
Racine y Champmeslé
En ese entonces no había revistas del corazón, ni pantalla doméstica que albergara a chismosos profesionales. Pero al promediar el siglo XVII, las lenguas y las orejas seguían cumpliendo la tradicional misión de criticar y difundir la vida íntima del prójimo. Sobre todo en una ciudad como París, capital no sólo de Francia sino de Europa, y tratándose de dos personajes tan notorios como Jean Racine, autor de famosas tragedias, y su amante y actriz favorita, la célebre Champmeslé. Trescientos y pico de años después, los azares de la edición los vinculan de nuevo: "Racine, trois siécles de thé‰tre", por André Blanc, y "La Champmeslé", por Alain Couprie, editados por Fayard.
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Racine (1639-1699), se sabe, unía a su genio de escritor, poeta y dramaturgo, el arribismo y la falta de escrúpulos que le permitieron desplazar en el favor de Luis XIV a su colega y antecesor, Pierre Corneille (1606-1684). Al principio se cobijó bajo el ala de Moliére, quien le estrenó las dos primeras tragedias, "La Thébaide" y "Alexandre". A la cuarta, muy exitosa representación de esta última, Racine subrepticiamente otorgó los derechos a la troupe rival, la del Hotel de Borgoña, considerada superior en el terreno de la tragedia. Y en 1667, sacó del elenco de Moliére a la primera dama, la Duparc -a la que hizo su amante-, y se la llevó al Borgoña como protagonista de su "Andromaque". Poco después la actriz murió y el dramaturgo la reemplazó por la Champmeslé.
A los treinta y tres años de edad, Racine era el autor francés más famoso. Pero en 1677, tras la triunfal recepción de "Fedra", dejó de escribir para el teatro y juró no pisar más una sala. Tan sólo faltó a su voto cuando Madame de Maintenon, la esposa morganática del Rey Sol, lo obligó a escribir las dos últimas tragedias, de tema bíblico, para ser representadas por las asiladas de Saint-Cyr, "Esther" (1689) y "Athalie" (1691). Blanc abunda en detalles curiosos. Racine trazaba primero un minucioso plan de la obra, luego la escribía en prosa y finalmente la versificaba, con ese genio para la síntesis que George Steiner califica de "minimalismo trágico". Hay acotaciones sobre las actrices famosas de la época: la Dumesnil, que solía entrar a escena, como Clitemnestra, borracha perdida; la Raucourt, como Hermione, "lanzando gritos ásperos que desgarraban los oídos"; los brazos de Mademoiselle Georges, "tan gruesos que una de sus pulseras serviría de cinturón a una mujer de talla mediana"; la sublime Rachel, una máscara de albayalde y con los ojos rojos, como Fedra.
De la Champmeslé, la biografía de Couprie empieza por definirla así: "Profesión, actriz; reputación, libertina célebre". Racine escribió para ella sus mayores papeles femeninos, de Berenice a Fedra, y la dirigía personalmente, haciéndola modular el verso como una especie de canto: "Podía empezar en voz baja, serena, y cuando el humor cambiaba, alzaba el tono en una octava. Decía las palabras velozmente, para demorarse de pronto en pausas significativas". Y los espectadores tenían siempre a mano los pañuelos, porque los hacía llorar a mares. Champmeslé nació en 1642 como Marie Desmares; el nombre de teatro era el apellido de su segundo marido, un actor y autor que toleraba con buen humor sus profusas andanzas amorosas. La relación con Racine duró siete años; y si bien el hijo del dramaturgo, Louis, se empeñó vanamente por negarlo, siempre se agradecerá que de ese vínculo nacieran algunas de las obras capitales en la historia del teatro occidental.
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