
Ney, una metamorfosis ambulante
Con 60 juveniles años, el camaleónico artista brasileño sigue generando magnetismo desde el escenario
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Magnetismo. Ninguna otra palabra define mejor el fenómeno que Ney Matogrosso genera desde el escenario. Más: quizá ningún otro artista explica mejor que él de qué se está hablando en el mundo de la escena cuando se utiliza la frecuentada palabreja. Es la virtud atractiva del imán, como dice el diccionario, pero no viene de un mineral, sino de la presencia, la figura y la voz de un intérprete único, camaleónico y singular.
Ney Matogrosso se construyó a sí mismo y sólo se parece a sí mismo. Y nunca se sabe bien de dónde viene el efecto irresistible que produce en el espectador cuando su figura felina, elástica y sensual se adueña del escenario, mientras la voz trepa hasta alturas inesperadas en la dulce melancolía de un samba, se vuelve intencionada y juguetona en el gozo de algún ritmo tropical o brama machacona sobre el estrépito rockero. Quizás es el contraste, que se establece en varios terrenos y simultáneamente: entre el registro agudo de la voz y la fibrosa masculinidad del cuerpo siempre joven; entre la negra mirada desafiante que parece clavarse en los ojos de cada uno y la sonrisa maliciosa o burlona que enseguida la contradice; entre el ondular feminoide y provocador de la cadera y el apoyo firme de los pies descalzos que remedan la pose de algún guerrero indígena o un bicho de la selva. Ney hizo de la ambigüedad el secreto de su fascinación.
Y continúa construyéndose a sí mismo. Tuvo y tiene la intuición, el atrevimiento y la libertad necesarios para inventar su propio modelo y desentenderse de los presuntos dictados del mercado. Ya fue máscara pintarrajeada, hombre-pájaro semidesnudo y acechante, bandido de ojos empavonados, indio adornado de plumas y paja, multiforme artista de circo, danzarín de Oriente, figura carnavalesca centelleante de purpurina.
Un buen día, decidió descansar de la imagen andrógina y extravagante que lo había impuesto como líder de Secos & Molhados y probó con "Seu tipo" que su teatralidad no disminuía por falta de coqueteos equívocos o de lentejuelas. Algunos años después, impuso otra pausa: trocó penachos, brillos y cosméticos por la cara lavada y el tropicalísimo traje blanco y reemplazó el ritual de sus ceremonias teatrales por la serena formalidad de un recital de cámara: "El pescador de perlas". Así lo vimos la última vez en un escenario porteño. Y el fenómeno del magnetismo, como siempre, subsistía, prendido de la voz casi blanca, paseando por cantigas del folklore, sambas clásicos o antiguos boleros.
Voz, carisma, libertad
Han pasado treinta años desde que deslumbró a Brasil como vocalista y puntal escénico de Secos & Molhados. Cumplió sesenta que no han dejado señas en el delgado cuerpo de mimbre, y sigue conservando la intuición, el atrevimiento, el afán renovador, la voluntad de actualizarse sin traicionar su personalidad artística: la juventud, en fin. Se apoya, como desde el principio, en tres pilares sustanciales: una voz de timbre exótico y condición maleable, un dominio de la escena que no depende sólo de su carisma y un espíritu independiente que se manifiesta sobre la escena y fuera de ella; también a la hora de elegir el repertorio y concebir sus shows.
Ejemplos sobran. Después de haber grabado con Piazzolla ("As ilhas"); de cosechar triunfos con "Bandido", "Pecado", "Feitio", "Mato Grosso", "Pois é" o "Destino de aventureiro"; de ser aplaudido en Montreux, en París o en Lisboa, estuvo, por ejemplo, diez años sin estrenar canciones. Los dedicó, entre otras cosas, a revisar repertorios de autores e intérpretes que admira, de los densos sambas de Angela Maria ("Estava escrito") al lirismo de Chico Buarque ("Um brasileiro") y la inventiva musical de Villa-Lobos y Jobim ("O cair da tarde"). En 1998, resolvió investigar en las cosechas musicales más recientes y armó para "Olhos de farol" un repertorio que lo devolvió al territorio pop llevado por nuevas piezas de Lenine, Paulinho Moska, Luis Pedro, Flávio Henrique o Rita Lee, además de permitirle regresar, cuando llegó la hora de presentar el CD en vivo, a las canciones de otras etapas de su carrera, desde los grandes éxitos de Secos & Molhados que lo hicieron famoso -"O vira", "Sangue latino", "Rosa de Hiroxima", "Mulher barriguda"- hasta sus hits rockeros de los años ochenta. "Pro día nascer feliz", de Cazuza, por ejemplo, o "Metamorfosis ambulante", un texto de Raul Seixas que parece pintarlo de cuerpo entero en su desprejuicio y su espíritu abierto: "Prefiero ser esta metamorfosis ambulante que tener aquella vieja opinión formada sobre todo..."
Nunca estudió danza, pero casi desde sus comienzos -cuando hizo teatro para chicos en Brasilia y San Pablo- decidió que como artista utilizaría todos los recursos que tuviera a su alcance para comunicarse con el público. Y fue depurando cada vez más esos recursos: la voz, la expresión corporal, el vestuario, el maquillaje. Sin desatender, claro, el ensamble instrumental, la elección de los programas, la luz, la escenografía, y hasta llegar a una cumbre del refinamiento: el show con el que presentó durante casi dos años "Olhos de farol" en su país y fuera de él.
"Batuque"
No llegó a esta ciudad con aquel espectáculo memorable, pero a cambio trae ahora al Gran Rex un programa más reciente que lo ha colmado de aplausos: "Batuque". Nació este proyecto -dicen- de un encuentro con el moderno grupo de choro Nó em Pingo d´Agua en una serie de espectáculos presentados en San Pablo en homenaje a Carmen Miranda. Pero seguramente su origen es bien anterior. Estaba en el espíritu de un artista que si bien se resiste a caer prisionero de la nostalgia más de una vez ha expresado que "hay que recordar que tenemos un pasado", y que "si bien todos saben de su existencia y de la variedad y la riqueza de la música brasileña, parecen olvidar que todo lo que suena por ahí ahora no es novedad". Se refiere, claro, a la malicia, la picardía, la intención traviesa presentes en las interpretaciones de la música negra y el choro, especialmente carioca, de las décadas del 20, el 30 y el 40, la llamada época de oro, y a las mal llamadas osadías, pura grosería y vulgaridad, que abundan hoy en la producción brasileña más favorecida por la maquinaria comercial, llámese funk, axé, rap o pagode. Ya se sabe que Ney Matogrosso no es precisamente un puritano, pero conoce muy bien la diferencia que hay entre la picardía o la osadía transgresora y el franco mal gusto.
El CD comentado días atrás en estas páginas ya dio cuenta del delicioso tratamiento que Ney ha dado a un puñado de canciones que incluyen éxitos de Carmen Miranda, pero también otros títulos que pertenecen a la misma época de la legendaria estrella, aunque ella nunca los cantó. Una nueva metamorfosis para este artista nacido en Bela Vista, Mato Grosso, que buscó, en este caso, respetar el color de los grupos instrumentales de la época y supo darles un toque de actualidad con la ayuda de Leandro Braga, Rogério Souza y el resto de los miembros del conjunto que lo secunda.
Cuando cumplió sesenta, en agosto último, confesó que en lugar de ponerse a hacer balances sobre lo ya hecho, la realidad lo llevaba a pensar sobre el futuro. Sabe que cuenta con un físico privilegiado, pero no ignora que está cada vez más cerca del límite. Por eso, propuso a su grabadora suspender por un año sus actuaciones en vivo y dedicarlo íntegramente a registrar tres nuevos CD. Que se sepa, no ha habido respuesta, pero sí se conocen las ideas que rondan la cabeza de Ney: un álbum volcado hacia la música pop, otro dedicado a los grandes títulos del repertorio romántico brasileño y un tercero en el que recopilaría temas inéditos del recordado Cazuza.
Sea cual fuere la decisión del sello grabador, queda una certeza: a Ney Matogrosso le sobran ímpetu e imaginación para seguir abriéndose nuevos caminos.
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