
No todo Marechal es un clásico
"Las tres caras de Venus". De Leopoldo Marechal. Dirección: Lorenzo Quinteros. Elenco: Duilio Marzio, Horacio Roca, Ana María Cores, Beatriz Spelzini, Edward Nutkiewicz, Gabriel Fernández, Enrique Canellas y Victoria Troncoso. Escenografía y vestuario: Marta Albertinazzi. Luces: Lorenzo Quinteros y Sergio Comas. Música original: Rick Anna. Asistente de dirección: Dora Milea. En el Teatro Nacional Cervantes. Duración: 90 minutos. Estreno: 8 de julio de 2005.
Cuando se sale al rescate de un texto antiguo hay algunos riesgos. Sobre todo cuando no se trata de un clásico. Leopoldo Marechal es uno de los grandes escritores argentinos, pero la dramaturgia no era su fuerte (con la excepción de la magnífica "Antígona Vélez"). "La tres caras de Venus" es una obra que subió a escena el 8 de septiembre de 1952, en el teatro universitario de la Facultad de Derecho, dirigida por Antonio Cunill Cabanellas, con Pepe Soriano, Duilio Marzio y Susana Mara, entre otros. Desde entonces, se volvió a representar recién el año último en una versión que presentó Elvira Onetto en el Abasto Social Club.
En esta comedia brillante para la época, Marechal toca diferentes cuerdas: la humorística, la poética y la existencialista. En ella, el científico Ambrosio intenta hacer de su esposa, Graciana, su propio golem. El sostiene que puede hacerla a su gusto, según su superioridad intelectual, ya que la mujer es una entidad paciente que puede resumirse en cincuenta fichas y adecuarse al molde impuesto por su género opuesto. Claro que ella puede rebelarse y corroerse y ahí subrayar los distintos planteos establecidos durante toda la pieza. Planteos existencialistas y científicos sobre las contradicciones de los seres humanos, la lucha de géneros y un toque "machista pero no tanto" quedan vertidos en la verba exquisita de Marechal. El autor plantea que cuando la matemática falla surge el interrogante de si hay o no una lógica o una fórmula a todos sus cuestionamientos. "¿La mujer es un misterio o el fantasma de un misterio?", se pregunta este Pigmalión que se debate entre la lógica y su lógica. "No es un marido, es una cinta de medir", dice ella en esa rebelión que la hace más atractiva y unida al concepto bíblico de su origen.
El texto contiene elementos de la farsa y su visión es inteligente para los años cincuenta, cuando fue escrita. Pero tiene una estructura dramática poco funcional, con cuadros larguísimos en los que aquellos extensos planteos retardan el arribo a conclusiones. En medio de la función de estreno alguien expresó en la platea: "Qué linda obra para leer". Es cierto. Su poesía y sus textos son bellos, pero en muchos tramos no se los ve teatrales y, puestos en escena, delantan un estilo muy narrativo.
Hay relatos interminables que ni siquiera el esmero de los actores logra ablandar.
Un camino apagado
Lorenzo Quinteros respetó el texto y su intención hasta la última línea. Tal vez el haber evitado esa profanación haya hecho que la puesta se vuelva convencional y tenga cierta chatura. Faltan ingenio y observación.
Aunque dejó libertad a los actores para prestarse al juego irónico y sarcástico que propone el autor, en el elenco hay diferentes líneas de interpretación. Una más vehemente y declamatoria, a cargo del personaje central, Ambrosio, que interpreta Duilio Marzio. Y otra más naturalista, por la que circulan los demás. Ese es un error de dirección. Horacio Roca acierta en el ritmo que le impone a Lucio, el contrapunto de Ambrosio. Imparte energía a sus compañeros y consigue buenos momentos con Beatriz Spelzini. Por su parte, Ana María Cores pone frescura, humor y sensualidad a su Graciana. También es divertido el juego desfachatado que sostiene con el eficiente y correcto Gabriel Fernández. Nutkiewicz, Canellas y Troncoso están correctos en sus roles.
Algo rescatable que se repite en esta deteriorada saLA NACIONal es que los actores no necesitan trabajar con micrófono. Recuerdan cómo la proyección de la voz y el tono son elementos básicos que se aprenden (¿o aprendían?) en las escuelas de actuación.
La escenografía giratoria e hiperrealista de Marta Albertinazzi recrea muy bien un ámbito cincuentista, con un paisaje urbano detrás. Aunque la iluminación es demasiado elemental. Un punto acertado y agradecido es la simpática música incidental que compuso Rick Anna.
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