
Emoción en una puesta impecable
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"Sietevidas. La vuelta del gato". Por el Grupo Asomados y Escondidos. Texto de Silvina Reinaudi. Música: Carlos Gianni. Escenografía: Néstor Segade. Coreografía: Fernanda Gómez. Vestuario: Nora Spivak, Iluminación: Leandra Rodríguez. Dirección de arte: Silvina Reinaudi. Diseño de títeres: Roly Serrano (Sietevidas), Tania de Cristorofis (Sombras), Claudio Spósito (Cómic), O´Kif (Osos). Silvina Reinaudi: a partir de Brueghel ("Sopa de piedras"), a partir de diseños de Delia Contarbio ("Leyenda del ñandutí") y con Damián Zaín ("Fábula de la cigarra y la hormiga"). Realización de titeres: Gloria Díaz, Roberto Docampo y Gustavo Brito. Intérpretes: Pablo Nojes, como Sietevidas; Vanesa Dorrego, como Lucimar, y los titiriteros Sandra Antman, Alejandra Bertoloti, Sergio Breski, Claudia Dallarosa, Tamara Smuchkler y Alejandro Szadursky en los otros papeles. Dirección adjunta: Miguel Rur. Dirección general: Roly Serrano. Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815, sábados y domingos, a las 15.30. (Desde los cinco años.)
Nuestra opinión: muy bueno.
A partir de un esquema simple -un gato y su dueña regresan a casa después de que ambos emprenden un viaje por separado- se arma la estructura de este espectáculo de títeres y actores.
El mimoso y seductor Siete, que ha traído en su mochila una colección de "recuerdacuentos" para poder armar sus relatos, resulta el generador de las diferentes historias que cobran vida en el escenario animadas por distintas técnicas y resoluciones estéticas. Su dueña, Lucimar, lo escucha y reflexiona con él.
A manera de prólogo, la platea recibe una breve información del viaje del gato. De ello se encargan una hermosa canción y la proyección de un trabajo en siluetas y sombras, delicado, sugestivo, juguetón y bien manipulado.
Se trata de una joyita que, de entrada, pone la tónica del espectáculo en ese lugar tan especial de las emociones, la experiencia grata, la calidez unida al humor, el juego que sorprende a cada instante con travesuras chiquitas, casi secretas.
Al iluminarse el escenario y encontrarse los protagonistas, el relato de las aventuras convoca, uno tras otro, a varios cuentos populares. Nadie podría anticipar cómo va a ser el siguiente. Difieren en todo, juegan con códigos diferentes y desafían constantemente al espectador a ver más allá de lo que se ve, a escuchar más allá de lo que se oye.
Osos en problemas
La primera historia es "Ricitos de oro". La casa de los osos, los detalles de su mobiliario y objetos cotidianos, constituyen una ilustración de cuento infantil de lujo, de detalles acabados, texturas suaves y cálidas, colores tibios. Con breves pinceladas, la historia tiene cierto comentario sobre los prejuicios, y el final es el del cuento, pero Sietevidas se toma la libertad de imaginarle otro final en el que Ricitos es adoptada por la familia de los osos.
A esta historia le sigue "Sopa de piedras", que es un placer especial. El pueblito donde aparece el hombre que hace la sopa tiene un hermoso estilo de lugares y tiempos lejanos, pero con la ingenuidad y proximidad del cuarto de los niños. Humor tierno y varios temas para la reflexión contiene este relato en el que se destaca un trabajo ajustado de Alejandro Szardursky.
Luego vendrá el cuento de "La cigarra y la hormiga", realizado en teatro negro, interpretado por títeres manejados con notable precisión, muy simpáticos y generadores de situaciones y diálogos breves en los que priman el humor y la sátira, porque la historia termina fiel al relato popular, con la cigarra congelándose en la intemperie.
Nuevamente, Sietevidas y Lucimar eligen inventarle un final diferente.
Después de un breve cómic, que supuestamente son los dibujos del gato en su diario íntimo, llega la última historia: la "Leyenda del ñandutí", aporte de Lucimar. La elección de técnicas y estéticas diferentes para narrar las diversas historias, acudiendo a los trabajos visuales de otros tantos artistas, aparece como un trabajo muy difícil y, a la vez, logrado con precisión. Los nexos que cierran un relato y abren otro destacan a los protagonistas narradores y tejen una historia entre ellos, donde se asoman los contenidos.
El tema de los cambios como algo importante y bueno para crecer, la decisión de correr el riesgo de vivir y jugarse, lo que se puede lograr entre todos y la fuerza y fidelidad del amor son algunos de los ejes que se destacan en las canciones donde se luce la excelente música de Carlos Gianni.
Sietevidas canta: "En vez de morirme me puse a vivir", y "traigo a mi casa el mundo".
Estos diálogos que ocurren entre las historias van definiendo la relación entre Lucimar y Sietevidas. Por momentos, el vínculo resulta demasiado confuso, edípico, lo que tal vez se hubiera podido despejar con una mayor presencia de los enamorados de ambos (la gatita y el paisano del litoral),que son mencionados en sendas historias pero que están demasiado ausentes para lograr con su peso afectivo el equilibrio de las emociones sobre el escenario.
Oportunidad excepcional
Tal vez el único dibujo débil sea la joven Lucimar, que aparece solamente como una contraparte de Sietevidas, sin mucha historia propia y que debe competir con tanto títere bello y magistralmente manipulado (pese a todo, se las ingenia).
En síntesis, pocas veces el espectador de todas las edades ha tenido ocasión de disfrutar de un trabajo impecable, sin fisuras, en el que, sin necesidad de efectos deslumbrantes ni golpes bajos, lleguen a cada uno, sencilla y plenamente, la emoción, el reconocimiento de ecos propios, el simple y puro placer y una especie de alegría serena que hace que uno se lleve la sonrisa instalada y pueda evocarla con el recuerdo de cada detalle.
Es uno de esos espectáculos que sin duda van a tener mucho público reincidente.



