
Encuentros mágicos en un universo onírico
Despierto / Texto y dirección: Ignacio Sánchez Mestre / Intérpretes: Juan Barberini, Iair Said, Violeta Urtizberea / Vestuario: Mariel Fernández / Iluminación: Brenda Bianco, Verónica Lanza / Escenografía: Laura Copertino / Realización de muñecos: Jorge Rañi / Música: Juan Ingaramo / Asistencia de dirección: Mariana Sanguinetti / Producción: María La Greca / Funciones: viernes, a las 23 / Sala: teatro Beckett, Guardia Vieja 3556 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: buena.
"Hay dos sueños. Uno es el de las ganas de dormir, que es el mismo que nos hace bostezar y cerrar los ojos. Y el otro es el que se produce durmiendo, el de las historias que uno imagina mientras duerme. Puede pasar cualquier cosa en un sueño. Todo está permitido", le explica Jota a Esteban en Despierto. Jota (Juan Barberini) es un chico joven y Esteban (Iair Said), un oso. Y, a pesar de sus enormes diferencias en todo lo que desean, sueñan y piensan, Jota y Esteban forjaron una amistad. Posiblemente porque, dondequiera que estén, estaban bastante solos antes de conocerse. El entrañable vínculo entre ambos da pie a la tercera obra escrita y dirigida por Ignacio Sánchez Mestre, dramaturgo y director sanjuanino que, a esta altura, ya dejó de ser una promesa del teatro independiente porteño. Con el objetivo de contar una historia de corte fantástico -un camino que ya había empezado a explorar en su trabajo inmediatamente anterior-, Sánchez Mestre se aferró a un recurso clásico pero efectivo si se lo maneja con esmero: jugar con la idea de sueño y vigilia. Es difícil detectar con precisión si los sucesos que cuenta Despierto transcurren en la imaginación o en los sueños de alguno de los personajes (¿los del oso Esteban, tal vez?), pero tampoco importa demasiado dar con su narrador implícito. Lo que hay a mano para disfrutar del relato es una historia chiquita de encuentros mágicos, apoyada en un conjunto de buenas actuaciones que se completa con la aparición de una exploradora mexicana (Violeta Urtizberea) que llega para salvar a Jota de su soledad y su nostalgia por el contacto humano que perdió en algún momento.
En Despierto, Sánchez Mestre repite algunas fórmulas de sus trabajos anteriores que permiten, a esta altura, hablar de ciertos rasgos de autor. Lo que salta a la vista primero es su predilección por los actores de la factoría Nora Moseinco (ya trabajó con Inés Efron, Paula Grinszpan, Martín Piroyansky, Urtizberea y Said, entre otros). No es una elección casual: es la escuela de actuación en la que él mismo se formó y su predilección se asienta en la idea del lenguaje común que le es posible establecer con sus intérpretes; una especie de puente comunicacional que construye con ellos por conocer las reglas de ese universo interpretativo desde la palabra y desde el cuerpo. Pero la decisión también tiene implicancias estéticas: los actores de sus puestas hacen uso de una libertad absoluta para jugar con las formas, por fuera de la actuación realista o mimética. Para el camino que parece estar probando en sus puestas, optar por ellos resulta un acierto.
Es verdad que a su tercera obra podría pedírsele un mayor desarrollo en la dramaturgia. Por ejemplo, que alguna peripecia más sacudiera ese pequeño mundo que creó y que tan bien funciona en algunas escenas. Pero lo que hay no es poco: una comedia bien construida y bien interpretada, un ladrillo más en la carrera de un artista que está desarrollando un mundo propio.







