Indispensables bufones
Es probable que en el grupo de habitantes de las cavernas, seres desprendidos del tronco común con los simios y que comenzaban a ser humanos, existiera ya, además del muralista encargado de propiciar con sus pinturas a los manes de la caza, el payaso que divertía a los demás con sus ocurrencias y sus imitaciones. Todas las sociedades han manifestado, de diversas maneras, su necesidad de equilibrar las cargas, criticando a los poderosos y señalándoles abusos y ridiculeces, a riesgo de recibir, en aquellos tiempos, un garrotazo. O algo peor, como atestigua la historia del infeliz Rigoletto.
Porque siempre que la sociedad consagra una función simbólica aparece el especialista. Historiadores y cronistas de la antigua Roma (Tácito, Suetonio, Marcial) señalan la importancia de mimos, actores y bailarines que aludían en sus espectáculos a los hechos de actualidad, convirtiéndose en mensajeros de lo que luego se llamaría opinión pública. Es decir, el estado de ánimo popular, que los gobernantes aprenderían lentamente a tomar en cuenta, tanto en Occidente como en Oriente (basta con leer "Las mil y una noches").
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Una encarnación muy particular de esa figura fue el bufón del rey. En inglés se lo llama "jester" (bromista), o "fool" (loco). En Shakespeare abundan los bufones. Desde el jovial Touchstone de "Como gustéis" hasta el sombrío y cáustico compañero de desdichas del rey Lear, sin olvidar la tierna elegía entonada por Hamlet frente a la calavera de Yorick. Suele ocurrir que los nombres de los bufones sean más y mejor recordados que los de sus amos. Sometidos a los cambios de humor de éstos, alojados en los caniles del palacio, o encumbrados hasta las cimas de la nobleza (la reina Enriqueta María de Inglaterra, esposa de Carlos I, hizo "sir" a su insoportable enano favorito, odiado por todos los cortesanos), inmortalizados por Velázquez en telas famosas, los bufones han cumplido en la Historia, con mayúscula, una importantísima función catártica. En uno de sus films, Woody Allen, en el papel del último bufón de la Edad Media, advertía: "Apurémonos a hacer el amor hoy, porque mañana empezará el Renacimiento y nos pondremos todos a pintar".
En la edad democrática, este papel, dignificado, recae en actores cómicos cuyo carisma e ingenio los autorizan a asumir una tarea no siempre grata. Aunque, evidentemente, se divierten con sus ocurrencias y transmiten la diversión al público, que sigue delegando en ellos la autoridad implícita de catalizar el sentimiento popular. Y no es casual que se trate de cómicos: la risa es un ácido corrosivo infinitamente más letal que cualquier recurso al patetismo, la retórica o las argumentaciones legales. Con el disfraz del payaso (Pepino el 88, creación inmortal de Pepe Podestá), la máscara del ciudadano común ( Pepe Arias), o el frac, el flequillo y los anteojos de Tato Bores -igualmente inmortales, ambos-, los argentinos hemos tenido, a través de las vicisitudes de un siglo y pico, dignos representantes de ese género, en modo alguno menor, ni frívolo, aunque se disimule bajo las lentejuelas y las plumas de la revista.
Hoy y aquí, le toca a Enrique Pinti ser el bufón del rey. Dicho sea con el mayor respeto a su talento excepcional, y sin la menor intención peyorativa. Y no es -se reitera- una tarea grata, ni sencilla. Como en todas las épocas, en el fondo de esa profesión hay no sólo protesta, sino también dolor y tristeza. Pero es mejor enfrentar al destino con humor y ejercitar la autocrítica que caer en ese sentimiento bastardo, la autocompasión.






