yusem / Intérprete: Silvia Villazur / Escenografía y vestuario: Magda Banach / Composición musical: Cecilia Candia / Diseño de iluminación: Leandra Rodríguez / Asistencia de dirección: Gabriela Levy Daniel / Teatro: El Camarín de las Musas, Mario Bravo 960 / Funciones: viernes, a las 20.30 / Duración: 45 minutos / Nuestra opinión: muy buena

¿Para qué sirve tener un nombre? Algo así como carta de presentación, documento verbal, el nombre explota de cargas simbólicas. Porta en su estructura una referencia de quienes somos. Significa ni más ni menos que nuestro ser en unas pocas letras ordenadas. Es, por empezar, el nombre que eligieron nuestros padres cuando tempranamente comenzaron a configurarnos. Es, también, el principio de nuestra identidad. Uno de los primeros derechos que tienen todos los niños. Situación tan abarcativa como intangible y que tiene su origen, tal vez, cuando se le otorgar un nombre a cada quien. "¿Cómo te llamás?", "Soy...", "Me llamo..." es el inicio de gran parte de las conversaciones y las presentaciones que tenemos a lo largo de nuestra vida.

Griselda Gambaro, autora mayúscula, compuso esta pequeña pieza teatral de un solo personaje en 1974 cuando las sombras del horror comenzaban a instalarse. Advirtió que la despersonalización sería el inicio de la tortura. Y entonces volcó ese terror en esta pieza corta, pero de una potencia espectacular. De manera metafórica y sin un marco específico, Gambaro nombró lo innombrable. Sin tiempo y sin espacio -eso claramente poco importa cuando se tratan temas universales- abarcó la quita de la identidad, el sojuzgamiento, la relación entre amo y esclavo. No necesita de grandes villanos ni de grandes movimientos. Está. El poder que ejercen personas sobre otras existe, tal vez, desde que hay acumulación de riquezas. Por eso esta obra resiste el paso del tiempo, mantiene una contemporaneidad que nos asegura las mismas miserias.

María es el único personaje de esta historia. Tiene un nombre, llegó a este mundo con una identidad. Endeble, quizá, fácilmente corrompible. La historia de esta mujer puede reconstruirse por los asaltos a su nombre. La primera vez que se lo arrebataron María tenía 16 años y la señora para la cual trabajó prefirió llamarla Ernestina. Caprichos, comodidades. Su historia siguió, signada por esos hurtos aparentemente inocentes, pero que encubren un absoluto desprecio.

La directora Laura Yusem retoma la obra de Gambaro a quien conoce bien, puesto que ha trabajado textos suyos, pero esta vez elige sumar elementos contemporáneos para darle a la obra carnadura del presente. Por eso, en el comienzo de la pieza se menciona la figura de Bergoglio y algunos datos más bien actuales. No parece hacer falta. La pieza de Gambaro rebalsa de actualidad. Silvia Villazur en la piel de María -a quien se la puede ver también en un personaje opuesto en Como si pasara un tren-, le aporta ese grado de humanidad y nostalgia que a la pieza le sientan de maravillas. Ojos espejados, un andar cansino y una voz sensible son el soporte ideal para un texto maravillosamente triste. El vestuario y los objetos que diseñó Magda Banach están en sintonía. Salvo la plataforma que está delante, que por momentos obstruye el andar de María, lo cierto es que esta sala que tiene como marco de fondo la propia calle Mario Bravo no puede ser más pertinente para esta obra.

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