Solito su alma, Daniel Kuzniecka
A su obra le faltaría una mirada externa
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Las malas palabras, basada en el libro homónimo de Ariel Arango. Versión, interpretación y puesta en escena: Daniel Kuzniecka. En la Ciudad Cultural Konex. Viernes, a las 21; y sábados, a las 23. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: regular
No cabe duda de que la formación, solidez y trayectoria de Daniel Arango, autor del libro en el que Kuzniecka basa su espectáculo, es notable. El hecho de ser escritor, psicoanalista y ex decano de la Universidad Nacional de Rosario avalan su capacidad. Y probablemente, en términos estrictamente literarios, su libro Las malas palabras. Virtudes terapéuticas de la obscenidad tiene el valor que su autor y su tiempo le dieron. Porque su objeto es precisamente ofrecer una visión liberadora (en el ejercicio y la práctica analítica) de aquellas malas palabras que permiten encubrir al paciente detrás de eufemismos que manipulan aquel rostro que la cultura se encarga de ocultar en nombre de una civilizada y controlada humanidad.
Kuzniecka monta un espectáculo en el que compone un personaje que oficia de presentador de un show con pretensiones de cientificidad o, mejor aún, una especie de conferencista influido por el modelo de los gurúes de la autoayuda y los telepredicadores estadounidenses. Todo un género de la palabra y la actuación. Así se sirve de una pantalla gigante en la que proyecta imágenes que ejemplifican aquello que conceptualiza al mismo tiempo que le sirve de estrategia para ciertos elementos de humor como es, por ejemplo, jugar con la gráfica del National Geographic, pero cambiándola por National Pornographic.
Tal vez el mayor problema del espectáculo sea que Kuzniecka cubre la totalidad de los roles: desde la idea original hasta la decisión última sobre el uso del espacio. Probablemente una mirada externa y no tan comprometida con el proyecto le habría permitido obtener cierta distancia que al menos rompa con la monotonía espacial, ya que usa tres únicos puntos del escenario, de manera arbitraria, yendo de unos a otros sin lógica ni precisión, al tiempo que le habría permitido pensar de otro modo las transiciones entre los diferentes tópicos. Esa mirada habría podido encauzar y obtener mejores resultados para un actor que pone garra y profesionalismo en los noventa minutos que dura el espectáculo, con el que se lo ve profundamente comprometido tanto en términos artísticos como filosóficos.
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