
La perversión de la idolatría
Borges , de Rodrigo García. Dirección y escenografía: Marcelo Jaureguiberry. Con Pablo Moro Rodríguez y Pedro Tissier. Producción: Juan Urraco. Asistente de dirección: Inés Ceballos. En el Teatro del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943.
Nuestra opinión: buena
En la función de estreno, hubo algunos espectadores que se retiraron enojados de la sala chica del Teatro del Pueblo. Vale aclararlo, porque aquellos admiradores de Jorge Luis Borges que quieran ir a ver esta obra pensando que es un homenaje tal vez se sientan un poco incómodos.
Es que la trama está centrada en un personaje fanático del escritor de El aleph y El libro de los seres imaginarios, que lo persigue por donde sea, lo observa, lo estudia, lo sueña, pero la personalidad distante de su ídolo lo hace enfrentarse con la indiferencia y la insensibilidad de alguien para quien su admirador es casi una mosca.
Al estrellarse con esa frialdad extrema, la devoción del muchacho se transforma en un desprecio sin límites, y su cerebro cargado de literatura se vuelve un nido de violencia en su psiquis. Es que descubrió que había ignorancia también en aquel hombre. No importa si es Borges el aludido. Esto también vale aclararlo para los que son más abiertos.
El niño rebelde Rodrigo García planteó una inteligente forma para hablar de la admiración por un ídolo y los frutos del desprecio o la negación en el cerebro humano. A este transcurrir de los extremos, el autor le yuxtapuso un carácter social a la cosa. ¿Qué lugar ocupan no sólo los grandes nombres sino la literatura en la sociedad actual? Si las grandes obras también fueron hechas por hombres. ¿En qué lugar quedó la inteligencia? A éstos se suman múltiples planteos manifiestos en una puesta provocativa de Marcelo Jaureguiberry, un talentoso argentino residente en España.
Plástica y video
Su puesta es semicircular, con una pantalla en el foro sobre la que por momentos se proyecta la imagen del actor, cuando habla enfrentado a la cámara. Esta imagen siempre es subvertida o invadida por el rostro dibujado de Borges, que cuelga del espacio escénico. A su vez, el director incorpora algunos elementos del teatro físico y hace que su intérprete principal haga circular su composición ante numerosas dificultades. Su puesta tiene una concepción plástica armoniosa, moderna y visualmente atractiva, aunque durante el transcurso de la pieza él mismo se ocupe de corromperla.
Cuenta con un actor sólido como el catalán Pablo Moro Rodríguez, que hace frente a las dificultades y pone énfasis en el decir de su texto, que no es nada fácil. Pero tal vez ese mismo énfasis atente contra los matices que podrían enriquecer a su personaje. De todas formas, cumple con gran hidalguía la difícil tarea de poner el cuerpo y la voz a la catarata de palabras que escribió Rodrigo García. Pedro Tissier acompaña bien con su voz cantada.




