
Escenografía y arquitectura son hermanas
En el verano de 1964, en vísperas del estreno de El reñidero , de Sergio de Cecco, la revista Primera Plana me confió una nota previa. La obra se estrenaría, dirigida por Santangelo y protagonizada por Sergio Renán, en el teatro al aire libre del Jardín Botánico, dependiente de la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. A cargo de los teatros de verano estaba la Dirección de Festejos y Ornamentaciones, cuyo titular era el arquitecto Guillermo Linares, junto con quien trabajaba su colega, el escenógrafo Luis Diego Pedreira. Cuando entrevisté a Pedreira en su estudio, lo encontré trazando innumerables líneas sobre una planta de la escenografía de El reñidero . Me explicó: "Trato de asegurarme de que cada espectador, no importa qué localidad ocupe, tenga una visión total del escenario". Tal vez porque ese decorado representaba el patio de una casa porteña en 1890, pude por primera vez entender hasta qué punto la labor del escenógrafo y la del arquitecto están emparentadas; más aún, hermanadas.
Hace poco, leyendo un libro de Sacheverel Sitwell sobre arquitectos y artesanos británicos entre los siglos XVI y XVIII, esa noción se me amplió notablemente. No sólo Iñigo Jones diseñó el famoso Salón de Banquetes, única parte concluida del palacio de Whitehall, en Londres (techo pintado por Rubens; en su terraza fue decapitado el rey Carlos I), y la Casa de la Reina, en Greenwich, sino que fue el diseñador de decorados y vestuarios para las "mascaradas" con que se entretenían Jacobo I y su mujer, Ana de Dinamarca, cuyos libretos escribía habitualmente Ben Jonson. Hasta el austero sir Christopher Wren, autor de la catedral londinense de San Pablo, no desdeñaba realizar escenografías para el teatro y la ópera, lo mismo que, a fines del siglo XVIII, su colega Robert Adams, a quien se debe uno de los más elegantes y refinados estilos ingleses de decoración. Y Richard Sheridan, autor de la inmortal Escuela del escándalo (verdadero antecedente de Oscar Wilde), fue originalmente arquitecto y pintor de telones. Del otro lado de La Mancha, el italiano Servandoni llevó por primera vez de su patria a París las escenografías corpóreas, en tiempos de Luis XV; es también el autor de la monumental iglesia de Saint-Sulpice. Y no olvidemos que en el siglo XIX, Luis II de Baviera confió el diseño de sus palacios de fantasía a los escenógrafos del teatro real de Munich.
En nuestro medio, después de Pedreira y otro gran maestro, Gastón Breyer, ambos fallecidos, trabajan como escenógrafos varios arquitectos de calificada actividad: Tito Egurza, Alberto Negrín, Emilio Basaldúa, entre otros continuadores de una significativa tradición.






