
Emotivo, como el vino de ciruela
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"Vino de ciruela" , adaptación de Rubén Pires de "La edad de la ciruela", de Arístides Vargas. Intérpretes: Susana Rinaldi, Rita Terranova, Ligia Piro, Magela Zanotta, Claudia Pisanú y Perla Santalla. Escenografía y vestuario: Pepe Uría. Música: Juan Carlos Cuacci. Iluminación: Roberto Traferri. Dirección: Manuel González Gil y Rubén Pires. Duración: 92 minutos. En el Broadway, Corrientes 1155 (4382-2345).
Nuestra opinión: Muy bueno
Hay un tiempo que pasa arrasando las voluntades y los anhelos de los humanos. Hay otro, opuesto, pero tan devastador como el anterior. Es ése que detiene y anquilosa los sueños envueltos en una rutina perenne, provocando un agobio y una sofocación más intensos que los que produce el calor del desierto.
Esto les pasa a las protagonistas de "Vino de ciruela", una pieza que retrata a una familia integrada por las mujeres que sobrevivieron a la presencia masculina en el hogar. Esta situación incluye a las representantes de generaciones más jóvenes, que soportan un atavismo casi impúdico que obliga a respetar tradiciones seculares, cercenando cualquier atisbo de libertad afectiva o creativa.
La historia de este grupo de mujeres se devela por las cartas que se envían dos hermanas de la generación más joven, transformadas de esta manera en relatoras del pasado. En esas epístolas, con pocos trazos y mucha evocación, se descubre la relación establecida entre la abuela y la tía abuela (también hermanas), a partir de un secreto pecaminoso que las involucra a las dos.
Pero también queda al descubierto la difícil convivencia entre una mujer y una hija, que no puede cumplir con el perfil "ideal" que ha delineado su madre. No faltan la tía mayor, artista y bohemia, que descubre ante una sobrina apocada y sometida, pero solidaria confidente, los ideales de un espíritu libre; ni ese diálogo entre dos hermanas, ya maduras, que vienen a encontrar el momento justo para una confidencia que da pie para tomar, en complicidad, decisiones muy audaces.
Finalmente, ese encuentro entre las dos pequeñas hermanas, las relatoras, que surgen con toda la fantasía, crueldad e inocencia de la infancia. Son ellas las gestoras de esta historia que escapa del mero relato familiar, para insertarse en ese púdico diálogo -por eso los encuentros son entre dos- que no se apoya en la consanguinidad ni en el parentesco, sino en esa intransferible emoción de la intimidad compartida durante una etapa de sus vidas.
Sobre estas mujeres está atenta la mirada de Arístides Vargas, recreadas con la ternura que dejan los buenos recuerdos inscriptos más en el corazón que en la memoria, pero sin restar ese toque crítico hacia los esquemas sociales que a veces condenan a una opacidad inexplicable.
Vargas utiliza el recurso de las cartas para crear instantáneas de vida que tienen cada una su propia estructura dramática, de tal manera que convierte a la pieza en una suma de pequeñas obras con valores en sí mismas.
Para albergar las instantáneas de estas mujeres, Manuel González Gil y Rubén Pires elaboran un clima de realismo mágico, muy bien subrayado por las luces de Roberto Traferri, con una estética etérea y de colores blancos muy bien resueltos por Pepe Uría, que también es el responsable de un vestuario muy apropiado. El moño al paquete visual lo aporta la música de Juan Carlos Cuacci.
Un elenco impecable
En esta apreciación, mucho, por no decir todo, tiene que ver con las interpretaciones de un elenco que no presentó ninguna fisura, precisamente porque cada una de las actrices aportó sus mejores recursos para dar vida a sus criaturas.
Susana Rinaldi, en su regreso al teatro, tiene la responsabilidad de componer tres personajes: Gumersinda, la tía abuela soltera que esconde un secreto non santo , en una acertada composición por lo mesurada y sobria; Adriática, otra tía abuela, bohemia y soñadora, para quien la realidad es un estado que se puede obviar, un papel que le permite a Rinaldi jugar con cierto grado de delirio y mostrar su ductilidad, y Jacinta, la hija solterona y poco agraciada que nunca se permitió luchar por la felicidad, personaje al que le encuentra la medida justa para lograr una convincente composición.
De Perla Santalla, como la abuela, qué se puede decir que ya no se haya escrito. Escapando de cualquier tentación esquemática, elabora una anciana que carga el despecho y el resentimiento, sin poder evitar una elocuente sombra de cinismo que enriquece a su personaje. Ella es la que construyó su vida sobre la base de la imposición familiar que la llevó a un matrimonio sin amor, ausencia de sentimiento que vuelca en las hijas.
Rita Terranova, excelente, da vida a una hija, madre de las niñas, que ve transcurrir su vida opacamente, sin permitirse el menor gesto de rebeldía, que luego cambia por audacia cuando se trata de salvar la felicidad de una hermana. Es uno de los trabajos más convincentes y emotivos de la actriz.
El toque de humor lo da el buen desempeño de Claudia Pisanú, la criada que es nominada "como de la familia", pero carga con todas las exigencias domésticas. Es ese personaje que se pone como observadora y mira con objetividad lo que sucede en la casa.
Finalmente, y en un trabajo excepcional, están Ligia Piro y Magela Zanotta, dos jóvenes actrices muy prometedoras si aceptan el crecimiento y desarrollo artísticos que sólo puede dar la experiencia escénica. La composición de esas dos niñas-relatoras es de una valiosa riqueza expresiva.
En ellas se conjugan el humor, la ternura, la ingenuidad y la inocencia, y se complementan con sus compañeras para lograr un espectáculo que despierta con total legitimidad la emoción de ese espectador que puede llegar a sensibilizarse al encontrar personajes reconocibles.




