Ibsen, el constructor
En este año en que se conmemora el centenario de la muerte de Ibsen (nacido en 1828 en la pequeña ciudad pesquera de Skien y fallecido en Cristianía -antiguo nombre de Oslo, capital de Noruega- en 1906), la prensa europea le dedica numerosos artículos y ediciones especiales. En el Times Literary Supplement del pasado 4 de agosto, Paul Binding demuestra la estrecha relación entre Solness, el constructor (1892, la primera obra escrita por el dramaturgo al regresar a su patria tras veintisiete años de exilio voluntario), y la novela del inglés Thomas Hardy (1840-1928), Jude, el oscuro .
Lo que a esta columna le importa es la referencia a la pasión de Ibsen por la arquitectura, una faceta no muy conocida de su vasta gama de intereses culturales y sociales. La arquitectura es, precisamente, la disciplina que vincula esos dos aspectos de la vida humana: un edificio, una casa, es no sólo una construcción al abrigo de la cual los hombres se dedican a sus actividades y se cobijan, sino también una expresión de su ingenio para conciliar practicidad con belleza.
Así, cuando uno de sus grandes amigos, el pintor y escritor Eric Werenskiold, le preguntó a Ibsen si le interesaba la arquitectura, la respuesta fue: "¡Sí! Es mi propio oficio". Quería decir que sus obras de teatro eran también construcciones armadas con un criterio estructural muy prolijo y sólido. Y el mejor ejemplo de ello es Solness , donde también se evidencia el profundo conocimiento que el autor tenía de esa profesión, y el paralelo que le gustaba establecer entre ella y su propia obra. A los treinta años, en 1858, al recibir el primer ejemplar de su libro de versos, escribió un poema humorístico que tituló Planos para construir . En él anticipa la poderosa imaginería de Solness , treinta y cuatro años después.
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Solness es lo que aquí se llama (o se llamaba, años atrás) un maestro mayor de obras. No tiene el título de arquitecto, ni lo pretende. La solidez de sus edificios le ha valido, sin embargo, adquirir un gran prestigio, de modo que su ciudad le encarga la construcción de una altísima torre para la iglesia, que ha de ser la culminación de su carrera. El personaje ha sido un astuto hombre de negocios, audaz e inescrupuloso: supo aprovecharse de las debilidades ajenas; trata con desdén y tiene como empleado a su antiguo patrón, un arquitecto diplomado; su matrimonio es un fracaso; sus dos hijos murieron pequeños en un incendio y, cercano ya a la vejez, se ha enamorado de una mujer mucho más joven, que trabaja en su estudio, Hilde Wangel, que lo idolatra y a la que dedica esa última obra: la torre de la iglesia. Los chismosos de Cristianía acotaban que esta situación teatral reflejaba la vivida por Ibsen en la realidad con dos mujeres jóvenes: la pianista Hildur Andersen (nótese la semejanza con el nombre de Hilde) y una burguesa elegante, Florence Henniker. Con ambas solía vérselo a menudo en conciertos y galerías de arte (la pintura era su otra pasión), y rara vez con su propia esposa, que mantenía la calma frente a las travesuras de su ya anciano marido.
El comentario de Binding subraya el trasfondo religioso -una austera piedad luterana- que acompañó la infancia de Solness (tan dura como la de Ibsen mismo), y el desafío que el maestro mayor se dispone a lanzar a Dios desde lo alto de la torre de la iglesia: "Oyeme, Todopoderoso: desde hoy seré libre, un constructor libre en su propio terreno, como Tú en el tuyo. Nunca más construiré iglesias para Ti. Tan sólo casas para la gente". Era costumbre en Noruega que, finalizada la obra, el constructor de un edificio ascendiese a la cumbre de éste y depositase allí una corona de laureles. Pese a sufrir de vértigo, Solness se empeña, alentado por Hilde, su joven admiradora, en cumplir con el rito; se marea, cae y muere.
Solness contiene, afirma Binding, mucho más de Ibsen y de su vida que cualquiera de sus otros dramas: es un correlato de sus experiencias y su situación en el mundo, incluso sus románticas amistades con mujeres jóvenes y el cansancio de su matrimonio. Un dato curioso es que, enterado por carta de su hermana Hedvig de la reconstrucción de la ciudad natal de ambos, Skien, devastada por un incendio, Ibsen le contestó manifestando su entusiasmo por la novedad del momento: el art nouveau .
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