Mauricio Kartun, con el pasado a cuestas

Mañana se estrena "El niño argentino"
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5 de julio de 2006  

La nueva producción de Mauricio Kartun, "El niño argentino", que mañana se estrenará en el Teatro San Martín, muestra una serie de puntos de interés. Se trata de una pieza escrita en verso que rescata una llamativa historia de principios del siglo pasado; el autor vuelve a dirigir su propio texto (como lo hizo anteriormente con "La Madonnita") y con este material el creador retoma una línea de teatro político.

"El niño argentino", que estará interpretado por Mike Amigorena, Osqui Guzmán y María Inés Sancerni, empezó a pergeñarse hace aproximadamente siete años pero, en verdad, hace sólo uno que tomó cuerpo y no de manera definitiva. La anécdota es muy sencilla y se desarrolla a partir de una realidad que hoy puede resultar asombrosa. A comienzos de 1900 las familias adineradas porteñas que viajaban a Europa, lo hacían con una vaca y un peón. De esa manera se aseguraban que los niños pudieran tomar leche fresca durante los 28 días que duraba el viaje.

"En el origen -cuenta Mauricio Kartun- empecé preguntándome por ese peón. Después apareció la imagen de la vaca y luego, en sucesivas indagaciones, la hipótesis del niño argentino, un personaje mítico, un perdulario de principios de siglo, clásico; los hijos del poder, de la clase ganadera, poderosa, rumbosa, desmesurada, capaz de gastar -como sucedió en la Argentina durante años- el 20 por ciento del producto de las exportaciones en viajes."

Ese mundo, además, está plagado de anecdotarios y cuestionamientos ideológicos. Por un lado, como asegura Kartun, "una clase signada por cierta zona de degradación intelectual. Los hombres no trabajaban, vivían de la renta de sus campos y esto creaba hombres alejados de la rutina del trabajo y, por lo tanto, se embrutecían, entraban en zonas de competencia absurda: la ropa, los bailes, el famoso tirar manteca al techo, los chicos que iban a lo de Hansen y generaban peleas. Ese universo siempre me pareció representativo de la degradación y la decadencia, no sólo de la economía, sino del pensamiento".

Plantados en ese mundo, los personajes jugarán dentro de él a la manera de cada uno. "Uno les crea un lugar de pelea -dice el dramaturgo y director-, de debate, de acción y lo demás lo hacen ellos."

-¿Por qué el lenguaje utilizado es el verso?

-Desde siempre he trabajado con géneros anacrónicos y, a la vez, parte de mi poética está en trabajar un lenguaje que esté cargado de cierto anacronismo, lo que me permite distancia y un juego sonoro más potente que si utilizo el coloquial contemporáneo. Me venía inquietando, desde hace tiempo, la lectura de autores clásicos del siglo XIX y anteriores que hablaban en verso como una forma espontánea. Una vez leí una frase que decía algo así como que cuando uno empieza a escribir en verso luego es más fácil hacerlo en verso que en prosa. El verso es un mecanismo muy curioso. La búsqueda de la coincidencia fonética hace que asocies palabras que de otra forma no asociarías entre sí. Esto empieza como un juego, pero va generando un automático en la generación de texto. Después exige ajustes, correcciones.

-¿Resultó difícil para los actores ingresar en ese mundo del verso?

-El actor argentino tiene una extraordinaria virtud que es a la vez una zona límite. La Argentina, a diferencia de los países americanos y buena parte de los europeos, tiene una influencia del teatro realista ruso y el predominio de esta poética hizo que, prácticamente, desapareciera la formación romántica del actor clásico, salvo en algunos viejos actores. No están acostumbrados al teatro de texto más complejo y, especialmente, el verso. Empezar a trabajar en esta obra implicó enfrentar una dificultad. ¿Cómo lo hacemos? Elegí un camino de prueba y error, de intuición, de confiar mucho en el oído de los intérpretes. Así empezamos a desarmar el verso, a buscar códigos internos, creamos métodos caseros que usamos para encontrar la falta de ritmos o de buena consonancia. Fue complicado y a la vez muy divertido.

-¿Por qué siempre en tus materiales aparece la necesidad de partir de otro tiempo, donde la realidad parece tan opuesta a la de este presente?

-Me gusta disfrutar del poder inefable de la metáfora. Cualquier cosa que haya pasado allá y que uno proyecte sobre la realidad produce un gran extrañamiento, como esto de llevar una vaca en el barco. Hoy es una metáfora, en aquel momento era vulgar, profano, cotidiano; hoy es poético, sagrado, uno lo toma y se transforma en algo mítico. Esa es la gran ventaja de trabajar con un imaginario de época en la que es muy fácil mitificar. La función de la ficción, en cualquiera de sus géneros, es justamente ésa, mitificar.

-¿Qué puntos de contacto tiene esa metáfora con esta realidad?

-Si lo definiera desde un lugar de pensamiento diría que es la encarnación del pensamiento psicopático del poder. En la Argentina, el poder ha sido siempre psicopático. Siempre ha seducido y ha dañado, ha sonreído y ha pisado. En términos circenses, el niño es el payaso blanco. Es ese payaso irónico que habla con el público y que lo hace reír, a la vez que humilla al Tony, el payaso vulgar, de nariz colorada y cuya función es ser criado del payaso blanco. La hipótesis dialéctica que desarrolla la pieza, tanto en su escritura como en su puesta, es la de la reunión de un payaso blanco y un Tony. Fellini decía que ningún payaso blanco se vuelve Tony, pero que todos los Tony ambicionan ser payasos blancos, y algunos llegan. Metafóricamente se habla de la traición como forma del pensamiento nacional, lo que ha dado una forma a la política de las últimas décadas: la posibilidad de darse vuelta, de girar sobre un pie y salir para el otro lado. Una política que busca el poder político y no la transformación que la política supone.

-¿Estás volviendo al teatro político?

-Me resulta inquietante hacerlo. Tengo una formación en teatro político. Comencé, en los años 70, estudiando con Augusto Boal y armando grupos de teatro callejero. Mis primeras producciones fueron en ese campo. Retomar cierta zona de pensamiento más expuesto en lo ideológico y en lo político me hizo rever, también, ciertas zonas que sentía desgastadas y ya poco útiles. Siento que en los años 70 practicábamos un teatro político cuya voluntad era exponer en una vidriera ordenada, iluminada y muy poblada de elementos, una serie de ideas con las que intentábamos tentar a alguien a compartirlas, adoptarlas. Con el paso de los años, en la combinación de la experiencia política con la poética, creo que esta obra adopta un mecanismo distinto y de alguna manera antagónico con el otro. No me interesa pensar en un teatro político que exponga esa vidriera, sino más bien en una zona más de ladrillazo a esa vidriera. Más que la elaboración de discurso creo que el teatro es un lugar de desorganización de signos en el espectador, para que pueda construir su propio discurso. Me interesa hacer una especie de revoleo de mitos. Prosut decía, cuando hablaba del efecto poético, "romper el cristal de la costumbre".

Para agendar

  • El niño argentino, de Kartun.
  • Teatro San Martín Corrientes 1530. De miércoles a domingos, a las 20.30. Entradas: $ 15; miércoles, $ 8.

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