
"Pinocho", en una versión riesgosa
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"Pinocho, un niño de verdad. " Basado en el libro de Carlos Collodi. Adaptación: Carmen Castelli. Guión: Axel Nacher. Canciones, letra y música: Eduardo Frigerio y Mariana Alvarez Quintana. Arreglos, música incidental y dirección musical: Gerardo Gardelín. Coreografía: Hugo Gómez Carranza. Diseño de luces: Juan "Alerta" Mujica. Diseño de escenografía y dibujos: Luis Castellanelli. Diseño de vestuario: Kris Martínez. Diseño de maquillaje y peinado: Norberto Juárez. Intérpretes: Roberto Catarineu, Carlos March, Omar Calicchio, Brian Vainberg, Alejandro Parker, Andrea Surdo. Actores bailarines: Pablo Lena, Ana Azcurra, Darío Dorzi, Valeria Archimaut, Constanza Canova, Nicolás Armengol, María Laura Vattalini, Verónica Garabello, Federico Lynch, Martín Marín, Lorena Navarrini, Noel Rodríguez Morales, Gisella Lachase, Florencia Padilla, Cristián Pinkewicz. Dirección: Eduardo Gondell. El Nacional, Corrientes 960. Sábados y domingos, a las 15. Horarios especiales en vacaciones. Entradas, Pullman: desde $ 10.
Nuestra opinión: regular
En formato de musical, con bailes y canciones, vestuario colorido e interesante y una escenografía con importantes recursos visuales, este espectáculo cuenta algunas de las peripecias del famoso muñeco. Lamentablemente es un esfuerzo que no se concreta en una experiencia teatral gratificante.
Se observa en el espectáculo un divorcio entre la composición visual y la historia que se cuenta, entre un despliegue que deslumbra y una actuación que no satisface.
En general, los personajes no convencen mucho: ni la caracterización de Pinocho ni el resto de su entorno logran alguna identificación; no consiguen armarse como seres verosímiles en quienes uno podría volcar sentimientos.
En cambio, los actores bailarines logran climas eficaces cuando componen interesantes escenas de conjunto en el taller de Gepetto (representando a otros muñecos creados por el carpintero, idea que se podría haber desarrollado más) frente a la escuela, o como los personajes del circo o los otros chicos prisioneros.
Tanto la música como el texto de las canciones resultan poco significativos, y el canto, por momentos, falla en la entonación y afinación, lo que le quita valor al estilo musical del espectáculo. Los cuadros pretenden hilar una historia demasiado abigarrada y confusa donde muchos factores se dan, equivocadamente, por sabidos o supuestos.
Los efectos visuales, por el contrario, son muy atractivos. Por ejemplo, la aparición del hada bajando de una estrella y su condición etérea, los distintos momentos del día mediante los cambios en el cielo con paneles que cambian de color y proyectan diferentes imágenes, el movimiento sugerido en el paisaje que dibujan los paneles cuando los personajes se trasladan en el escenario.
La historia
Si uno se pregunta qué elementos de la novela de Carlos Collodi han perdurado en el imaginario actual (más en el de los adultos que en el de los niños), tal vez pueda señalar unos pocos, algunos tan unidos a versiones convencionales que ya casi es imposible recrear otra versión con libertad. (Aunque se puede recordar una muy sugestiva y libre versión de Luis Rivera López para Libertablas).
Pinocho es un muñeco de madera que recibe el don de la animación, concedido por un hada, para favorecer a su creador, el viejo Gepetto, que se siente solo. Sabemos que de marioneta llega a ser un niño verdadero, por portarse bien después de cometer muchos errores, pasando por graves contratiempos por su debilidad de conectarse con maleantes. También recordamos que la nariz le crece desmesuradamente cuando miente, y que encuentra a Gepetto dentro de una ballena.
Si bien es evidente que la intención de la obra original es educativa y aleccionadora, se comprende su atracción para pensar en adaptaciones y versiones: por ser un muñeco de madera que habla y se mueve, una especie de pequeño androide o robot, resulta muy seductor para los chicos, y además, las peripecias del personaje son suficientemente coloridas y singulares.
Indudablemente, es difícil para cualquier adaptador enfrentar ese imaginario y hacerse cargo de él o modificarlo. La novela, como toda estructura literaria, tiene su equilibrio y romperlo es peligroso. Pasar de la novela al teatro, en forma de comedia musical, resulta un riesgo serio, lleno de trampas.
En la versión que nos ocupa, uno puede descubrir que los elementos más conocidos del personaje están presentes, pero envueltos en una intrincada maraña donde apenas encuentran su lugar.
Por una parte, algunas escenas complicadas en su contenido y proyección se desarrollan a toda velocidad. Por otra parte, ciertos momentos se prolongan injustificadamente, demorando la acción hasta volverse irritantes. Esto ocurre especialmente con un Gepetto demasiado quejoso. Su relación con el muñeco apenas se esboza al principio, pero luego el personaje aparece llorando desconsoladamente su pérdida y llamándolo errante, a tientas.
Pinocho ha sido secuestrado por maleantes, vendido al propietario de un circo, encarcelado injustamente por un juez corrupto. Cabría preguntarse si se están trivializando estas cosas. Porque la imagen del muñeco niño está en el escenario.
Es como si no se hubiera podido elegir entre la sátira humorística y el terrible dramatismo que especialmente en el contexto de los tiempos que vivimos esconde la historia, una historia que fue creada en otra época, al estilo del cuco, para asustar a los chicos para que sean obedientes.
No se pretende significar que no se pueden tratar con los niños estos temas, sino que precisamente con ellos hay que tratarlos, si se lo hace, muy en serio, sin dejar cabos sueltos.
Parecería, finalmente, que el peligro en esta clase de adaptaciones es la confusión de géneros. Diferente es el código del comic, o del dibujo animado (donde las cosas pasan en un espacio virtual y se ven en una pantalla), del código del teatro, que es algo vivo y caliente. Allí los personajes son personas, hablan y respiran, todo parece más real. Y por eso mismo, todo parece más en serio. Mezclar los códigos aprovechando los recursos técnicos para los efectos visuales requiere mucho cuidado, mucha conciencia de los contenidos implícitos y sobre todo, una subordinación escrupulosa al hecho de que se trata de una sala, con escenario y actores, con una platea en vivo, para que siga siendo teatro.




