
Un relato conmovedor
La chinagueña (o el rancho de las mutaciones) / Texto, dirección y puesta en escena: Julio Cardozo / Intérprete: Mariela Acosta / Escenografía y vestuario: Daniela Taiana / Luces: Adrián Cintioli / Música: GatoCabesound / Entrenamiento físico: Cecilia Hopkins / Asistencia de dirección: Javier García / Sala: Anfitrión, Venezuela 3340 / Funciones: miércoles, a las 20.30 / Duración: 60 minutos.
Nuestra Opinión: Muy Buena
Una mujer santiagueña, vestida con un traje oriental, da la bienvenida, mientras se escuchan unas chacareras que parecerían anunciar la realización de una fiesta. Melba Galvan, la protagonista, relata que en cierta oportunidad miembros de la comunidad china llegaron al poblado que habita, Ojo de agua. La fascinó tanto ese mundo que decidió integrarse plenamente a él. Aprendió el arte de la acupuntura y lo desarrolla, no con la capacidad y precisión requerida, por eso tuvo algún desencuentro con una vecina, cuyo marido terminó perdiendo la vida.
La historia de Melba es desopilante. Posee momentos de alto vuelo, el espectador queda atrapado en ese discurso hilarante que, sube de tono cada vez más, en un entramado donde la sorpresa es continua. Hasta que, la interprete muta sus ropas y es otra mujer la que aparece. Ahora es la vecina viuda. Ella está atrapada en los rituales norteños, reniega de los efectos de la transculturación. Se afirma a sus tradiciones añejas y desde ahí hace un retrato de su vida, de sus creencias. Es otra cara de la historia, profunda y esta vez dolorosa.
La actriz vuelve a mutar su vestuario y asoma una tercera mujer, más vulnerable esta vez. Es joven y confía en la palabra de un pastor evangélico. Aquí el espectáculo toma un rumbo inesperado. El destino se torna trágico y el espacio se transforma con la aparición de la muerte.
La chinagueña es una muy atractiva experiencia de investigación actoral con resultados superlativos. Julio Cardozo sabe moldear el cuerpo de esa magnífica intérprete -Mariela Acosta- y consigue que ella transite por muy diversos registros: el humor, el drama, la tragedia y todo en sesenta minutos. A cada personaje lo dota de una postura física, de una voz, de una gestualidad diferente y lo hace con un equilibrio notable. Acosta posee una alta capacidad de concentración que le permite, no solo transformarse en diferentes personajes, sino construirles una vida interior riquísima. Esa aptitud la expone también como una narradora de alta escuela.
Solo una observación: la dramaturgia tiene sus desniveles en los momentos críticos, allí donde se produce el cambio de personaje. La atención del espectador se fractura ahí y no resulta fácil instalarse frente a la nueva criatura que aparece.
Es muy rico, también, el trabajo de Daniela Taiana. Con mucha creatividad sintetiza los pequeños mundos en los que crecen estas mujeres. Sus trazos son muy elocuentes, tanto en los vestuarios como en los pequeños objetos con los que juegan los distintos personajes.





