
Inteligente, emotivo y bello
Eran tres alpinos / Autor: Julio Ordano / Intérpretes: Pablo Alarcón, Roly Serrano y Alvaro Ruiz / Escenografía y vestuario: René Diviu / Iluminación: Roberto Traferri / Diseño de maquillaje: Sabrina Lopez Hovannessian / Asistencia de dirección: Federico Rimau / Dirección: Julio Ordano / Sala: El Tinglado, Mario Bravo 948 / Funciones: lunes, a las 21 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena
Una estación al filo de la medianoche. Dos linyeras esperan un tren que llegará en algún momento. Todo está teñido de una llamativa atmósfera azulada. Bobom (Serrano) permanece quieto, sentado en un banco. Russo (Alarcón) es más movedizo, no deja de caminar cerca de su compañero como para ahuyentar al frío que los envuelve. El primero cuenta historias dulces y entrañables. El otro lo escucha, con agrado e interés a pesar de que se infiere del diálogo que las conoce de memoria. Aporta, a su vez, comentarios irónicos para torear un poco a su amigo. Hay confianza y cariño entre estos dos hombres que se acompañan, se conocen y se cuidan, como un matrimonio de afecto añejo. Sus diálogos sólo tienen lógica en ese mundo íntimo que comparten.
Nada es lo que parece en este ámbito imaginado por Ordano y tan bien cristalizado en la puesta en escena que él mismo realizó. En primer lugar Russo y Bobom no son Vladimir y Estragón, aunque en un principio den la impresión de que lo serán. El humor que surge de la interacción de ambos no lo hace del absurdo como en Esperando a Godot, sino de la inocencia que irradian sus acciones. No hay pesimismo en estos seres de afuera del sistema, como el que irradia la obra de Becket. Aquí hay una suerte de alegre sabiduría franciscana que acepta lo irremediable. La labor de Alarcón y Serrano para poner en carne las características de sus personajes es encantadora.
Al micromundo que comparten estos hombres llega un joven, de la misma condición que ellos, que sólo quiere ser amable. "El perro ladra porque teme", dice en un momento este individuo al que interpreta con muy buen oficio Álvaro Ruiz. Y Russo se esmera en ladrarle con fuerza al supuesto intruso. Bobom es quien hará notar a su amigo su innecesaria actitud. El conflicto es ahora la lucha del nuevo integrante para conseguir que el dúo del principio le permita permanecer en su mundo.
La utilización de la cuarta pared como un espacio en el que se encuentran las vías y en la lejanía la ciudad y quienes la habitan, como en una dimensión diferente a la que pertenecen los protagonistas de esta obra, es un acierto que le da dinamismo al juego escénico, además de remarcar lo simbólico referente a su situación de exclusión.
La diferenciación de situaciones gracias a los cambios de iluminación está bien lograda. El despliegue de una escenografía mínima, pero adecuadamente significativa resulta altamente funcional.
Lo que prima en esta propuesta de Ordano es la posibilidad de múltiples interpretaciones para cada elemento. La ambigüedad es lo que reina en todo su desarrollo. Salvo en el placer que brinda un espectáculo inteligante, elegante, emotivo y bello.



