
Mujeres atrapadas en los cuentos
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"Cuentos de hadas", de Raquel Diana. Intérpretes: Claudia Rucci, Irene Almus y Lidia Catalano. Música: Marcelo Alvarez. Iluminación: Tato Latorre. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Dirección: Virginia Lago. Duración: 110 minutos. En el Teatro San Martín
Nuestra opinión: bueno
Como bien lo señala el título, "Cuentos de hadas" es eso, un cuento donde la protagonista, una sucedánea de Blanca Nieves o de la Bella Durmiente, narra su vida matizada con instantes de humor y momentos de amargura.
Con este recurso, más literario que teatral, la autora Raquel Diana quiere registrar la biografía de una joven que, por sobre todas las cosas, ha sobrevivido a los horrores de la dictadura uruguaya y que, ahora, en pleno estado de embarazo, quiere contar a su hijo en gestación su historia personal.
El texto tiene un halo poético, seductor, que invita a seguir las alternativas de esta joven en relación con su madrastra, que no tiene nada que ver con la malvada de los cuentos, y con una suerte de tía que vendría a reemplazar al hada madrina.
La protagonista es Blanca y ella es la encargada de la narración, asumiendo por momentos el rol de observadora de los demás personajes. El reparo reside en que este relato no contempla un conflicto dramático y se impone el estilo narrativo, obligando a un constante congelamiento de las situaciones. En estos momentos, la pieza pierde fuerza porque los soliloquios son numerosos, algunos obvios, y de ninguna manera alcanzan a suplir la acción dramática.
Virginia Lago, en la dirección, logra recrear un clima atractivo, con una pátina nostalgiosa y una atmósfera de ensoñación, al que la escenografía de Albertinazzi le imprime un color y un diseño muy apropiados. Pero no puede ajustar el ritmo, que por momentos se dilata por la narración.
El peso de la actuación
Pero es en la actuación donde reside el mayor mérito de este elenco.
Claudia Rucci, la responsable de la narración, supera con eficiencia ese escollo de tener que contar parada frente al público. Con habilidad resuelve acertadamente esa fractura constante de salir y entrar en personaje sin restar motivación para la composición.
Irene Almus, dedicada exclusivamente al papel de madrastra, sobresale con un personaje que le exige estar en una línea que roza lo ridículo sin desbandarse, al mismo tiempo que elabora matices de ingenuidad y ternura. Un muy buen trabajo, sin lugar a dudas. Lidia Catalano, por su parte, demuestra todo su oficio en momentos muy expresivos, aunque hay otros en los que se nota la ausencia de esa chispita de sabiduría y de ingenio que poseen, como lo prenuncia su personaje, los que se han enriquecido con sus propias experiencias de vida.
Son las actrices el puntal de esta pieza que tiene sus méritos y que ganaría contundencia con una síntesis dramática más rigurosa.
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