
Rodrigo García: "Hago poesía con restos de realidad de segunda clase"
El más rebelde del teatro europeo llega para actuar en el Cervantes, mezclando a Orson Welles con los Titanes en el Ring
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Es continuador de ciertos procesos que resultan muy conocidos en la Argentina. Teatristas que deciden o necesitan emigrar a otros países con la intención de desarrollar sus carreras en el exterior porque determinadas cuestiones sociopolíticas los obligan a tomar esas determinaciones. El dramaturgo y director Rodrigo García siguió el camino que hicieron, en los años 60, Víctor García (España), Jorge Lavelli, Alfredo Arias, Marilú Marini, Facundo Bo (Francia), Fany Mikey (Colombia) o el que en tiempos de la dictadura realizaron Juan Carlos Gené, Carlos Giménez, Eduardo Di Mauro (Venezuela), María Escudero y Arístides Vargas (Ecuador), Jorge Eines (España), Cristina Castrillo (Suiza), por solo citar a algunos. García dejó Buenos Aires cuando asumió la presidencia del país el Dr. Raúl Alfonsín. Aquella primavera que tanto disfrutaron, sobre todo los jóvenes treintañeros, a él le resultó difícil de aceptar. Tenía veinte años y una historia personal algo compleja. Vivía en Grand Bourg, provincia de Buenos Aires. Era hijo del dueño de una carnicería y poseía una necesidad enorme de conectarse con el mundo intelectual.
No dudó en hacerlo. Desde muy chico vio todo el cine y el teatro que pudo, y leyó cuanta literatura llegó a sus manos. Decidió dedicare al teatro. Tomó clases con Pedro Asquini. Le modificó notablemente la vida ver espectáculos de Tadeusz Kantor en el Teatro San Martín. España fue un refugio ideal al comienzo. Llegó allí en un momento de mucha transgresión escénica. La que proponían compañías como La Fura dels Baus, La Cubana o Els Joglars, entre otros.
Fundó su propio grupo, La Carnicería Teatro y, poco a poco, fue conquistando terreno. La dramaturgia y la dirección han sido y son sus espacios de creación por excelencia. El autor de Borges, Conocer gente, comer mierda, Agamenón, volví del supermercado y le di una paliza a mi hijo, Muerte y reencarnación de un cowboy y Gólgota picnic, entre muchas otras, logró consolidar una carrera muy importante. Su creación es intensa y constante y se presenta en los escenarios más destacados del mundo. Su trabajo suele ser amado por muchos y denostado por algunos. Rodrigo García, sin lugar a dudas, es uno de los poetas más destacados del teatro actual.
No es frecuente que su obra se presente en Buenos Aires. Pero gracias a una coproducción del Teatro Nacional Cervantes y en solo tres funciones (del 24 al 26 de agosto) se podrá apreciar su última experiencia, Evel Knievel contra Macbeth en la tierra del finado Humberto.
El espectáculo posee varios planos de lectura y en él se conjugan elemento del cine, la filosofía y ciertos personajes rescatados de la cultura popular. Una historia que muestra a un dictador usurpando tierras de Brasil. Concretamente Orson Welles, en su rol de Macbeth, controla San Salvador de Bahía y reinstaura la esclavitud. Ultramán y Naronga se unen al Evel Knievel y a los Titanes en el Ring para liberar al pueblo de la tiranía. El proyecto está interpretado por Gabriel Ferreira Caldas, Núria Lloansi e Inge Van Bruystegem.
-¿Cuál es el germen de esta experiencia en la que Macbeth se cruza con superhéroes, con el popular motociclista Evel Knievel y hasta con Orson Welles?
-Urdir una ficción como si fuese un acto masónico, lo digo por su lado cómico. Una ficción en apariencia banal, alejada de lo que se entiende por un teatro comprometido. En el fondo creo que lo es, que el arte tiene inevitablemente un compromiso con la imaginación, con el potencial del ser humano para inventar o reinventar libremente, soñar, ampliar la realidad. En el viejo y pionero film de David Cronemberg, ExistenZ, que habla sobre los videojuegos y la realidad virtual, hay un momento que me llamó la atención: los protagonistas se declaran enemigos de la realidad. Me fui a dormir pensando, yo también lo soy. Modestamente, con mis pocos medios expresivos, con el escaso talento, pero con esfuerzo, soy otro enemigo de la realidad.
-Valores de diversas culturas entretejen su nuevo discurso escénico: los Estados Unidos, Inglaterra, Grecia, Brasil y la Argentina, extrañamente con los Titanes en el Ring. Un pastiche verdaderamente atractivo. ¿Cómo fueron tomando forma esos personajes en el contexto socio político actual?
Ya de niño no destaqué por mi imaginación. Otros eran soñadores, a mí me gustaba jugar a la pelota en la canchita cuando llovía porque volvía a casa con barro hasta las orejas. Y me interesé muy tarde por la literatura fantástica. Entonces no tengo muchos colores en mi paleta?, debo tomar cosas de mi vida personal y, a partir de allí, comenzar a manipular esas vivencias, dar otra forma a la misma materia. Además, siento una tendencia -no diría que es una fascinación, es simplemente un método- a intentar hacer poesía con restos de realidad de segunda clase, de memoria pueril, como Karadagián, la Momia y el Caballero Rojo. Pero no es fácil? Borges creo que dijo que no se podía hacer poesía con cualquier cosa, que no todo funciona?, pero, al mismo tiempo, está el problema de hacer poesía con la muerte, la luna, la noche y el amor. La obra que presentamos no deja de hablar de dictaduras e injusticias. Solo que tengo la obligación de hacerlo de manera delirante.
-El cineasta brasileño Glauber Rocha y su film La edad de la Tierra guiaron, de alguna manera, la elaboración de este proyecto. Una película muy despareja que generó reacciones muy encontradas y provocó mucho malestar en el creador. ¿Qué valores rescata hoy de la obra de este hombre?
Ah, me hace reír con lo de película despareja?, tan despareja que por lo visto Glauber mandaba los rollos para que el proyeccionista los pusiera en el orden que le venía en gana. Usted le llama, y lo respeto, desparejo. Yo prefiero decir que es libertad. Cuando veo una película perfectamente estructurada, que me lleva atado con una correa como a los perros de paseo y para colmo con bozal, ¿qué quiere que le diga? No me gusta. Pero cuando veo La edad de la Tierra, siento una envidia, una envidia luminosa por la libertad creativa, por la falta de prejuicios de los artistas que la hacen y eso me ayuda en mi cotidiano, a no tener miedo. Fui educado en el miedo de la Argentina de Videla, de la escuela, de la iglesia parroquial y de mi padre. ¡Es mucho miedo junto! Y si un artista -Glauber Rocha en este caso- me ayuda a sacudirme ese miedo, le doy las gracias.
-Tengo la sensación de que hay una porción de la historia política y cultural que va de los años 60 a los 80 en los que le interesa reparar hoy. Son años que se relacionan con su crecimiento personal e intelectual. ¿Por qué?
-Me interesan los asuntos que se relacionan con mis lecturas de adolescencia, todos están en Platón y listo. Luego los disfrazo un poco. Siempre está latente, más que mis épocas de niño y adolescente, el lugar, el barrio donde transcurrieron. Yo soy de Grand Bourg ?y le voy a contar algo increíble: siempre pensé que quedaba muy lejos del centro de Buenos Aires, pero resulta que no, que queda a unos 30 kilómetros. Es tal la desigualdad que yo pensé que vivía mucho más lejos, muy distante de una vida normal con su bienestar de clase media. Todos estos detalles marcan a fuego mi trabajo, quizá no es explícito, pero hay una rabia latente y también el humor y la malicia aprendidas en el barrio.
-¿Qué expectativas provoca este regreso, aunque breve, a la Argentina?
Me alegra que me invite una persona, Alejandro Tantanian, de la que aprendí mucho cuando formaban con Emilio García Wehbi y Daniel Veronese ese grupo maldito de falsos titiriteros (El Periférico de Objetos). Yo llegué a ver esa pieza con un cajón de arena -aún no estaba Alejandro- donde enterraban muñecos y no entendí nada (se refiere a El hombre de arena), no estaba preparado, a mí me gustaba Brecht, Strindberg, eso que ellos hacían no. Y luego me di cuenta de que pasaron los años y lo llevas contigo, queda grabado. Y de Strindberg, en cambio, nada de nada. Permítame acabar diciendo que trabajo con dos actrices (una está embarazada de cinco meses, vamos a actuar despacito) y un niño, y que son fantásticos. El teatro es un asunto de los actores, los técnicos y punto. El director solo está para decir boludeces.
Un gestor poco convencional
García tuvo a su cargo entre 2014 y 2017 la dirección del Centro Dramático Nacional (CDN) de Montpellier, Francia, al que rebautizó Humano Demasiado Humano. "Yo no quería probar un proyecto de centro dramático nacional impensable incluso en Francia y eso se hizo. No hicimos teatro de repertorio, sino creaciones de autores y coreógrafos vivos, invité a varios artistas argentinos o residentes en la Argentina".






