Un Miller con mucho sentimiento
El último yankee , de Arthur Miller. Versión de Fernando Masllorens y F. González del Pino. Dirigida por Laura Yusem. Con Alejandro Awada, Aldo Barbero, Beatriz Spelzini, Alicia Berdaxagar y Nya Quesada. Escenografía: Norberto Laino. Vestuario: Gabriela A. Fernández. Luces: Alejandro Le Roux. Música: Cecilia Candia. Diseño sonoro: Iván Grigoriev y C. Candia. Colaboración artística: Mary Sue Bruce. Asistente de dirección: Libertad Alzugaray. En el Regio, Córdoba 6056. De jueves a sábados, a las 20.30; y domingos, a las 20.
Nuestra opinión: bueno
En los últimos tiempos el teatro de Arthur Miller se hizo presente en la cartelera porteña con firmeza: Panorama desde el puente y La muerte de un viajante son ejemplos.
El Complejo Teatral de Buenos Aires tomó su último trabajo, estrenado en 1993, el mismo que Alejandro Romay planeaba estrenar hace unos cuantos años en la escena comercial. El último yankee no es una gran obra, pero tiene la pluma de un gran dramaturgo, preocupado siempre por desmitificar la omnipotencia del llamado "sueño americano".
Todo comienza con el encuentro de dos hombres: Leroy Hamilton y John Frick, muy distintos entre sí, pero con una realidad en común: ambos acuden a un hospital neuropsiquiátrico para visitar a sus esposas, internadas. Allí queda expuesto el contrapunto de ideas y personalidades. Uno es idealista, sencillo y vive el presente; el otro es conservador, racista y especulador. La razón por la que sus mujeres están internadas es una consecuencia de esas personalidades.
El centro está puesto en la pareja que conforman Leroy y Patricia. Ella está medicada desde hace casi 20 años, pero hace 21 días que sintió la necesidad de no tomar más medicamentos. Es así que recobra su lucidez y vuelve a enfrentar a su marido, a quien ama con toda su alma. No soporta su optimismo y conformismo. No puede tolerar que haya ido a contramano de la providencia, prefiriendo ser carpintero a digno descendiente de un prócer norteamericano. Pero también sabe que debe aceptarlo y está en el plan.
Karen, la mujer de John Frick, no tiene tanta escapatoria a una depresión que la hunde cada vez más. Estas mujeres son el símbolo de un desmoronamiento y toda la situación es un reflejo de la caída de los principios básicos y una reivindicación íntima, optimista y esperanzada.
Laura Yusem diseñó una puesta acorde, realista y emotiva. Hizo que sus actores degusten en forma sibarita los textos y conceptos del dramaturgo norteamericano. Los hizo llenar la escena con soltura y muy buena conexión. Alejandro Awada tiene tránsitos perfectos y carnadura, como Leroy, un personaje soñado para un gran actor. Beatriz Spelzini, como su mujer, le da convicción y sentimiento a esta mujer que reivindica su depresión y la asimila una consecuencia. Entretanto, Alicia Berdaxagar y Aldo Barbero ponen el oficio de los grandes actores en escena, en composiciones sólidas. Lo objetable: Nya Quesada hace de paciente, sin ningún texto, inmóvil. Tal vez por respeto a su nombre podría haberse "inventado" alguna situación o línea de acción con ella.
Otro mérito: la escenografía hiperrealista de Laino, que da la sensación de enormidad y profundidad. Advertencia: al Regio hay que ir muy abrigados. Muy.
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