
Mucho efecto, pero pocas emociones
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“Sólo 80. Harold y Maude”, de Colin Higgins. Intérpretes: Mariano Dossena, Silvia Mogliani, Daniela Fortunato, Andrés Martínez, Ellen Wolf, Pablo Finamore, Pablo Alvarenga, Luciana Dulitzky y Santiago Fígola. Escenografía: Fernando Díaz. Trucos y efectos especiales: Richard Forcada. Música original: Florencia Mosso. Vestuario: Yael Cervi. Iluminación: R. Forcada y G. Bianco. Dirección: Gabriela Bianco. Duración: 105 minutos. En El Ombligo de la Luna, Anchorena 364, TE: 4867-6578. Sábados, a las 21. Entrada: 8 pesos.
Nuestra opinión: regular.
Cuando en 1972, Colin Higgins escribió “Harold and Maude”, fue definida como una comedia negra, que posteriormente Hal Ashby llevó al cine protagonizada por la genial Ruth Gordon.
En general, la comedia con un toque de perversión parecía ser el género que atraía al autor. Baste recordar el film “Juego sucio” o “Cómo eliminar a su jefe”. Pero en la versión escénica de “Sólo 80”, la tendencia fue subrayar el aspecto romántico de esta relación entre una mujer de 80 años y un joven de 20. Por intermedio de este amor platónico, se encuentran dos extremos vitales: la ancianidad y la juventud. Pero este afecto puro, cristalino, es algo más que el encuentro de dos soledades. Es la experiencia frente al miedo a vivir. Es la sabiduría que se impone a la ignorancia juvenil que impide ver las cosas más pequeñas, pero por eso no menos valiosas, de la vida. Es la comprensión que protege la angustia de un joven que no encuentra su propia identidad. Es el quiebre de barreras generacionales y probablemente muchas cosas más.
Una puesta exigida
Gabriela Bianco, en su debut como directora, se ve apremiada por la necesidad de alcanzar un ritmo preciso, que no lo logra al dividir el escenario en varios espacios. Busca también el humor que a veces se presenta con recursos legítimos y otros avalado por una serie de efectos especiales que buscan sobretodo sorprender al espectador.
Sin ajustarse a un estilo, combina un realismo precario, con situaciones absurdas (el uso de un tobogán, el tubo de un teléfono como si fuera un celular), intentando provocar la sonrisa del espectador, cuando desde el texto emana ya esa sonrisa un poco sarcástica y por momentos cruel.
Pero la gran falla está en la ausencia de la emoción. No se puede negar que en el texto hay sentimientos y una corriente de afecto que une a los protagonistas, pero este ingrediente sentimental no se ve resuelto en escena, aunque no se pueden negar los esfuerzos de Mariano Dossena por sostener puntualmente esos momentos.
Probablemente, hubiera sido necesaria una dirección de actores más rigurosa para extraer eso que también conmueve, como la risa, la emoción, y que sólo puede exponerse convincentemente cuando hay muy buenas interpretaciones para responder a las exigencias de los personajes y del texto.s.






