
Hedwig: una desbocada y empoderada cantante glam-rock trans que irrumpe en el Abasto
Un musical de culto estrenado hace casi 30 años arma su propia fiesta en la que la desbordante actuación de Nacho Pérez Cortés ocupa un lugar central
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Sobre la calle Anchorena al 300, en esa zona en la que el Abasto no está influenciado por la pretensión palermitana que todo lo iguala, está ubicada la sala Maquinal que lleva cinco temporadas en actividad en esa zona lindante con el Konex. Los jueves a la noche el espacio está “montado” para evocar y presenciar a Hedwig Robinson, la desbordada performer y cantante de rock transgénero que llegará al escenario como si fuera una versión de Tina Turner en una noche de furia catártica.
Llegado a este punto de la crónica las aguas se dividen. Estarán aquellos que con solamente evocar el nombre de Hedwig sabrán que estas líneas van sobre la nueva versión de Hedwig y la pulgada furiosa, la ópera rock escrita por John Cameron Mitchell y música de Stephen Trask. Pero, claro, siempre hay otros públicos, aunque se trate de un clásico (o un clásico dentro de la imprecisa categoría de aquello que se transforma en un objeto de culto).
La desbordante y arrasadora Hedwig es una cantante transexual nacida en Berlín del Este en tiempos de su tristemente famoso muro. Por amor a un soldado un tanto confundido con su apariencia de mujer se realiza una operación para cambiarse el sexo con dudosos resultados. El sujeto en cuestión se la lleva a Estados Unidos para vivir el sueño americano, pero termina abandonándola en Kansas. En medio de esta pesadilla conoce a Tommy Gnosis, un joven músico de rock que le roba sus canciones que, para colmo, se hace famoso.
En la versión del Abasto profundo, Hedwig junto a su banda La Pulgada Furiosa y Yitzhak, su corista y su esposo, llegan a Buenos Aires. Nada sale como estaba previsto: al mismo tiempo se presenta Tommy. El famoso mundial frente a la mundialmente desconocida.
La obra se estrenó en 1997. Al poco tiempo pasó a un teatrito de Manhattan en donde cosechó fanáticos de peso (de Lou Reed a David Bowie). Devino en un objeto de culto que sumó seguidores en tiempos en los que no existían las redes sociales del mundillo del rock, del círculo drag y queer y entre fanáticos de la comedia musical.
Llegó al cine de la mano de su creador. El film fue premiado en los diversos festivales y se estrenó en Buenos Aires en 2002. Ya en aquel momento para muchos esta historia sobre la ambigüedad sexual con aires del glam-rock de los 70 les hizo recordar a The Rocky Horror Picture Show. En 2009 tuvo su versión teatral local protagonizada por Germán Tripel y Florencia Otero. Se presentó en el Roxy Live, de Niceto Vega. Al poco tiempo, Tripel, que venía de ser parte de Rent, ganó el premio ACE como revelación masculina por ese papel. Con su banda furiosa, Hedwig desembarcó luego en el Teatro Metropolitan.
A tantos años de aquello, mientras los grandes teatros de la avenida Corrientes rescatan títulos de películas famosas, a la sala del Abasto llegó Hedwig con sus medias can can, sus escotes, sus tacones, su melena y su lucha por la aceptación, por triunfar en lo suyo, por tener alguien que la ame. Cuenta con adaptación de Julio Panno y Rocío Noziglia, dirección de estilismo de Franco Kuma La Pietra y dirección general del mismo Panno. Nacho Pérez Cortés (The Rocky Horror Show, Priscilla, la reina del desierto, Sandro, el gran show o Cuando Frank conoció a Carlitos) es Hedwig. Gastón Urtubey, Yitzhak. Todos ellos son parte constitutiva de esta fiesta rockera que copa los jueves la noche de Maquinal en esta propuesta que se presenta como una experiencia inmersiva (signo de los tiempos y sus modas).
Ya al ingresar a la sala, el universo Hedwig se apodera de la barra y del look de sus camareras en medio de un gran espacio copado por instalaciones lúdicas que remiten a la trama. Varios de los asistentes del jueves pasado acudieron a esta especie de misa drag conociendo de memoria sus canciones. De hecho, en la página en la que se adquieren las entradas propone al futuro espectador: “Peinate para el escándalo”.
En la sala conviven adultos mayores y algunos sub-30. En unos y otros se percibe que desean ser parte de esta fiesta en la que Hedwig provoca e invita a la participación del público. Hasta hay un momento karaoke. Con ciertos desajustes, la versión intenta trazar un puente entre la capital germana en tiempos del Muro de Berlín y Buenos Aires de la actualidad. Como si fuera una cita a la trasnoche de los reductos de la calle Anchorena, pero del otro lado de la avenida Córdoba, Hedwig dispara algunos comentarios sobre la política actual o repara en una serie de escándalos que llegaron a los programas de chimento. El recurso, por momentos, funciona.
El trabajo de Nacho Pérez Cortés es de una entrega absoluta. No le pierde pisada a esta diva montada sobre unos tacones lejanos de varios centímetros que se mueve poseída por el más furioso punk. Su dominio del escenario, el manejo de su cuerpo y de su voz, el nivel de entrega y profesionalismo son clave en todo esto. Junto a él, Gastón Urtubey realiza un muy buen trabajo en un rol con menos exposición.
En esta Hedwig todo viene acompañado por un diseño de arte acorde con la desmesura del personaje central. La banda en vivo dirigida por Fer Tropini ofrece un desempeño sólido, aunque ninguno de sus integrantes, vestidos para la ocasión, llega a tener una presencia escénica propia que se sume al juego. Por momentos, el código de la desmesura y la cantidad de carga informativa dificulta conectarse con la historia profunda de esta Hedwig en tiempos en los que la comunidad trans sigue siendo víctima de una discriminación estructural. Desde otra perspectiva, tratándose de un montaje del circuito alternativo Hedwig and the Angry Inch tiene un nivel de cuidado en la producción francamente notable que el público agradece. La fiesta continuará en la barra con música adecuada y el universo drag copando la parada.
Si la intención de esta propuesta es acercar esta historia de la indomable Hedwig en tiempos de la Guerra Fría tal vez a un espectador más joven la historia en sí misma y sus referencias de época les resulten un tanto lejanas. El desafío de recuperar esta historia excede al mapa local. El año pasado, en Londres, hubo otra versión a cargo de un cantante filipino-australiano no binario. La crónica de aquello publicada en el diario The Guardian comienza de este modo: “Los espectáculos de culto nunca mueren; simplemente renacen en el momento que ellos mismos eligen. El musical de rock transgénero Hedwig and the Angry Inch regresa en lo que parece ser el momento perfecto, justo cuando la historia da un giro y las personas trans de todo el mundo se ven amenazadas con la violencia y la invisibilización. Un desafío vívido y electrizante a la intolerancia y el odio, Hedwig parece más necesario que nunca”.
De ser así, bienvenida Hedwig y toda sus bandas.
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