
La poética de la soledad
"Siesta". Dramaturgia: Sol Lebenfisz y Deby Wachtel. Sobre textos de Adelia Prado. Dirección: Deby Wachtel. Con Paulina Rachid. Escenografía: Miguel Nigro. Vestuario: Tramando. Luces: Pehuén Stordeur. Asistente de dirección: Milagros Chan. En No Avestruz, Humboldt 1857. Los sábados, a las 19. Duración: 45 minutos.
Nuestra opinión: Bueno
No Avestruz es un sitio agradable. Es como la casa de alguien. Más aún se vuelve la casa de alguien cuando uno entra en la sala y descubre que fue modificada para esta puesta en escena. Se suprimieron algunas sillas por cómodos almohadones y puffs. Es entrar en el mundo íntimo de alguien. Obviamente, de esa chica de vestido blanco que está ahí, solita su alma, en un espacio escénico amplio, enorme, vacío... Allí sentadita, sólo arregla su vestido larguísimo con una máquina de coser de juguete. Todo comienza ahí, mientras habla, repite vocablos, al ritmo de ese artefacto.
La pasividad que tienen el ámbito y el personaje remite al título de la pieza. Esta mujer de semblante melancólico, pero con un gesto de ingenua alegría y conformidad, abre sus pensamientos y su intimidad para desmenuzar su mundo sencillísimo.
A través de un texto basado en los poemas de la brasileña Adelia Prado, el personaje explora sus sentimientos, la fantasía, la pasión y el sexo a partir de una sumatoria: el deseo más lo que podría ser, lo que es y lo que no fue.
Todo esto se logra a partir de una dramaturgia de belleza sutil que hilvanaron Sol Lebenfisz y Deby Wachtel con la traducción que Fernando Noy hizo de los poemas de la autora señalada. Tanto la actriz, Paulina Rachid, como la directora, Deby Wachtel, ya habían tomado contacto con la poesía de Adelia Prado el año pasado, cuando participaron en el ciclo "Ocho mujeres".
La textualidad y la poética de la pieza tienen una sencillez que ni siquiera roza lo vulgar. En sus reflexiones sobre su vida, esta mujer se pregunta permanentemente y se responde a sí misma en forma negativa y positiva. La directora nutrió esta poética de acciones permanentes que obligan a los textos a surgir espontáneamente. A su vez, esto hace que la actriz se sienta cómoda, liviana y segura. Pero siempre está unida con un fragmento de su vestido a la máquina de coser. Esto implica que esta mujer, que celebra tanto como se desespera y suplica, sólo se ronde a sí misma y demuestre que su mundo es mucho más pequeño de lo que podría ser.
Ella espía por la ventana a su vecino. Lo ve comiendo, se lo imagina yendo al cine y se lo construye suyo. "¡Amame, hombre extraño!", dirá. Y, al caer, replicará complaciente consigo misma: "Me desmayo de estar viva".
Tanto en estas acciones como en la poética se reflejan también la ironía, el humor y cierto costado cursi. Y sí, en definitiva, el amor es cursi.
Wachtel conoce muy bien el texto y supo bien qué quería ver a través de él. Entre las posibilidades de accionar que le brindó a la actriz está la transformación de su vestido, tal vez de su vida. La joven escribe sobre sí misma, con plasticolas de colores, aquello que le atraviesa la sien: "Quiero amor, quiero comida, quiero esclavos", "Cornudos".
Buena actriz
Paulina Rachid es una intérprete exquisita. No necesita mucho porque demuestra ser una conocedora absoluta del manejo de la sutileza, del control. También trabaja la enfatización y sabe cómo darles sentido a los silencios. Asimismo, tiene un interesante dominio físico. En cuanto a la ambientación de Miguel Nigro y el vestuario de Tramando son esenciales para los climas de este trabajo intimista.





