
Los consejos de sir Laurence
En 1947, Laurence Olivier (1907-1989) no había recibido aún el título de sir, acababa de hacer, el año anterior, Enrique V, de Shakespeare en cine, y le llegó una carta de un admirador que le pedía consejo sobre cómo interpretar a Hamlet. De paso, también el préstamo de algún elemento de utilería que no se necesitase en el Old Vic, el tradicional teatro londinense que Olivier dirigía por entonces, con destino a un elenco de aficionados en el sur de Inglaterra.
La respuesta tal vez haya desconcertado al preguntón. "Si yo fuera usted, no escarbaría demasiado en las profundidades psicológicas. Es, sencillamente, la historia de un hombre que no podía decidirse", recomendó Olivier. Y concluyó: "Lo siento; toda mi utilería está en uso constante y no estoy en condiciones de prestarle algo para su producción".
Parece que en medio de sus numerosas tareas (dirección, interpretación, cine, teatro y radio), Olivier se tomaba tiempo para contestar personalmente la abundante correspondencia que recibía de quienes le pedían consejos y opiniones. Por primera vez -asegura el Times Literary Supplement en su edición del último 7 de marzo-, en la Missouri Review se ha publicado una selección de las respuestas del famoso intérprete, y conocemos cómo encaraba esos requerimientos. A una mujer de Auckland, en Nueva Zelanda, que le había enviado un disco con sus grabaciones de poemas, le contestó: "Su voz es dulce y encantadora, aunque muy liviana; carece de un amplio registro y, por lo tanto, se inclina a la monotonía. Resulta difícil creer que usted le otorgue importancia personal a lo que está diciendo".
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Puesto que Olivier era un erudito en todo lo relativo a Shakespeare, éste se convirtió en el tema principal de casi todas las consultas. Las respuestas eran siempre agudas y, de preferencia, breves: "Debe usted comprender que Shakespeare creaba sus figuras trágicas con un fin determinado: esculpir la estatua perfecta de un hombre. Pero al señalar una falla en la estatua, describía cómo ésta se desintegraba y terminaba destruida". A un tal J. N. Swallow, que se disponía a interpretar a Macbeth, le sugiere: "Sienta y compórtese como un hombre muy fuerte: piense en lo que quiere decir, dígalo y trate de que el público le crea". Esta última observación es menos perogrullesca de lo que parece: el público responde siempre a la convicción que el actor pone en su trabajo, y percibe de inmediato el desinterés, o la sobreactuación.
Las opiniones de Olivier sobre la técnica de interpretación son igualmente directas. A uno de sus corresponsales le dice: "Creo que lo que usted trata realmente de preguntarme es cómo actuar. Bien, todos tenemos nuestra manera personal de enfocarlo. Mi propio camino es sumamente exterior, empezando con la imagen del personaje y desde allí hacia adentro. Esto va en contra de la tendencia actual, que es exactamente la opuesta".
Cabe recordar aquí la reiterada anécdota, acaso verídica, de una conversación del actor inglés con Dustin Hoffmann, cuando ambos filmaban Maratón de la muerte , dirigidos por John Schlessinger. Olivier hacía de un dentista nazi, fugitivo, refugiado bajo nombre y papeles falsos, que somete a un sádico tratamiento, de auténtica tortura, al personaje de Hoffmann. Este comentaba cómo se preparaba para el papel, haciéndose torturar en la realidad por su propio dentista, para sentirlo de primera mano y expresarlo. A lo que Olivier parece que le preguntó, con fingida inocencia: "¿Y por qué no actúa?".
O sea, el método Stanislavsky-Strasberg, contra el criterio clásico que acaso se resume en la respuesta de otra figura cumbre del teatro inglés contemporáneo, Dame Sybil Thorndike (actuó junto a Olivier en El rey y la corista ), quien, interrogada por una periodista sobre su técnica de actuación, contestó: "Finjo, querida, finjo".





