Un instante sin Dios: duelo actoral magnético en un gran thriller

Fuente: LA NACION
Jazmín Carbonell
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1 de marzo de 2019  

Un instante sin Dios / Dramaturgia y dirección: Daniel Dalmaroni / Intérpretes: Arturo Bonín y Nelson Rueda / Dirección de arte: Marcelo Salvioli / Teatro: Nün, Ramírez de Velazco 419 / Funciones: martes, a las 21 / Duración: 70 minutos / Nuestra opinión: muy buena

Si hay un verbo que presenta una absoluta ambigüedad ese es, sin dudas, creer. Con su capacidad abrumadora de afirmar una fe en algo, en alguien, de profesar la más profunda de las certezas, tiene también engendrado en sí mismo la duda, la imprecisión. Creo que creo. Ese doble sentido resuena con fuerza en esta obra que escribió y dirige Daniel Dalmaroni, y que tiene en escena a Arturo Bonín y Nelson Rueda en un duelo actoral magnético. ¿Acaso es posible creer en Dios luego de haber conocido el horror?

Y aunque es cierto que alcanza y sobra con ver a ambos personajes debatir sobre los misterios de la vida en una conversación interesante y filosófica, la obra de Dalmaroni no se contenta con eso y va por más. Rodolfo (Nelson Rueda) ha llegado hasta la iglesia a cargo de este sacerdote (Arturo Bonín) cuya trayectoria parece intachable y su entrega hacia los pobres lo ha mantenido al margen del mundo para hacerle una cuantiosa donación. Luego de unos primeros minutos de intercambio de pareceres, el conflicto queda instalado cuando Rodolfo le advierte que será entregado el dinero con una condición bastante peculiar. No se trata de cuestiones ni éticas no morales, al menos en apariencia. Lo que quiere este poderoso empresario, algo misterioso y esquivo, es conocer en profundidad algunos momentos de la vida de este sacerdote que se ha instalado en una parroquia de frontera en el norte argentino. A partir de esa premisa se entreteje toda esta historia que cruza ideologías, pasado, historias, creencias, posturas ante la vida y un sinfín de lo más rico.

Con una estructura de thriller, Un instante sin Dios tiene suspenso, tragedia, pasajes inteligentes y una propuesta actoral que a ambos les sienta de maravillas. La puesta es austera, una cruz queda delimitada en la planta escénica y algunos objetos se suman solo por ser necesarios para la trama, como en un buen policial. La dirección de Dalmaroni es precisa y la tarea es ardua. Cada uno de estos personajes pertenecen a mundos muy lejanos que se imbrican en este centro de la cruz, quizá sea este territorio el que los iguale y los empareje.

Como toda tragedia, esta obra tiene un momento de anagnórisis, ese reconocimiento trágico de uno de los dos personajes que hace que la historia ya no tenga vuelta atrás. Y ese instante al que llega la trama se consigue solamente con una progresión de los hechos tan serena como paciente.

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