
Los fantasmas de Aviñón
El Festival de Aviñón llega a su fin en estos días, en medio de lluvias torrenciales que perjudicaron a los espectáculos al aire libre y beneficiaron a los ofrecidos en lugares cerrados. Al igual que en casi todos los festivales teatrales del mundo (incluido el de Buenos Aires), lo que abundó y más atrajo a los espectadores fue la danza. En el famoso Patio del Palacio de los Papas, que a partir de la gestión de Jean Vilar, medio siglo atrás, se convirtió en el ámbito principal de la muestra, las modificaciones en la disposición de las gradas han reducido la capacidad, a favor de la comodidad del público. Así es, pero se descubrió que la inclinación del respaldo en las nuevas butacas no es la ideal, y que éstas rechinan demasiado. Se invertirán algunos cientos de miles más de euros en topes de caucho aplicados a las patas de las sillas y se corregirá también el sonido en un anfiteatro ubicado en lo alto de una colina, donde los actores empeñados en decir poemas lucharon en vano contra los aullidos del viento.
Al ingresar en la capilla del Lycée Saint-Joseph, en los alrededores de la ciudad, el visitante contemplaba en la penumbra del ábside, con asombro, doce rostros –seis femeninos y seis masculinos– suspendidos en el aire. Si imaginaba que otros tantos actores se asomaban por agujeros en una tela negra, se equivocaba. Porque esas caras no eran reales sino –según el creador del espectáculo, Denis Marleau– “una fantasmagoría tecnológica, un ejercicio de videomontaje”.
* * *
Para esta experiencia, Marleau aprovechó un libreto del belga Maurice Maeterlinck (1862-1949), de 1891, “Los ciegos”. Seis parejas de ciegos de nacimiento, teniéndose de las manos, se han alejado del asilo. Demasiado. Están perdidos, asustados. Tropiezan, se entrechocan, se golpean sin querer con sus bastones. El tema, como se ve, es bien flamenco, reminiscente de algún cuadro de Bosch y de algún texto de otro belga, Michel de Ghelderode. Los personajes descansan, también: se sientan en el suelo, cortan flores, las entretejen en sus peinados. Para aliviar el miedo, hablan. Mucho. Frases simples, pero tratándose de Maeterlinck (“Pélléas et Mélisande”, “El pájaro azul”) surge una misteriosa poesía, emparentada con la muy posterior de Virginia Woolf en “Al faro” (1927) y “Las olas” (1931): “Parece que el mar se agita sin razón. Yo nunca he oído a las estrellas. ¡Los hombres del faro nos verán, siempre miran hacia el mar! Tengo recuerdos que son más claros cuando no pienso en ellos”. Son recuerdos infantiles de Maeterlinck, quien de niño vivió a orillas de un canal por el que pasaban grandes barcos cuyos mástiles sobrepasaban a los árboles del jardín.
Es curioso que haya sido el autor quien justamente, en 1910, escribiera esta profecía: “Tal vez convendría alejar por completo del escenario al ser vivo. ¿El hombre será reemplazado por una sombra, una proyección, un ser que tendría los rasgos de la vida sin estar vivo?”. Marleau parecería haber tomado estas palabras al pie de la letra. Pero, según Michel Cournot, de “Le Monde”: “Toda la acción física de la pieza de Maeterlinck desaparece en la fijeza del video. Y la poesía del texto, sin llegar a ser destruida, es en parte borrada por estas imágenes prefilmadas, estas voces pregrabadas, estas máquinas. Estos ciegos tecnológicos estarían mejor en un parque de diversiones, entre el tren fantasma y el laberinto de espejos”. Pese a lo cual, reconoce que “Denis Marleau ha realizado un espectáculo bello, misterioso, que acogerían con felicidad todos los escenarios del mundo”.
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