
Mandinga en el paraíso / Dramaturgia: Las Barbas de Mandinga / Intérpretes: Alejandro Sanz, Juan Concilio, Andrés Parodi y Claudio Gallardou / Iluminación: Jorge Merzari / Vestuario: Soledad Argañaraz Raiden / Dirección: Claudio Gallardou / Sala: Centro Cultural de la Cooperación. Av. Corrientes 1543 / Funciones: domingos, 20.30 / Duración: 80 minutos / Nuestra opinión: buena
Con las más diversas fuentes se nutre la compañía de Las Barbas de Mandinga para, con registro popular, hacer un repaso singular de las presencias malignas. A partir de una formación musical de cuatro virtuosos intérpretes, el grupo ofrece una varieté dividida en "manifiestos" con el leve hilo conductor de las apariciones del mal, sea en el Fausto, la luz mala de los gauchos, los pecados capitales o el Génesis.
La sala Osvaldo Pugliese, suerte de café concert dentro del Centro Cultural de la Cooperación, favorece un clima de intimidad y juego compartido con la platea. Por escenografía, se cuenta sólo con los instrumentos musicales que los intérpretes animarán. Todos están vestidos de negro, hacen las veces de tramoyistas, además de músicos y actores. El cambio en el vestuario, con máscaras y sombreros, implica el cambio de personaje. Esa posibilidad de entrar y salir, de cambiar la historia que casi siempre remata con un número musical, genera la estructura de varieté. Los momentos más disfrutables son aquellos en los que se enfrentan a la cuerda floja de la improvisación, esos números que empiezan de una manera y tienen un ligero final prefijado, pero que el accidente y su contagiosa diversión son lo que llena el nudo dramático.
Ahí está en su salsa Claudio Gallardou, que guía el tono humorístico que atraviesa. Quizás todavía el ritmo no se sostiene en la totalidad. Es sólido en las canciones, quizás con alguna reminiscencia de Les Luthiers, pero decae en los pases de comedia y en la actuación en general, lo que de seguro mejorará con el correr de la temporada.
Mandinga en el paraíso no carece de reflexión, se permite hacer uso de referencias prestigiosas como Brecht o Lope de Vega, como también deja espacio para la crítica a la función de los medios de comunicación y los males de la hipocresía, pero nunca pierde la raigambre popular, aquella que los intérpretes mejor manejan. Quizás valga aclarar que la decisión estética de apuntar a lo popular no está reñida con la calidad, la obra apunta a todos los públicos y todos encontrarán algo valioso y divertido en ella. Los intérpretes pueden jugar a ser doctos jurisconsultos, pero siempre hay un guiño que abren al público para incluirlo y reírse de su propia solemnidad fingida.
Sin perder profundidad, esta visita a Mandinga ofrece como medicina la música y los actores para superar dolores que tiene siempre la vida. Tema infinito, Mefisto; los réprobos, los contrarios construyen imaginarios que explotan estos artistas vestidos de tramoyistas en tiempos endemoniados.



