
La revolución es un sueño eterno
La revoluta
Dramaturgia y dirección: Diego de Miguel/ intérpretes: Fabián Andicoechea, Claudio Cogo, Edgardo Desimone, Juan Felipe Hernandorena, Niem Nitai/ iluminación: Claudio Cogo/ vestuario y escenografía: Julieta Sargentoni/ Narices: Teresa Romero/ sala: El Extranjero, Valentín Gómez 3378/ Funciones: sábados, a las 23/ duración: 65 minutos/ Nuestra opinión: muy buena

Con varios premios en su haber, la farsa platense La revoluta desembarca en el teatro alternativo porteño. Trae una visión, a la vez, pesimista y alegre de los procesos revolucionarios, de la militancia exacerbada, de una historia setentista que resuena en presente. Si bien abundan los referentes a personas y situaciones concretas de la política argentina, la pieza siempre consigue hacer una finta para eludir lo concreto y discutir lo universal de las formas de implementación del sueño revolucionario.
Un pequeño grupo de militantes "cordeleros" espera la vuelta del exiliado general López desde París. Su larga ausencia parece haberlos transformado en seres monomaniáticos que conciben cada una de sus acciones como parte de un complejo plan revolucionario. Están listos para dar el golpe definitivo: hacer andar una máquina que activaría la revolución. El espacio escénico presenta la máquina, con sus pistones, engranajes y lucecitas y el cuadro de López en el fondo. Alrededor de esto, gravitan las intrigas y desconfianzas mutuas de estos personajes rotos. La iluminación consigue enfatizar este ambiente oculto y subterráneo donde ocurren los hechos.
La revoluta es muy divertida, hace estallar la risa gorda por la reinterpretación distorsionada de la realidad que propone la farsa. Alejada de cualquier estética realista, los personajes hacen gestos ampulosos que terminan, por lo general, en el momento de máxima expresividad. Un poco a la manera del cómic, mediante ese procedimiento arman una sucesión de potentes viñetas que se detienen por un segundo y luego pasan a la siguiente. Hay un minucioso trabajo en la dirección para medir las miradas, cada gesto es parte de una compleja coreografía que de alguna forma consigue resoluciones orgánicas e imaginativas. Cuenta con una extraordinaria conjunción de actores, el grupo entiende a la perfección lo que el juego demanda. En un equipo sobresaliente, se destaca un enorme Edgardo Desimone en el papel de Graco, el triste y apasionado líder de esta pandilla. Anida en el corazón de casi todas las personas la idea de que el mundo actual es algo a mejorar. Cómo se consigue esto es espacio fértil para las polémicas. Quizá por eso mismo en algún momento estos revolucionarios cordeleros (que remiten, también, a la Revolución Francesa) se vuelven un espejo que mira e interpela. Desde sus precariedades denuncian algo trascendente y actual. Es una obra que hace reír sin dejar de disparar el pensamiento, obliga a buscar relaciones entre la puesta y la historia, pero también con el presente y el futuro. Un grupo pequeño y bien organizado puede tomar la Casa Rosada, sueñan los personajes. Quizás eso les esté vedado, pero hay que confiar en que puedan reclamar su legítimo lugar dentro de las obras más inteligentes, divertidas y singulares de la cartelera porteña.
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