Encuentros breves con hombres repulsivos: relatos feroces en manos de actores enormes

Jazmín Carbonell
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13 de septiembre de 2019  

Fuente: LA NACION

Libro: David Foster Wallace / Versión y dirección: Daniel Veronese / Intérpretes: Marcelo Subiotto y Luis Ziembrowski / Teatro: Cultural San Martín / Funciones: domingos, a las 17 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Cómo despojar una escena teatral, cómo sacarle todo subrayado, cómo desnudar el artificio escénico y volverlo hoja en blanco, esos interrogantes y búsquedas parecen ser el punto de partida para esta puesta a la que se denominó Experiencia II porque hay otra, La persona deprimida (ver nota aparte), y se sumará una tercera en octubre, que cruza la literatura y el teatro, pero con una premisa: no buscar la empatía, o incluso rechazar ese sentimiento de espanto de estar frente a dos seres juzgables, sino poder observarlos y recorrerlos. Si para la escena porteña este tiempo se volvió potente y reflexivo si del lugar de la mujer en nuestra sociedad se trata, este texto, publicado en 1999, delata y advierte cómo el patriarcado y el machismo están instalados en prácticas tan comunes, ordinarias y cotidianas que difícilmente alguien pueda sentirse del todo excluido. Y no tardan en llegar entonces esas risas incómodas de la verdad desplegada.

Uno de los directores más importantes de la escena, Daniel Veronese, versionó textos del tan polémico como en boga escritor David Foster Wallace, norteamericano que hace once años murió prematuramente. Veronese en su estado más auténtico, ese director que sabe incomodar, que busca zonas inciertas para encontrar algo diferente, para que del hecho teatral emerjan inquietudes.

Una escena totalmente en blanco, a completar frente a una platea que también puede reescribirse, si está dispuesta, unos hombres vestidos de negro y unos papeles que se notará deliberadamente son los textos que ellos van a decir, enunciar. Así decidió Veronese plantear esa escena, limpia, casi pura, para llenarla, o más bien para despojarla, y a partir de ese vacío construir verdad en esos cuerpos. Claro, cuenta con un equipo de lujo, Luis Ziembrowski y Marcelo Subiotto logran como pocos darles espesura, tridimensionalidad a unas palabras escritas. Encarnan seres diversos a lo largo de la pieza, seres despreciables todos, juzgables todos. Buscar ese casi abusivo acuerdo con la platea sobre estos hombres sería mucho; alcanza con exponerlos, con mostrarlos. Ambos hombres llegan y antes de entrar a ese espacio casi sagrado que representa la escena se sacan los zapatos. Las impurezas afuera. Adentro, casi una decena de pequeños relatos que desnudan experiencias tan comunes que vistas así, limpias y evidentes, se vuelven, por ser tan reconocibles, feroces.

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