
El personaje ausente
Asistir en silencio al diálogo de sus colegas, y reaccionar a lo que oye, es para el actor una prueba de fuego de su capacidad expresiva y del don de atraer las miradas. No menos arduo es para el dramaturgo, el director y los intérpretes, hacer visible lo invisible, crear la presencia de alguien que no está en escena, pero cuyo influjo sobre lo que ocurre es capital. En resumen: evocar al personaje ausente.
No se trata tan sólo de palabras. Una forma de mostrarlo -la más elemental y primitiva- es convertirlo en fantasma, con sábana, luz cadavérica y hasta cadenas. Shakespeare lo resuelve así en "Hamlet", y también en "Macbeth", cuando el espectro ensangrentado de Banquo atraviesa la sala del festín. Contribuye a la eficacia del recurso, subrayar que tan sólo uno de los personajes vivos (el culpable, o aquel a quien se confía la venganza) puede ver a la sombra funesta.
El tema viene a cuento porque en "El cerco de Leningrado", la pieza de Sanchis Sinisterra representada -admirablemente, por cierto, pese al endeble libreto- por Alejandra Boero y María Rosa Gallo en el Andamio 90, resulta vano el intento de evocar al hombre que fue marido de una de las protagonistas y amante de la otra. Se habla mucho de él, pero no se alcanza a verlo con los ojos de la imaginación, o del presentimiento: está muerto y bien muerto.
La literatura, con el poder de las palabras, y el cine, con sus recursos lumínicos y técnicos, le llevan ventaja al teatro en cuanto al poder de convocar a los fantasmas. Basten dos ejemplos: la espléndida y ominosa novela de Henry James "Otra vuelta de tuerca", con sus obstinados espectros (de los que nunca sabremos si existen realmente, o son alucinaciones de la perturbada institutriz), y la versión cinematográfica de "Rebeca", de Daphne Du Maurier, hecha por Alfred Hitchcock con una sutileza que prescinde de sobreimpresiones y de golpes bajos, valiéndose tan sólo de sugestión y del blanco y negro.
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Pero hay otras posibilidades escénicas. Peter Brook ha dirigido recientemente en París una pieza de Barney Simon, "Le costume" ("El traje"), basada sobre un relato del negro sudafricano Can Themba, que se estrenó en Johannesburgo en 1992 y que la crítica europea celebrado con entusiasmo en estos días. Esta columna ya se ocupó del acontecimiento, meses atrás. En síntesis, se trata de un joven africano que descubre a su mujer en flagrante adulterio con otro negro. El amante escapa, desnudo, abandonando su traje en la habitación. Sin una palabra de reproche, el marido engañado obliga a su mujer a tratar a esa prenda como si efectivamente contuviera dentro de ella a un hombre. En cada una de las comidas del día, el traje está allí, acomodado en una silla, como un comensal más. De noche, los acompaña en el dormitorio. Y si salen de compras, o de paseo, la mujer debe echarse el saco sobre los hombros y enroscar los pantalones a su cuello, como una bufanda. El castigo es demoledor: el personaje ausente impone una presencia que se vuelve insoportable.
Eventualmente, puede recurrirse a la música, o a la luz, y hasta a una proyección, aunque conviene más resolver el problema con los sencillos medios artesanales que el teatro utiliza desde siempre. Porque, en resumidas cuentas, una acción dramática debe ser un disparador de la imaginación, a un lado y otro de las candilejas.
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