
La fuerza de las pasiones
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"Panorama desde el puente" , de Arthur Miller, en versión de Fernando Masllorens y Federico González del Pino. Intérpretes: Arturo Puig, Elena Tasisto, Claudio Quinteros, Carolina Fal, Valeria Vanini, Aldo Braga, Diego Starosta, Alejandro Zanga, Carlos Falcone, Fabián Arenillas, Adrián Batista, Montenegro, Fabián Bril, María Umpierrez y Héctor Nogués. Colaboración artística: Alejandro Tantanian. Música: Oscar Strasnoy. Iluminación: Gonzalo Córdova. Vestuario: Julio Suárez. Escenografía: Oria Puppo. Dirección: Luciano Suardi. Duración: 119 minutos. En el Teatro San Martín.
Nuestra opinión: muy bueno
Dentro del realismo social en el que se encuadra el teatro de Arthur Miller, es probablemente "Panorama desde el puente" donde adquieren mayor relevancia las pasiones humanas, sin que quede relegado el drama de los inmigrantes ilegales sobre los que recae la amenaza de los funcionarios de inmigración y el riesgo de la extradición.
No sólo se trata de la tragedia de los inmigrantes ilegales, que en la actualidad sigue teniendo más vigencia que nunca, sino de las relaciones de éstos entre sí, de su condición de ciudadanos de segunda categoría, casi clandestinos, que afectan su conducta familiar, sus afectos, su sentido ético y aumentan los temores.
Todo esto rodea a Eddie Carbone, un estibador italoamericano que acepta resignado su destino, conformándose con un hogar sencillo, un reducido grupo de amigos y la seguridad de un trabajo que no siempre es estable.
La rutina diaria se ve alterada cuando se anuncia el arribo clandestino de dos primos italianos que llegan a Brooklyn para encontrar un trabajo que les permitirá subsistir dignamente. Perseguidos por el desempleo y el hambre, los dos hombres vienen guiados por la esperanza de una tierra próspera que mitigue una situación de privaciones. Destino que pierde brillo cuando Eddie plantea la cruda realidad que representa ser un ilegal que corre el riesgo de ser delatado.
Este es el entorno social sobre el cual Miller instala la pasión. Eddie y su esposa han acogido desde su infancia a Catherine, una sobrina de ella, relación familiar que él se toma a pecho en cuanto a su cuidado y su educación. Pero ya superada la adolescencia, la joven empieza a despertar en Eddie otros sentimientos que se enturbian con los celos.
Uno de los recién llegados, Rodolpho, representa para la joven su primer contacto con alguien que despierta sus impulsos amorosos.
Y ahí empieza el conflicto que va a tener derivaciones graves, porque involucra el honor de un hombre que siempre mantuvo la bandera de los valores en alto y que ahora sufre la humillación de enfrentarse, por su egoísmo y su afán de venganza, a la deshonra y el desprecio de todo su entorno, por lo que un final trágico se le hace indispensable.
El peso de la actuación
Hasta aquí el drama de Miller que, con la puesta de Luciano Suardi, demuestra tener una gran vigencia.
Fundamentalmente, el peso de la obra recae en la interpretación, y en este sentido es muy logrado el trabajo de Arturo Puig, en el papel de Eddie, al que confiere contundencia en los cambios de actitud y va elaborando con precisión y ajustadamente los tiempos del juego pasional hasta su estallido.
Algo similar realiza Elena Tasisto en el papel de la esposa, que acierta en la composición de la mujer dócil pero no sumisa, manejando acertadamente los instantes en que deja traslucir una sombra de sospecha sobre los sentimientos de su esposo.
Carolina Fal, por su parte, convincente en el papel de la sobrina, aporta la cuota de sensualidad juvenil, aunque abusa de las demostraciones cariñosas, percibiéndose por momentos cierta falta de autenticidad en el afecto.
Así como Claudio Quinteros refirma en esta obra sus óptimas condiciones para encarar cualquier tipo de desafío, Alejandro Zanga no logra definir las características de su personaje, un hombre simple y hosco, pero con una fuerza dramática que no se ve en escena.
El narrador de la pieza, a cargo de Aldo Braga, está marcado en una línea que no alcanza contundencia en los momentos expresivos, agravado por ciertos parlamentos en que no se llega a distinguir con claridad lo que está diciendo.
Finalmente, una elección de puesta que resulta difícil cuando se transita en dos estilos. La obra requiere un realismo que se hace necesario para la descripción del medio social. Pero en este caso se trató de no subrayar este estilo y se recurrió a una estructura simbolista de gran envergadura que, además, se maneja con pistones que suben y bajan parte de la escenografía, mientras se alterna con la instalación de utilería realista que está a cargo de los servidores de escena. Esta mezcla resulta visualmente atractiva, pero también sirve para distraer la atención del espectador.
Por su parte, el vestuario de corte realista es impecable, como también la iluminación, que se sumó a la carga de tensiones a medida que se iban desarrollando.
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