Mauricio Kartun: el autor que quería dirigir

El dramaturgo estrenará mañana, en el San Martín, "La Madonnita", sobre un texto propio
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16 de octubre de 2003  

"Como suelen decir algunos amigos pintores, "si te sale muy fácil pintar con la derecha, es hora de atártela y empezar a pintar con la izquierda". Bueno, sentí que tenía que empezar a pintar un poco con la izquierda, que tenía que hacer algo diferente." Mañana por la noche Mauricio Kartun, después de treinta años de carrera, debutará como director de un texto propio. Es cierto que la dirección no se encontró entre sus prioridades y que la afiebrada producción dramatúrgica le ocupó la mayor parte de su vida profesional, pero cada tanto despuntaba un vicio que aprendió con Jaime Kogan y Oscar Fessler. Así y todo nunca se había atrevido con un texto escrito por él.

Pues bien, "La Madonnita", que subirá a escena mañana, en la sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín, será su primera historia llevada a escena como él la imaginó desde los papeles, o no. "Dirigir implicó grandes cambios en mi manera de trabajar. El del director, a diferencia del trabajo del dramaturgo -que es solitario, hecho en horarios que uno acomoda, en el espacio que uno ha creado-, supone además poner energía en tener que compartir la creación. Eso me hizo descubrir la posibilidad de generar una dramaturgia que surja del cuerpo del actor, un reescribir constante, tomar cosas que el actor propone, que el espacio sugiere."

Kartun se propuso contar una historia de amor, una historia que hablara de lo inasible del objeto del deseo, de detener el tiempo para poder conseguir un amor eterno.

"El enamoramiento es una idealización que dura muy poco, después quedan los residuos que a veces son muy positivos, pero siempre son los residuos de ese momento en el que lo que uno ve es perfecto. Luego lo que queda es un ser imperfecto en condiciones de ser amado, pero esa percepción de la perfección inicial desaparece. El hombre en relación con la mujer ha intentado de una manera utópica y perversa fijarla en un soporte fuera de su propio cuerpo, un soporte que es su idealización. Idealizar a la mujer es matarla, matar su cuerpo, su carne, para quedarse con su imagen. La obra habla de esa muerte, de esa tragedia."

Para trabajar sobre imágenes y soportes, Kartun eligió un entorno que le resulta conocido, cómodo, entrañable como el de la fotografía antigua. Sacó a relucir "una zona medio viciosa" que tiene por los papeles viejos, por las fotografías clásicas. Una zona que lo convirtió en custodio de su propio archivo en el que guarda un registro muy grande de fotografías de antaño (a principios de año el mismo Kartun presentó, en la Fotogalería del San Martín, "Mascaritas" una impecable colección fotográfica de carnavales de principios del siglo XX).

Kartun sabía que ciertos elementos de ese mundo iban a ir a parar a alguna obra, pero no sabía ni a cuál ni cómo. Ya se había quedado con las ganas de trabajar sobre ese mundo de la fotografía cuando hizo la adaptación de "El pato salvaje", de Ibsen, que dirigió David Amitín en el San Martín. Buena parte de la obra transcurre en un estudio fotográfico pero, después, en la puesta ese marco no prosperó "porque eligieron algo más abstracto", recuerda.

Kartun se sacudió entonces la manera en la que trabajó los últimos 25 años, se sacó de encima todo lo tradicional que tenía como dramaturgo y rompió con el círculo de escribir una pieza y salir a seducir a un director: "Hay un momento -apunta- en donde ese mecanismo se empieza a volver perverso, en donde se agota y comienza a estar implícito en la escritura esa seducción, ahí es cuando el material se vuelve histérico". Así se volvió su propio director y no necesitaba seducirse. No necesitaba más que darse nuevos espacios para poner en juego a los tres personajes que le ayudaban a contar "La Madonnita", personajes que bien podrían haber rondado una novela de Roberto Arlt: un fotógrafo especializado en imágenes pornográficas, su mujer y modelo de sus trabajos y un pequeño mafioso venido a menos.

"Creo que en el amor hay formas analógicas a la pornografía. En la medida en que todo está puesto en un objeto construido -una fotografía como sucede en esta obra- y no en la realidad, se establece una relación pornográfica. Es así que los inmigrantes encuentran en las fotos de "La Madonnita", la posibilidad de llevar entre las hojas de sus pasaportes a esa mujer que no está, que se ha quedado en Europa."

Romper moldes

No fue casual que Kartun pudiera romper con una forma de trabajo muy arraigada y que, claramente, le había procurado muchos y muy buenos resultados. Pero además de su faceta como dramaturgo, Kartun tuvo, y todavía tiene, una vasta carrera como docente. Y fue precisamente este rol de maestro -rol que nunca terminó de creerse demasiado, y quizá fue gracias a- que aprendió a ver al teatro y sobre todo a escribirlo desde otro lugar, uno nuevo, pero siempre con un lenguaje propio.

Es que por los pupitres de su escuela taller de dramaturgia pasaron alumnos como Rafael Spregelburd, Daniel Veronese, Patricia Zangaro, Susana Gutiérrez Posse, Marcelo Bertuccio, Pedro Sedlinsky, Alejandro Tantanian, Jorge Leyes, Federico León, Bernardo Cappa e Ignacio Apolo, entre varios otros. Es decir, la buena parte de la nueva generación de dramaturgos que salieron a patear más de un tablero ("Los únicos que se me escaparon fueron Luis Cano y Javier Daulte", ironiza).

"Mis alumnos me ayudaron a construir otras miradas, otros desafíos, me pusieron en la obligación de tener que reflexionar sobre nuevas propuestas. Con ellos tuve que enfrentarme a cosas de las que no tenía respuestas. Me obligaron a repensar muchas zonas congeladas, muchos prejuicios que yo tenía en el teatro", explica. Y fue precisamente el mayor de esos prejuicios el que sus alumnos ayudaron a tirar por la borda (en el mejor de los sentidos): ese que prohibía a un autor dirigir sus propias obras. "Se pensaba que uno podía banalizar sus propios textos, que no los proyectaría más allá de sus límites, y mis alumnos me descubrieron que no era verdad", dice. A Kartun no le hizo falta más que ver las experiencias de sus estudiantes sobre sus materiales para empezar a darse cuenta de que no había mejores directores para esos trabajos que ellos mismos.

"Ellos estaban construyendo una nueva manera de hacer teatro, al principio chocando contra todos esos prejuicios y luego instalando eso como forma. Y eso es parte del atractivo que hoy tiene el teatro argentino dentro y fuera del país", resume este nuevo dramaturgo-director orgulloso de su doble rol, ese que también lo convierte en maestro-alumno. Kartun se transformó así en una suerte de bisagra entre dos etapas fundamentales del teatro argentino, hecho que le permitió tener un buen diálogo con las dos partes, aunque a veces ellas no se comunicaban sino por medio de él.

Rejuvenecer

Kartun está exultante, feliz. No sólo estrena pieza y debuta en su nueva faceta como director sino que lo hace en la Cunill Cabanellas, una sala oficial, pero con aires rebeldes, reservada para el nuevo teatro, para los nuevos lenguajes escénicos. "Es un homenaje por el cual me sacan 15 años de encima, por lo menos. Algo que tomo con una alegría tremenda", confiesa.

Estrenó por primera vez en el San Martín a los 36 años, en la Martín Coronado ("ahí me habían pintado unas cuantas canas") y reconoce que "haber llegado a la Cunill es un logro extraordinario, pero es cierto que esta obra necesitaba de un espacio especial y en el San Martín no había otro. Además, yo no hubiera tenido ni los recursos técnicos ni profesionales para dirigir en cualquiera de las otras dos salas. Claramente me falta experiencia. Además, creo que un artista debe ser consciente de sus límites y que en la conciencia de sus límites está el logro de su expresividad. Mis límites hoy son éstos".

Para agendar

La Madonnita de M. Kartun. Sala Cunill Cabanellas (Teatro San Martín) Corrientes 1530 Miércoles a domingos, a las 20.30. Entrada: $ 8; miércoles: $ 4

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