
Fernando Peña, entre el juego y la locura, en una de sus mejores obras
Encontró al perfecto partenaire en Javier de Nevares
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La oscuridad es música. Textos y dirección: Fernando Peña. Con: Fernando Peña y Javier de Nevares. Vestuario: María Mauricio. Maquillaje: Román Bongioanni. Puesta y operación de luces: Horacio Piñeyro. Escenografía: Maik Daly. Diseño de sonido y stage manager: Matías Luciani. En el Margarita Xirgu (Chacabuco 875). Sábados, a las 21.30. Duración: 100 minutos.
Nuestra opinión: buena
El teatro y el psicoanálisis son los dos mundos que Fernando Peña se anima a cuestionar en su nueva experiencia. La oscuridad es música juega a la representación dentro de la representación. En el primer plano, el teatral, se observa a una paciente y su psicoanalista tratando de desentrañar el oscuro mundo familiar de la mujer. En el segundo plano, el psicoanalítico, médico y paciente se esforzarán por asumir sus roles en plenitud, hasta que la verdad, que aflora, los descubre y nada de lo que ha acontecido parece real, aunque lo sea.
La oscuridad es música es un drama -sumamente caótico, por momentos- en el que los personajes parecerían vibrar más allá de una historia, una trama, una situación, una acción. Nada les importa. Ellos necesitan mostrarse, ser, tomar identidad. No les interesa tampoco el tiempo que están en escena; por el contrario, disfrutan encendidamente de exponer sus cualidades próximas a la locura. Y cuanto más desenfado carguen, más rico se torna el espectáculo.
Para Fernando Peña -y lo viene demostrando en sus distintas experiencias- el teatro es tal, en tanto haya unos seres dislocados dispuestos a provocar una emoción particular. Y la comicidad no está ausente en ese proceso. Y como actor y personajes van de la mano, el intérprete recrea a sus criaturas con mucha seguridad, mucha versatilidad y un dejo de humanidad que siempre sabe tener en cuenta. El espectador queda encantado con esos seres y el efecto es loable.
Aquí compone a tres criaturas muy diferentes -una hija, su madre y el padre- y lo hace desdoblándose en una inmediatez a veces asombrosa. Resulta muy fácil observar desde dónde compone esos personajes: a partir de una postura corporal (el padre), desde la voz (la madre), o la utilización de objetos, como una peluca y unos zapatos (la hija). Sus procesos son diferentes, pero siempre muy efectivos.
Juego intenso
A su lado, Javier de Nevares resulta el partenaire ideal. El actor sabe adaptarse a ese juego, por momentos enloquecido, que le propone Peña y sale airoso y se recupera, y vuelve a jugar con mucha intensidad.
En La oscuridad es música, el mundo Peña asoma en plenitud: hay mucha ruptura, juego, verdad, mentira, sarcasmo, reflexión y negación de esa reflexión En fin. El público que colma la sala del Margarita Xirgu se lo agradece.






