
Un Discépolo de hoy
Muñeca
Versión libre de la obra de armando discépolo. Dirección: Pompeyo Audivert y Andrés Mangone. Escenografía y vestuario: Julio Suárez. Iluminación: Leandro Rodríguez. Música y ejecución en vivo: Claudio Peña. Elenco: Pompeyo Audivert, Mosquito Sancineto, Abel Ledesma, Ivana Zacarski, Diego Veggezzi, Fernando Khable, Pablo Díaz, Gustavo Durán y Carlos Correa. Duración: 85 minutos. Sala: Centro Cultural de la Cooperación.
Nuestra opinión: Muy buena
Es innegable que en Muñeca, una de las dos obras teatrales estrenada por Armando Discépolo en 1924 (la otra es Giácomo), sobreviven todavía algunas influencias del universo pirandelliano, pero incorporadas a un conjunto dramático en el que ya es claro en este autor argentino su afán innovador, su intento de marchar hacia esa poética tan personal e intransferible que es el grotesco criollo, pero sin alcanzar aún el modelo perfeccionado al que llegó en su producción posterior. David Viñas está entre los que aceptan, en su famoso prólogo a las Obras escogidas de Discépolo, la incidencia del creador italiano en esta pieza, pero remarcando el procedimiento de resignificación al que está sometida y sin decidirse del todo en un momento parece afirmarlo, en otro negarlo acerca de si el texto pertenece o no al género del grotesco.
Viñas aporta una interpretación que es clave: que la "desarmonía corporal" de Anselmo, ese "amante viejo, feo y fracasado" que es el "protagonista grotesco" de la historia es una metáfora de la fractura social que se anuncia en la década que va de 1920 a 1930, año del golpe de Estado encabezado por el general José Félix Uriburu. Este punto de anclaje es nítido en la magnífica versión que el director y actor Pompeyo Audivert realiza de esta obra de Discépolo. "Muñeca es un sistema de representación fracturado, se trata del intento desesperado de una clase social en decadencia por reconstruir su aliento y su perspectiva", afirma Audivert en un comentario incluido en el programa de mano.
La puesta regula, desde esa imagen rectora que se compone y descompone como corresponde a un sistema inestable, las distintas intensidades del texto: las sube o baja de acuerdo con su valor dramático y las contrasta con otros elementos del lenguaje escénico: los colores de la escenografía (donde predominan el negro y el rojo), los comentarios sugestivos de la luz sobre el espacio o la música, los cambios de ritmo que se ralentan o entran en un vértigo amenazador. En ese marco, volátil y tornadizo, se despliegan las angustiadas preocupaciones metafísicas de los personajes de la obra (¿por qué amamos a menudo sin ser correspondidos?, ¿por qué el destino hace de nosotros lo que somos y no otra cosa?, ¿qué sentido tiene la vida ante la ausencia de felicidad o la asechanza de la muerte?, y tantas otras), que, obviamente, son propias de la condición humana, pero no ajenas a las pautas que guían la convivencia en sociedad.
Es interesante destacar que la versión parte de un respeto indiscutible al corpus principal de la escritura discepoliana. Audivert, que interpreta al personaje de Anselmo y dirige la obra junto a Andrés Mangone, sólo corta breves fragmentos de ella o le agrega otros (los eróticos versos de Marosa di Giorgio o algunas referencias más precisas del contexto histórico, como son una mención a Mussolini o unas ironías que se gastan a un invitado radical) cuando es necesario para los objetivos del tratamiento poético general de la recreación. Por otra parte, hay que subrayar el trabajo de los actores: es sobresaliente, empezando por el de Audivert, pero también los de Mosquito Sancineto, Abel Ledesma, Pablo Díaz, Ivana Zacharski. No hay nadie que desentone. Todo el espectáculo, junto con su excelencia visual, transmite una conmovedora y potente expresividad.



