
Saulo Benavente, en el recuerdo
La autora, Cora Roca, contó con el respaldo del Instituto Nacional del Teatro
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¿Cuántos artistas del cine y el teatro en la Argentina están al borde del olvido, con sus nombres estampados en viejos programas de mano, sólo atesorados por fervientes coleccionistas o en los títulos de crédito de las películas que lamentablemente se ven cada vez menos por las pantallas de Volver y Space? Por suerte, algunos investigadores solitarios se ocupan más que nunca antes de rescatarlos. En estos días, el Instituto Nacional del Teatro presentó Saulo Benavente, ensayo biográfico , como parte de su Colección Homenaje al Teatro Argentino, en este caso de acuerdo con una investigación de Cora Roca, ya conocida por su libro Días de teatro , acerca de Hedy Crilla.
Pero ¿quién fue Saulo Benavente? Para quienes conocen su obra y lo recuerdan, un brillante escenógrafo de teatro, ópera y cine, autor de medio millar de puestas y un centenar de vestuarios. En el prólogo, Carlos Gorostiza, acerca del personaje de esta historia, asegura: "No llegó a cumplir su sueño más o menos oculto de fundar un teatro personal. Pero es posible que se haya ido sabiendo -como hoy sabemos Cora y todos nosotros, sus amigos-, que él fue el fundador de una gran parte de la escena argentina".
Una historia desconocida
En las casi 500 páginas de su obra, profusamente ilustrada con fotos, provistas en su mayoría por María Saula Benavente, única hija del diseñador (que sigue postergando el estreno de El cajón , su ópera prima como realizadora cinematográfica), Roca despliega una historia rica en anécdotas, aportadas muchas de ellas por quienes lo conocieron, incluso los que siempre tuvieron en claro de qué manera fue perseguido en tiempos de la última dictadura militar, por su proximidad a sectores de la izquierda local.
Así se escuchan las voces de Aníbal Di Salvo, Simón Feldman, Osvaldo Bonet, Jorge Rivera López, Manuel Iedvabni, Francisco Javier y Agustín Alezzo, entre otros.
Roca reconstruye con prosa ágil y con bastante humor la figura de este curioso personaje, cuya vida profesional comienza muy joven, a los 16 años (nació en 1916), cuando conoció a Cátulo Castillo en el teatro Boedo. Un año más tarde, comenzó su carrera como escenógrafo, tiempos en los que trabajó junto a Marcelo Lavalle y Antonio Cunill Cabanellas. Una década después inició sus aportes al cine, más de cuarenta en total, entre los que se destacan los diseños para La maja de los cantares , de Benito Perojo; La muerte en las calles, de Leo Fleider, y Barrio gris , de Mario Soffici. En 1955 se incorporó a Canal 7. Su trayectoria incluye trabajos en ópera ( La zapatera prodigiosa , de Juan José Castro, con régie de Cecilio Madanes, en 1968), arquitectura, decoración escenotécnica (a él se debió el diseño original de El Viejo Almacén, de Edmundo Rivero, en San Telmo, o el escenario del teatro de la Sociedad Hebraica) y mucha docencia, antes de su muerte, en 1982. Un final sin velorio en sala teatral oficial alguna, como la historiadora señala en su trabajo, porque ocurrió precisamente durante el Proceso militar que lo había cuestionado en más de una oportunidad.
La autora relaciona en forma permanente al personaje y su carrera profesional con los hechos históricos de cada momento, que alterna y vincula, además, con su vida personal, en particular la relación con su hija, a través de anécdotas y cartas. Entre las anécdotas, en este caso relacionadas con su elección política, vinculada al comunismo soviético, figura una muy original, en la que la autora cuenta que durante el primer peronismo y frente al temor de ser perseguido por su militancia, él mismo diseñó y construyó en su casa un escondite al que se accedía girando una biblioteca y con posibilidad de supervivencia por un largo tiempo (similar al de Ana Frank durante la Segunda Guerra Mundial), que sólo volvió a pensar que podía serle de utilidad poco antes del golpe de 1976, cuando se enteró de que había sido incluido en las listas negras de la Triple A.
Roca rescata, además, muy acertadamente, las palabras que en su homenaje escribieron Raúl Castagnino y Luis Ordaz.
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