
Fallida adaptación escénica
"Dr. Jekyll", versión libre de "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde", de Robert Stevenson. Con Carlos Echeverría, Marcelo Griess, Martín Borisenko, Natalia Masseroni, Guillermo Chinetti y Zulema Caldas. Escenografía: Luis Pereiro. Vestuario: Mercedes Colombo. Adaptación y dramaturgia: Pablo Silva. Sala El Vitral, funciones los sábados y domingos, a las 21.
Nuestra opinión: regular.
Nueva versión de "Dr. Jekyll y Mr. Hyde" esta vez con el título de "Dr. Jekyll". En este caso, con adaptación y dirección de Pablo Silva, el mismo que hace años montó "Luca vive" y "El kaso Dora" (sic). En esta oportunidad, Silva intenta abordar de un modo novedoso la genial obra de Robert Louis Stevenson. En esa magnífica novela, el autor dejaba en claro que en nuestro interior Eros y Tánatos entablaban una constante lucha constitutiva del ser humano. En definitiva, una tesis muy cercana a lo que Sigmund Freud planteó años después sobre la dualidad consciente-inconsciente.
Pero en esta puesta, esas dos fuerzas en lucha (como las alusiones a versiones cinematográficas también basadas en la novela de Stevenson) quedan desdibujadas. Por momentos, algunos personajes transitan la línea del teatro "clase z" (o a lo que se llama "estética bizarra"), pero esa atractiva visión no está profundizada del todo. Ayuda a reparar en esa posibilidad una escenografía del tipo de cartón pintado con puertas que, al cerrarse, mueven todo el decorado como en algunos viejos programas de televisión. Pero si en esos casos el efecto funcionaba, acá queda a mitad de camino. Hay motivos para pensar que este "Dr. Jekyll" podría relacionarse con aquellos montajes que durante la década del 80 se presentaban en sucuchos como el Parakultural. Sin embargo, también se queda a mitad de camino en ese aspecto, porque al espectáculo le falta el delirio que tenían esos trabajos de construcción colectiva.
En la función para periodistas e invitados que tuvo lugar anteanoche, muchos espectadores se rieron en algunos pasajes de la obra, pero no quedó claro si ésa era la reacción buscada por los artistas. Ese desconcierto probablemente delate la carencia de un código que defina el trabajo y lo sostenga en su totalidad. Y esa falta de un signo propio aparece en cada uno de los actores de esta versión libre.
Como dramaturgista de esta trama, Pablo Silva quiso aportar lo suyo a la novela escrita en 1886, modificando algunos aspectos de la obra. Eso de ninguna manera es reprochable, pero sí el hecho de que haya optado por un subrayado casi inocente. Como, por ejemplo, remarcar que todos somos Jekyll y Hyde y que, detrás de nuestra apariencia de seres correctos, se encuentran mundos oscuros y lujuriosos al acecho.
Además de los problemas señalados, la dirección no logra resolver el que plantea el complicado escenario del teatro El Vitral, que no cuenta con suficiente lugar para la entrada y la salida de los intérpretes. Quizá por eso, el espacio central se convierte alternativamente (y de manera bastante confusa) en living de unos o de otros, o en la calle londinense donde vive el señor Hyde cuando se deja llevar por sus más oscuros instintos.
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