Simon Boccanegra
Drama interior y política en la ópera de Giuseppe Verdi
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Simon Boccanegra, de Giuseppe Verdi / Reparto: Roberto Frontali (Simon Boccanegra), Angela Marambio (María Boccanegra), Konstantini Gorny (Jacopo Fiesco), Gustavo López Manzitti (Gabriele Adorno), Fabian Veloz (Paolo Albiani), Mario De Salvo (Pietro), Fernando Chalabe (Capital) y Cintia Velasquez Doncella) / Dirección musical: Stefano RanzaniI. / Dirección escénica: José María Condemi / Diseño de escenografía : Cameron Anderson / Director del coro estable: Peter Burian. En el Teatro Colón.
Nuestra opinión: buena
Es probable que el hiato desde su fracasado estreno en Venecia en 1857 y su versión revisada y definitiva de 1881 beneficiara a Simon Boccanegra , que participa así de dos mundos de la poética verdiana. Algo en el interior de la obra maduró en esos años, y tal vez eso, madurado en la historia del pirata que se convierte en Dux de Génova, haya sido la perfecta aleación de asunto público e intimidad. Lo dice el propio Simon: "Que mi sepulcro sea el altar/ de la unificación italiana". Nada más íntimo que la muerte, y nada más público que la persecución de semejante ideal político, vieja obsesión del propio Verdi.
Pero esta mezcla única de drama interior y política no implica solamente la trama (trabajada, finalmente, por Arrigo Boito) sino que encuentra un correlato musical. Por eso, quizá resulta tan difícil de dirigir y de cantar. El barítono Roberto Frontali compuso un Boccanegra sin fisuras, pero resultó demasiado exterior y le faltó quizá flexibilidad y sutileza. Es posible que el personaje del corsario genovés sea de una sola pieza, pero, en todo caso, tiene perfiles (el amor filial, la clemencia cuando ocupa la corona ducal, la determinación política) que habrían demandado más matices. La soprano chilena Angela Marambio tuvo un consistente desempeño técnico y teatral. El tenor Gustavo López Manzitti (programado en el segundo elenco) tuvo que sustituir a último momento a Andrew Richards, súbitamente enfermo. Es evidente que López Manzitti conoce muy bien el papel de Gabriele Adorno (lo interpretó en 2003, también en el Colón), pero su voz no pareció estar en las mejores condiciones y tampoco lo favoreció del todo el contraste con el caudal de Marambio. Sobresalió especialmente el bajo ruso Konstantin Gorny, que interpretó su personaje con gravedad solemne, hasta la penúltima escena, en la que, en la reveladora conversación con el pirata, se desarmó emocionalmente de una manera conmovedora. No menos solventes estuvieron Fabián Veloz (Paolo), Mario De Salvo (Pietro) y el Coro Estable.
Podría decirse que el verdadero protagonista de Simon Boccanegra es el mar; ese mar al que pertenece el corsario y que es horizonte, consuelo y reconciliación de lo público y lo privado. Así lo entendió también la puesta de José María Condemi. En el prólogo, hay un cuadro: una marina en el estilo de William Turner, pero menos abstracta que algunas del pintor inglés. Esa falta de abstracción inicial domina de algún modo la totalidad de la puesta. En una trama intrincada, Condemi procuró subrayar continuidades argumentales e históricas, lo que explica ciertos flashbacks escénicos, como la aparición de Amelia/María todavía en su infancia. Por otro lado, la idea de que el cuadro inicial se convierta luego, ya en el primer acto, en un colosal barco abandonado fue acertada. Se hacía visible allí la decadencia y el desgaste interior del marinero que lleva en tierra veinticinco años; y hay pocas cosas más desoladoras que un barco desguazado. Sin embargo, esa idea, interesante aunque escasamente original, no consiguió realizarse visualmente, y la puesta terminó siendo algo previsible, redundante y poco detallista.
En todo caso, el gran trabajo de la noche fue el de la Orquesta Estable. Espesa, homogénea, la cuerda, sobre todo, estuvo a la altura de la oscuridad de la obra. Siempre exacto, Ranzani consiguió transparentar la exquisita invención orquestal de Verdi; basta pensar en la perfecta distinción del clarinete bajo en la maldición de Paolo, o en el expresivo trémolo, casi descriptivo, en el momento en el que, ya envenenado (en una agonía que dura un acto entero), Simon busca la marina brezza (brisa marina'). Por detrás de la grandiosidad, son singularmente esos pequeños y decisivos detalles, tan bien perfilados esta vez, lo que nos fascina en Simon Boccanegra .
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