
Saber del otro, construir al otro
Hoy termina este festival que interviene la ciudad a partir de la mirada de ocho artistas de distinta procedencia
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La ciudad está plagada de múltiples historias, y conocemos tan pocas. El Festival Ciudades Paralelas que finaliza hoy no ha hecho más que extraer algunas y mostrarlas a través de experiencias con diferentes formatos. En escenografías naturales, los personajes adquieren dimensiones inesperadas. Hay quienes cuentan sus propias historias y hay escritores que imaginan algo de la vida de una persona a la que sólo ven unos pocos instantes. Lo interesante es que cuando uno deja de participar de la experiencia se lleva algunas emociones, muchas sensaciones. Alguien que hasta ahora no tenía entidad para nosotros, de buenas a primera puede tornarse un ser inquietante porque nos detuvimos a escucharlo o, simplemente, a fantasear sobre su mundo particular.
En la estación Palermo, los trenes van y vienen. Allí se desarrolla la propuesta que dirige Mariano Pensotti, A veces creo que te veo . Cerca de las 21, el calor agobia. Uno de los andenes se cubre continuamente de gente. El día va concluyendo y el regreso a casa es placentero, aunque las marcas del día se notan en los rostros, en la ropa desaliñada, en las mochilas que pesan.
A ambos lados de las vías, sobre las paredes, en cuatro pantallas asoman textos. No se trata de publicidad. Allí se construyen frases que van contando una pequeña porción de lo que está sucediendo en ese espacio o describen a una de las personas que está dentro de él. El protagonista del relato, de pronto, empieza a tomar forma. Cuatro escritores (Santiago Gobernori, Iosi Havillo, Laura Meradi y Romina Paula) son los encargados de reconocer a alguien o algo que los provoca. Por ejemplo, una señora rubia, de remera violeta muy escotada, está sentada en un banco. Si se la observa desde la derecha uno puede pensar que está algo trastornada, habla sola. Si se la mira desde el perfil izquierdo, se reconoce que habla por celular a través del dispositivo manos libre. El delgado cablecito es apenas perceptible. Sobre su cabeza, en la pantalla, se tiran posibles datos sobre ella. A la señora nada le importa, excepto su conversación. Ni siquiera repara en lo que está sucediendo a su alrededor: un grupo de personas la rodea y lee y la observa y construye una posible historia sobre ella. Después de un rato un señor llega, le da un beso en la boca y continúa caminando. Ella, con mucha parsimonia, arregla su cartera, se levanta y lo sigue a distancia. La ficción y la realidad se mezclan demasiado y la cabeza de quien observa no puede parar de imaginar algo más.
El tren llega, se detiene, sube gente, se va. En otra pantalla nos informan que un pasajero ha decidido dictar un poema. Lo hace. Cuando finaliza, grita desde enfrente que él es el autor: "Alcides soy; me llamo Alcides". El aplauso de todos no se hace esperar. Se muestra contento, agita los brazos. Fue protagonista.
Mientras trenes e historias van y vienen, a pocas cuadras de allí -en Beruti al 4500- unos veinte espectadores, transmisores en manos y con obligados auriculares, siguen las historias de un grupo de vecinos que comparten el edificio que está ubicado en la vereda de enfrente. El proyecto se llama Prime time y lo dirige Dominic Huber (Zurich).
Las ventanas están abiertas. De a uno van aproximándose al balcón y narran algo de lo que son y hacen: la portera del edificio; un custodio; un extranjero estudiante de bandoneón; un psiquiatra que, además, hace folklore; una enfermera peruana que ansía volver a su país; una joven empleada en un call center, que vive con su novio. Los relatos son breves, pero todos tienen momentos muy intensos. Los temas que aparecen: la música, la soledad, la religión, las armas, la seguridad del barrio, la educación de un niño, la esperanza de un amor duradero y la televisión que, de a ratos, se filtra con su imagen y sonido.
Los discursos se mezclan, pero esas personas sólo parecen hacerlo en esta experiencia. Todos informan que tienen muy poca relación con sus vecinos. ¡Qué extraño o qué natural! Cuando las persianas bajan, la oscuridad de la calle parece haberse comido a toda esa gente. Y uno se queda solo, en silencio. Y se va a encerrar en su propio departamento.
El día termina así. La vida o posible vida de los otros invadió con fuerza la nuestra. El Festival Ciudades Paralelas nos obligó a reparar en el otro. Conocerlo, imaginarlo. Activó nuestra fantasía y movilizó nuestra sensibilidad. El registro ya quedó en el cuerpo. La ciudad es muy grande, es cierto; pero todos tenemos una historia.
Lo que resta de la programación en www.ciudadesparalelas.com .
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