
Panam, una pálida remake de sí misma
Apela a personificaciones de las princesas más populares, pero ahora con personajes hipermediáticos
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Panam y sus princesas . De: Laura Franco, Marisé Monteiro y Carlos Tarrío. Dirección: L. Franco. Con: L. Franco (Panam), Matías Alé, Tota Santillán, Paul y Pol, Sabrina Artaza, Federico Mazzei y elenco. Música: Eduardo Frigerio, Sebastián Fucci y Federico Vila. Coreografía: F. Mazzei. Vestuario: Fernando Corona. En el Broadway.
Nuestra opinón: Mala
Se hace esperar. Pasa media hora, apenas matizada por las reiteradas ofertas de varitas mágicas luminosas y faldas de tul y vestidos de raso para ser estrella también desde la platea. Y las imágenes de ella en las pantallas al costado del escenario, alternadas por los avisos de los auspiciantes. Pero finalmente sale a escena. Es Panam, en su novena temporada teatral, que entra en escena cual vedette que ha sido.
Las princesas que anuncia son personificaciones de ella misma de las heroínas más populares del imaginario de las niñas de 4 y 5 años, nutrido desde el universo Disney: Cenicienta, convertida aquí en Panamcienta, la sirenita Ariel, la Bella (Panambella) que se enamora de la Bestia, Blancanieves o Panamnieves... Pero no hay una reelaboración teatral de los personajes. Más que nada se distinguen a través de los cambios de vestuario -a lo largo de todo el show cerca de veinte- de Panam y de algún gag con los personajes secundarios que acompañan a la princesa de turno.
Matías Alé aporta los roles principescos y su aire de pretendida ingenuidad, Tota Santillán pone el cuerpo a un mago de sencillos recursos y otros papeles que introducen a la estrella, siempre con el resignado revoleo de la mirada hacia el techo que acuñara Jorge Porcel. Los gemelos Paul y Pol, integrados a la troupe de Panam ya desde hace unas temporadas, agregan una cuota de humor. Panam retoma en tanto sus temas clásicos, con los estribillos pegadizos de Cro cro cro y Cuchi cuchi , para rematar con la invocación celestial de Angel de la guarda.
Sabrina Artaza es la malvada bruja que, movida por la envidia, intenta sabotear la presentación de las princesas. Su presencia, marcada desde el estereotipo, logra impactar en la platea, donde salta algún llanto de las más pequeñas y el enfervorizado rechazo de las más grandes. Pero este momento de intensidad casi dramática no encuentra un contrapunto en Panam, quien intenta disipar la tensión con su mera aparición en escena. Para algunos no es suficiente, alguna niña pide irse, asustada. Cada tanto se filtra en los parlamentos algún comentario como (referido a Alé) "¡Lo vi con cada bagre a éste!", que remiten a la existencia de los protagonistas como personajes de la movida mediática. Menciones de Marcelo Tinelli, la misma inclusión de Alé y Santillán en el elenco o la referencia a Xuxa como modelo de Panam mantienen la propuesta atada al carro que teóricamente había abandonado Laura Franco al dedicarse casi en exclusividad al público infantil. La propuesta es subsidiaria de la estética revisteril, pero se queda lejos del magnetismo que impuso la brasileña en su época dorada hace ya más de veinte años.
La misma Panam ya no arrastra con la misma facilidad que antaño al público infantil, como pone en evidencia la sala llena a medias. No le haría mal seguramente dar un giro más audaz, poniendo la puesta en escena de su show en manos de un director con experiencia, que tome al personaje, pero le pueda dar una vuelta de tuerca y logre atrapar a un público que, por su edad, no está atado a reminiscencias de la fama. Así como está, Panam y sus princesas no es más que una pálida remake de sí misma.
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