
Sobre padres e hijos
En torno de esa relación tan particular representarán "El gran regreso", la obra del belga Serge Kribus, que se verá desde enero en el Paseo La Plaza
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Hace dos temporadas, en televisión ("Vulnerables") , Alfredo Alcón y Nicolás Cabré construyeron una relación padre-hijo que fue muy intensa en el marco de aquella producción, y que a la vez dejó fuertes marcas en cada uno de ellos. Adrián Suar le propuso este año a Alcón volver a trabajar con Cabré, pero esta vez en el teatro. Y Alcón recordó que durante aquellas jornadas de grabación de "Vulnerables" se había dado entre ellos un juego muy gratificante.
La obra que estrenarán durante la primera quincena de enero, en el Paseo La Plaza, se llama "El gran regreso" y pertenece al autor belga Serge Kribus. La dirección está a cargo de Alfredo Alcón, con la colaboración de Osvaldo Bonet.
Boris Spielman, el padre, es un viejo actor del teatro independiente, que en su momento luchó por grandes utopías, pero que hoy está casi acabado. Lo convocan para trabajar, en cooperativa, en una versión de "El rey Lear", de William Shakespeare; tiene la posibilidad de demostrar su capacidad, pero siente miedo. Enrique, su hijo, acaba de separarse, de perder su empleo, y se encuentra, de repente, con el temor de su padre. Comienza allí la acción de la pieza y al cabo de algunas situaciones el espectador tendrá la posibilidad de reconocer a estos personajes enfrentados con sus dolores, sus frustraciones, su pérdida de creencias, religiosas y políticas. Pero a la vez, algo se va fortaleciendo entre ellos: la pasión por esa relación que los une.
"Es una obra en la que se habla de cosas comunes -comenta Nicolás Cabré- , que seguramente pueden llegar a pasarle a cualquier persona. Este padre y este hijo no viven una irrealidad. Por una u otra causa, los espectadores se van sentir muy identificados con ellos y está bueno. Se tocan temas que son el día a día en una familia: los miedos ante las cosas que cada uno va acaparando, lo que hacen los hijos frente a eso, lo que un padre enseña a su hijo, pero también lo que un hijo cuestiona a su padre. Si bien es una obra simple, que no muestra una gran historia, abarca muchos momentos de la vida de dos seres comunes".
La pequeñez que describe el intérprete parece ser exactamente lo que estaba buscando Alfredo Alcón (viene de hacer en el Teatro San Martín "Las variaciones Goldberg", de Goerge Tabori). "Quería una obra chiquita, íntima -comenta-, quería contar una relación que importara más por lo que no se dice que por lo que se dice, por los silencios. Este material demuestra que sólo con el amor no basta, hay obstáculos, miedos, que dos personas que se quieren -como un padre y un hijo- deben confesarse para engrandecerse. "Yo te tengo miedo", dice uno en un momento. Y el otro responde "yo también". Y es así, uno a la gente que quiere le tiene miedo, al que no querés ¿por qué tendrías que tenerle miedo, si no te produce ni alegría ni dolor? Entonces una relación tan intensa como es la de un padre y su hijo tiene una fuerza muy atractiva, posee muchos colores, muchas broncas, muchos encuentros y muchos malentendidos. Uno cree que el otro es de una manera y de pronto descubre que no. El padre y la madre son el primer hombre y la primera mujer que uno conoce. Por lo tanto, esa relación te queda marcada y se impone toda vez que conocés a una mujer o un hombre. Hasta tal punto es central en el mundo de cada persona."
Personajes devastados
Boris y Enrique resultan dos seres sumamente desprotegidos y en esta ficción llegan a momentos verdaderamente descarnados. Se descubren tal cual son, pero sus continuas dudas provocan nuevos desajustes en la relación, nuevas reacciones y otras preguntas. Tanto es así que en algunos momentos se pierden los límites de cada individualidad y el hijo se transforma en padre consejero de su propio padre.
"Todos somos frágiles -dice Alcón-, pero siempre estamos tratando de que no se note. A determinada altura de la vida eso es más complejo. Decir que tenés miedo, que estás inseguro, no demuestra buena educación, no está bien, es inconveniente. Hay una edad en la que por más que uno no quiera las caretas se van haciendo fisuras, se van destruyendo, y por ahí se empieza a ver mejor a la persona y por ahí hasta descubrís que eso que el otro muestra nunca lo habías visto. Estaba detrás de tanto miedo, disfrazado de seguridad."
El temor de ambos personajes frente a la vida, a la misma relación que los une, aparece una y otra vez en declaraciones de los intérpretes. "El miedo" parece una de las claves más contundentes sobre el que se sostienen los personajes. "Es que esos miedos que se tienen a ellos mismos marcan con fuerza la relación -plantea Cabré-. El hijo tan amansado por el padre quiere ser, sueña con ideales de vida que le parecen imposibles, tiene mucha necesidad de libertad. Es que sienten miedo de decirse cosas, de crecer, y se mienten, se esconden. Y en realidad lo que aparece es una constante en la vida de cualquier persona: cuánto nos cuesta mostrar el verdadero afecto."
Esta pieza "chiquita", al decir de Alfredo Alcón, o "simple", según Nicolás Cabré, se impone indudablemente por el valor de los sentimientos que promueve. "Tener un subtexto más rico que el mismo texto -reconoce Alcón- hace que la imaginación se potencie y así se puedan poner más colores en cada situación. En verdad, ellos tanto no dicen, pero dicen de otra manera, que es cuando mejor se dicen las cosas. Si le hacemos caso a Beckett, las palabras mienten. A lo mejor, así expresada, esta verdad es demasiado contundente. No es que uno mienta por mentir, sino que al darles forma a los sentimientos los hace concretos. Los sentimientos son muy difíciles de objetivar y la palabra da un cierto eco de lo que uno siente. Uno se aferra a lo racional porque le da miedo lo otro, cuando lo mejor es eso otro, ahí está la verdadera riqueza de las relaciones. Quieras o no, las cosas pasan y quien mejor las expresa es un gran poeta."
Este cruce de valores con los que juega Serge Kribus en "El gran regreso" -quizá no por casualidad el personaje de Boris debe interpretar al Rey Lear, y Enrique, el hijo, cuando habla de ese personaje dice: "Todo lo que pide Lear es saber cuánto lo quieren, no es tanto"- se transforma para Alfredo Alcón en una partitura. "En el mundo de estos personajes -reflexiona el actor- hay mucho ruido que oculta el verdadero sonido. A mí me parece que puede ser lindo contar todos los días esta música".






